El debate sobre los therians ha escalado en México a raíz de que las propias comunidades han convocado reuniones públicas para explicarse y defender su derecho a existir sin burla ni agresión. Ese derecho es incuestionable. Pero mientras la plaza se llena de opiniones, la pregunta esencial sigue esperando turno: ¿qué estamos haciendo en casa antes de que un adolescente necesite redefinirse para sentirse visto?
Más allá de etiquetas, lo que está en juego es la conexión.
La adolescencia no es solo rebeldía o moda. Es una etapa donde la identidad se siente frágil, donde la pertenencia es urgente y donde el juicio externo pesa toneladas. Si en ese momento el hogar se percibe como tribunal en vez de refugio, el joven buscará otro espacio donde respirar. Y el ecosistema digital, con vitrinas infinitas en TikTok o Instagram, siempre tiene una comunidad lista para ofrecer sentido inmediato.
Por eso la importancia de conectar no es un consejo romántico, es una estrategia preventiva.
Conectar significa estar presentes de forma real. No solo compartir techo, sino tiempo sin pantallas de por medio. Significa preguntar cómo se sienten y tolerar respuestas incómodas. Significa escuchar sin interrumpir para corregir. Un adolescente detecta el juicio con radar de alta precisión. Si cada confesión termina en sermón, la próxima no llegará.
Conectar también implica observar. Cambios bruscos de humor, aislamiento constante, abandono de amistades previas, alteraciones del sueño o del apetito no son detalles menores. Son mensajes. Y esos mensajes piden atención antes de convertirse en decisiones identitarias que funcionen como refugio.
Ser puntual en esto es fundamental: la identidad alternativa no aparece de la noche a la mañana. Antes hay dudas, hay inseguridades, hay comparaciones dolorosas, hay sensación de no encajar. Si los padres están emocionalmente disponibles, muchas de esas inquietudes se procesan en casa. Si no lo están, se procesan en internet.
Conectar no es invadir la privacidad ni prohibir cada tendencia nueva. Es construir confianza suficiente para que el hijo comparta lo que ve, lo que sigue y lo que siente sin miedo a ser ridiculizado. Es poder decir: “No entiendo del todo lo que estás viviendo, pero quiero entenderlo contigo”.
Desde lo público, el Estado debe fortalecer la salud mental y la educación socioemocional. Pero ninguna política sustituye la presencia cotidiana. Ningún programa reemplaza una conversación honesta en la mesa.
Las reuniones públicas convocadas por comunidades therians muestran organización y convicción. Ese es su derecho. Pero el verdadero punto de inflexión no está en la plaza, sino en el hogar. En la calidad del vínculo. En la capacidad de los padres para convertirse en referencia estable en medio de un mundo que cambia a velocidad vertiginosa.
Cuando un adolescente se siente profundamente escuchado, necesita menos disfraces para existir. La conexión no elimina todas las crisis, pero reduce la soledad con la que se enfrentan.
Y en tiempos donde todo compite por la atención de nuestros hijos, la presencia consciente de sus padres sigue siendo el ancla más poderosa.
Ver los síntomas antes de que se conviertan en bandera es un acto de cuidado. Detectar el malestar antes de que adopte forma simbólica es un acto de amor. Porque cuando un adolescente siente que solo puede pertenecer dejando de ser quien es, el problema no empieza con orejas o colmillos de utilería. Empieza en el silencio.
Y el silencio, cuando se trata de nuestros hijos, nunca debería ser la respuesta.

Raúl García Ruiz
Autor de los libros "Puentes Azules" "Arquitectura Azul" y “SynDike”
Especialista en resolución de conflictos y mediador en instancias gubernamentales. Relacionista Público tanto con iniciativa privada como con los diversos organismos públicos. Actualmente se desempeña como Recaudador de Rentas del Gobierno de Chihuahua en Ciudad Juárez.


