¿A dónde vamos a parar?

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La sociedad mexicana postmoderna parece normalizar cada día con mayor énfasis el vicio, la irracionalidad, la violencia, la corrupción y el sufrimiento. La ignorancia se impone de manera sutil y la indiferencia se generaliza al grado de sustituir la civilidad como forma de entendimiento por la manipulación y el miedo.

México cambió socialmente en las últimas décadas, para bien y para mal:

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Se redefinió el rol de la mujer y la familia, se formalizaron y ampliaron derechos de las minorías dentro de un mayor reconocimiento y promoción de los derechos humanos, tuvo lugar la emergencia de la sociedad civil, se comenzó a respetar el voto popular, prácticamente se cubrió la necesidad de educación básica, se propuso el empleo industrial, se impulsó la libertad económica, se avanzó en dotar a lo largo del país infraestructura de servicios para la población y se instrumentalizaron programas sociales que inciden directamente en el bienestar de las personas.

Debe decirse que el enfoque económico de los gobiernos “neoliberales” conminó a profundizar la miseria en amplias zonas rurales y en las periferias urbanas, obligando a la migración de millones de mexicanos. La sociedad “se partió” ante el costo de la vida que reclama horas y más horas de trabajo del padre y la madre; los niños se desatendieron en el hogar, en la escuela y en la sociedad.

Más recientemente, las instituciones se debilitaron, se señala la reconfiguración de estructuras político clientelares que derivan en la concentración de poder y la simbiosis parcial, gradual pero muy grave del aparato del Estado con agregados oligárquicos oscuros.

El deterioro cultural se estimuló desde los medios de comunicación y propaganda que magnifican la importancia del dinero y del placer, donde se invierten los valores y la moral se reduce a “un árbol que da moras”.

Pero todo esto no hubiese llevado a la crisis actual de violencia, muerte y corrupción endémica si la educación en los hogares hubiese logrado transmitir efectivamente los valores más elementales como el respeto, la justicia, el honor y la honradez.

La responsabilidad de quienes detentaron y detentan el poder político es innegable, pero tan estéril es adjudicar todo lo malo a gobiernos actuales o anteriores como el negar la crisis actual, gestada, desarrollada y adoptada transexenalmente.

Hoy muchos de nuestros niños aprenden a valerse en sociedad a través de la violencia, la mentira y la perversidad; en la mayoría de los casos bajo el auspicio y consentimiento de sus padres.

Los papás o mamás alcahuetes se han generalizado y desde pequeña edad se enseña a burlar a la autoridad establecida, a encontrar resquicios para evitar las consecuencias de los actos y a “cultivar” la habilidad para obtener beneficios sin esforzarse y sin importar los medios para conseguirlos.

Vemos un México que se duele por la inseguridad, violencia y adicciones, pero cuyas familias siguen desatendiendo a sus niños y jóvenes en los principios de convivencia, responsabilidad y trabajo.

No cumple el Estado con la Sociedad porque su Sociedad no cumple consigo misma. Para comprender esto no podemos “totalizar” la narrativa y buscar bandos buenos o malos.

Hoy los cambios tecnológicos, la fragmentación social y el relativismo extremo hacen que, como lo expone Lyotard, las “metarranativas” cuasi dogmáticas de blanco contra negro sean anticuadas para explicar la realidad actual.

Paradójicamente las posturas extremas se defienden violenta e irracionalmente, impidiendo la unidad y concentración de esfuerzos. Es así que los perversos y ambiciosos se agazapan para drenar a una Sociedad perdida por la recompensa inmediata y cegada por la ignorancia interior.

La consigna común es imponerse,  intimidar y aprovecharse del vecino, del compañero de clases, del maestro, del automovilista, del transeúnte, del despachador… y si se puede del policía, del vecino, del juez, del alcalde….

La Sociedad mexicana es plural, su riqueza cultural es inmensa pero vemos en el día a día la aceptación por la división, la indiferencia, la sumisión al dinero y al poderoso.

Aceptamos el sufrimiento de quienes no deberían sufrir y en el peor pero cada vez más común de los casos promovemos el beneficio propio a costa del semejante. Se enseña en las casas, a los niños, a ser hábiles para aprovecharse de quien sea y como sea.

¿A dónde vamos a parar?

“Tratad a los hombres de la manera de que vosotros queréis ser de ellos tratados.”
(Lucas 6:31)

ADN Moises Hernandez
Moisés Hernández Félix

Lic. en Administración Pública y Ciencia Política, candidato a Maestro en Administración en curso. Ha sido funcionario público federal y docente en nivel media básica y medio superior. Se especializa en gobernanza educativa y políticas públicas.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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