La isla ártica dejó de ser un territorio periférico para convertirse en un punto clave en la disputa global por recursos, rutas marítimas y control militar.
Ciudad Juárez Chih (ADN/Staff) – Durante gran parte de la historia moderna, Groenlandia fue percibida como un territorio remoto, inhóspito y con escasa relevancia internacional, marcado por su clima extremo y su baja densidad poblacional. Sin embargo, en el siglo XXI esa percepción ha cambiado de forma sustancial, al consolidarse como un enclave estratégico en el equilibrio político, económico y militar global.
Habitada originalmente por pueblos inuit, Groenlandia desarrolló durante siglos una organización social adaptada a las condiciones del Ártico. Con la expansión europea, el territorio quedó bajo soberanía danesa, una relación que se mantiene hasta la actualidad. Durante ese periodo colonial, la isla tuvo un papel marginal en la política internacional, limitada principalmente a actividades de subsistencia y explotación pesquera.
El punto de inflexión se produjo en el siglo XX, en el contexto de la Guerra Fría. La posición geográfica de Groenlandia en el hemisferio norte la convirtió en un punto clave para la vigilancia y defensa estratégica, lo que llevó a Estados Unidos a establecer una base militar en su territorio. Desde entonces, la isla pasó a integrarse en la arquitectura de seguridad occidental frente a la entonces Unión Soviética, una condición que persiste en la actualidad.
En el escenario contemporáneo, el cambio climático ha redefinido el valor estratégico de Groenlandia. El acelerado deshielo tiene efectos directos en el aumento del nivel del mar a escala global, pero también abre nuevas rutas marítimas en el Ártico y facilita el acceso a zonas antes cubiertas permanentemente por hielo. Este proceso ha incrementado el interés internacional por la región.
A ello se suma el potencial de recursos naturales estratégicos, entre ellos minerales raros indispensables para la industria tecnológica, la transición energética y el sector de defensa, así como posibles reservas de hidrocarburos. En un contexto de competencia global por energía y materias primas, Groenlandia es vista como una reserva de alto valor a largo plazo.
La creciente atención internacional ha intensificado la competencia geopolítica entre Estados Unidos, China y Europa. Washington busca reforzar su presencia militar en el Ártico; Pekín observa oportunidades económicas y tecnológicas; mientras que Dinamarca enfrenta el desafío de preservar su soberanía sobre el territorio sin romper equilibrios estratégicos con sus aliados.
En el plano interno, Groenlandia cuenta con un esquema de autogobierno, aunque sin independencia plena. Su economía depende en gran medida de transferencias danesas, mientras el debate político local gira en torno a el grado de autonomía futura y el manejo de la influencia de potencias extranjeras. Las decisiones que se tomen en este ámbito tienen implicaciones que trascienden el plano regional y se proyectan al escenario global.

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