Las elecciones del pasado 3 de noviembre en Estados Unidos dejaron una lección que trasciende sus fronteras: ningún gobernante, por poderoso que sea, puede considerarse dueño de la voluntad popular.
La contundente victoria del Partido Demócrata, que recuperó el control de ambas cámaras del Congreso y conquistó importantes gubernaturas, representa un severo llamado de atención al presidente Donald Trump y a una forma de ejercer el poder caracterizada por la confrontación, las amenazas y la división social.
No se trata solamente del triunfo de un partido sobre otro. Se trata de millones de ciudadanos que acudieron a las urnas para expresar sus inconformidades, sus preocupaciones económicas y su deseo de recuperar el equilibrio democrático.
Trump llegó nuevamente a la presidencia prometiendo prosperidad, seguridad y el fin de las guerras. Sin embargo, su administración enfrenta hoy el costo político de una realidad muy distinta.
La guerra contra Irán contradice sus promesas de evitar nuevos conflictos internacionales. Sus consecuencias no se limitan a los campos de batalla: repercuten en los precios de los combustibles, en la economía mundial y, sobre todo, en la incertidumbre de millones de familias.
El costo de la vida continúa siendo una preocupación central para los estadounidenses. Los precios de los alimentos, la vivienda, los servicios y la gasolina afectan directamente a quienes trabajan diariamente para sostener a sus familias.
Las promesas electorales deben confrontarse con sus resultados. Gobernar no consiste en repetir que una nación volverá a ser grande, sino en conseguir que sus habitantes puedan vivir con dignidad, tranquilidad y esperanza.
Pero existe otro aspecto que, desde nuestra condición de mexicanos y habitantes de la frontera, merece una reflexión especial: el trato a los inmigrantes.
Durante años, millones de mexicanos han contribuido con su trabajo al desarrollo económico, agrícola, industrial y cultural de Estados Unidos. Han construido viviendas, trabajado los campos, atendido hospitales, abierto negocios y formado familias que hoy son parte inseparable de aquella nación.
No merecen ser tratados colectivamente como delincuentes, terroristas o enemigos.
Combatir la delincuencia y proteger las fronteras son responsabilidades legítimas de cualquier Estado. Pero perseguir indiscriminadamente a personas por su condición migratoria, sembrar miedo entre sus familias o utilizar expresiones que deshumanizan a comunidades enteras contradice los principios de dignidad y justicia que deben distinguir a una democracia.La seguridad no puede construirse sobre el desprecio al ser humano.
También preocupa la incertidumbre que rodea al Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, el T-MEC. Las amenazas comerciales, los aranceles y las tensiones políticas afectan a trabajadores, empresarios y familias de los tres países.
En Ciudad Juárez sabemos perfectamente que nuestras economías y nuestras vidas están profundamente vinculadas con las de El Paso, Texas. La frontera no solamente divide territorios, también une historias, amistades, matrimonios, generaciones y esperanzas. Por eso resulta doloroso que se insista en levantar muros cuando lo que necesitamos son puentes.
El muro fronterizo no sólo representa una separación física entre dos naciones vecinas. También ha provocado afectaciones ambientales, fragmentando hábitats y dificultando el desplazamiento natural de especies silvestres. La naturaleza tampoco entiende de discursos políticos ni de nacionalidades.
Hay, además, un acontecimiento histórico que merece destacarse desde la perspectiva de la fe.
El papa León XIV, nacido en Estados Unidos, ejerció su derecho al voto mediante una boleta enviada por correo desde el Vaticano. La Santa Sede confirmó su participación, sin revelar el sentido de su sufragio.
Más allá de cualquier preferencia partidista, el hecho constituye un testimonio del valor de la participación ciudadana.
La fe cristiana, y particularmente la doctrina social de la Iglesia católica, nos recuerdan que toda persona posee una dignidad que ningún gobierno puede desconocer.
Entre quienes participaron en estas elecciones hay ciudadanos de distintas religiones, creyentes y no creyentes, unidos por preocupaciones que superan sus diferencias.
No podemos atribuir a una sola religión ni a una sola causa el resultado electoral. Pero sí podemos reconocer que valores como la solidaridad, la justicia, la paz y el respeto al prójimo tienen una profunda capacidad para unir a las sociedades.
Jesucristo no nos enseñó a odiar al extranjero. Nos enseñó a reconocer en el prójimo a un hermano.
Y esa enseñanza resulta especialmente importante cuando los discursos políticos pretenden convertir las diferencias de origen, nacionalidad o religión en motivos de enfrentamiento.
Los resultados electorales estadounidenses no significan que todos sus problemas estén resueltos. Tampoco representan un cheque en blanco para los demócratas. Quienes hoy celebran sus victorias tendrán la obligación de demostrar que pueden gobernar con responsabilidad, honestidad y respeto a quienes piensan diferente.
La democracia exige vigilancia permanente, incluso sobre aquellos gobernantes con quienes simpatizamos.
Desde México debemos observar estos acontecimientos con respeto a la soberanía estadounidense, pero también con la convicción de que la relación entre nuestras naciones debe construirse mediante la cooperación, el diálogo y el reconocimiento de nuestra interdependencia.
México y Estados Unidos no están condenados a vivir enfrentados. Somos vecinos, socios comerciales y pueblos unidos por millones de vínculos familiares y humanos.
La verdadera grandeza de una nación no se mide por la altura de sus murallas, la fuerza de sus amenazas o el temor que pueda provocar en otros pueblos.
Se mide por su capacidad de garantizar justicia, proteger a los más vulnerables y convivir en paz.
Las urnas estadounidenses han enviado un mensaje poderoso: los ciudadanos conservan la capacidad de corregir el rumbo de su nación.
Ojalá que este resultado abra una nueva etapa de reflexión, reconciliación y respeto.
Porque la política debe servir para construir un mejor porvenir, no para dividir a los pueblos.
La fe en Dios debe inspirarnos a construir puentes de fraternidad, no murallas de odio.
Y la esperanza, cuando se acompaña de participación ciudadana, puede convertirse en la fuerza más poderosa para transformar la historia.

Héctor Molinar Apodaca
Facilitador Privado #24
Abogado especialista en Gestión de Conflictos y Mediación.
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