100 años de Scouts en México: más necesarios de lo que creemos

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Ayer, mientras miles de automóviles avanzaban con desesperación sobre Paseo de la Reforma, un grupo de jóvenes vestidos con pañoletas, insignias y uniformes atravesó una de las avenidas más simbólicas del país. No era una protesta política, tampoco un concierto ni una campaña electoral. Era el desfile por el centenario del escultismo en México. Y en medio de una sociedad que parece haber perdido la paciencia, la comunidad y hasta la capacidad de mirar al otro, la escena resultó profundamente extraña… y profundamente necesaria.

Porque antes de preguntarnos si los scouts siguen siendo útiles, quizá debamos preguntarnos algo más incómodo: ¿qué espacios le quedan hoy a la juventud mexicana para aprender a convivir, colaborar y servir sin esperar algo a cambio?

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Los scouts, o el escultismo, nacieron hace más de un siglo como un movimiento educativo impulsado por Robert Baden-Powell. Su propuesta parecía simple: formar carácter mediante la experiencia, la vida en comunidad, la naturaleza y el servicio. Campamentos, fogatas, caminatas, primeros auxilios, liderazgo, trabajo en equipo. Pero detrás de esas actividades existe algo más profundo: la idea de que una sociedad mejor no se construye únicamente desde las instituciones, sino desde ciudadanos capaces de organizarse y pensar en los demás.

Ayer, miles de scouts marcharon en la Ciudad de México para conmemorar los cien años del escultismo mexicano. Y más allá del desfile, hay algo que merece reconocerse: mantener vivo durante un siglo un movimiento juvenil basado en disciplina, cooperación y servicio en un país tan fragmentado como México no es poca cosa. Se les felicita no solamente por resistir el paso del tiempo, sino por seguir ocupando el espacio público con algo distinto al ruido, la confrontación y el espectáculo.

Actualmente, se calcula que existen alrededor de 50 mil scouts en México, organizados principalmente en la Asociación de Scouts de México. A nivel mundial, el escultismo tiene presencia en aproximadamente 176 países, lo que representa cerca del 90% de las naciones del planeta. Pocas organizaciones juveniles poseen una red internacional tan amplia y duradera. Eso significa que, desde Japón hasta Argentina, desde Kenia hasta México, millones de jóvenes comparten símbolos, valores y formas de convivencia similares.

Sin embargo, la pregunta importante no es cuántos son, sino para qué sirven.

Y ahí es donde el escultismo sigue teniendo una relevancia incómoda para el presente. Porque los scouts enseñan justamente aquello que nuestra cultura contemporánea parece debilitar todos los días: paciencia, cooperación, resiliencia, escucha, organización comunitaria y contacto con la realidad física. Mientras las redes sociales producen generaciones cada vez más atrapadas en la validación inmediata, el escultismo insiste en algo casi subversivo: aprender haciendo, equivocarse, convivir y ayudar.

Participar en los scouts no significa solamente aprender a hacer nudos o encender fogatas. Significa aprender a resolver problemas con otros, asumir responsabilidades, coordinar equipos, tolerar la frustración y entender que el individuo no existe aislado de la comunidad. En un país marcado por la violencia, la polarización y la desconfianza social, esos aprendizajes tienen un valor enorme.

Y quizá por eso cualquier persona puede participar. Niñas, niños, adolescentes y adultos encuentran dentro del escultismo un espacio que mezcla formación, identidad y pertenencia. Aunque históricamente muchos grupos scouts estuvieron ligados a ciertos sectores sociales o religiosos, el reto contemporáneo del escultismo mexicano consiste precisamente en abrirse más: ser más diverso, más accesible y más representativo del México real.

Porque también hay que decirlo: los scouts no están exentos de críticas. Algunas estructuras siguen arrastrando modelos demasiado rígidos, verticales o anclados en otra época. Existen tensiones sobre inclusión, género, autoridad y modernización. Y si el escultismo quiere sobrevivir otros cien años, tendrá que entender que conservar tradiciones no puede significar quedarse detenido en el pasado.

Ahí aparece la pregunta más importante de todas: ¿la sociedad mexicana necesita a los scouts?

La respuesta, desde mi perspectiva, es sí. Pero no porque los scouts vayan a resolver los problemas estructurales del país. No acabarán con la corrupción, ni con la desigualdad, ni con la violencia. Lo que sí pueden hacer es algo quizá menos espectacular, pero más profundo: formar personas capaces de construir comunidad.

México atraviesa una crisis de tejido social. Vivimos hiperconectados digitalmente, pero emocionalmente aislados. Hemos normalizado la indiferencia, el individualismo y la incapacidad de cooperar. Y en medio de ese escenario, resulta casi revolucionario ver jóvenes organizándose para servir, convivir y trabajar juntos.

Pero la sociedad también tiene derecho a esperar algo de ellos. Espera congruencia. Espera que el discurso del servicio se convierta en acción real frente a los problemas contemporáneos: crisis ambiental, violencia, desigualdad, abandono comunitario y deterioro del espacio público. Espera scouts capaces de dialogar con el presente, no solamente de repetir ceremonias heredadas.

La utilidad del escultismo hoy depende justamente de eso: de si logra responder a los desafíos de nuestro tiempo o si termina convertido únicamente en nostalgia uniformada.

Porque el verdadero valor de los scouts no está en las insignias, ni en los desfiles, ni siquiera en los campamentos. Está en recordarnos algo que México parece olvidar constantemente: ninguna sociedad puede sostenerse si sus ciudadanos dejan de aprender a cuidarse entre sí.

ADN Elias Ascencio
Elias Ascencio

Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


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