En México tenemos una forma muy nuestra de recibir a quienes ya se fueron: les ponemos la mesa. Sacamos su fotografía, encendemos una veladora, buscamos ese platillo que tanto les gustaba y, por un momento, la ausencia se vuelve conversación. Recordamos sus ocurrencias, sus regaños y esas historias que la familia cuenta todos los años como si fueran nuevas.
Eso es lo que más me gusta del Día de Muertos. No pretende que dejemos de extrañar. Nos permite extrañar juntos.
Cada región tiene su manera de vivirlo. Hay quienes pasan la noche en el panteón, quienes llenan sus casas de flores y quienes preparan un altar sencillo con lo que tienen. Lo hermoso es que no existe una sola manera de recordar. Cada familia le pone un poquito de su historia.
Y vaya que nuestras tradiciones han viajado. Hoy vemos celebraciones de Día de Muertos en distintas partes del mundo. Catrinas desfilando, altares mexicanos en ciudades extranjeras y personas de otras culturas acercándose a una celebración que nos recuerda de dónde venimos.
Hablando de desfiles, resulta curioso que el gran desfile de Día de Muertos de la Ciudad de México naciera después de una película de James Bond. En «Spectre» apareció una celebración multitudinaria que en realidad había sido creada para el cine. La imagen despertó tanto interés que terminó convirtiéndose en un desfile real.
Hollywood imaginó el espectáculo, pero la tradición ya era nuestra desde mucho antes. Y con el tiempo, distintas ciudades han encontrado nuevas maneras de llevar sus celebraciones a las calles.
Este año, una Catrina de más de 33 metros de altura se levantó en el Zócalo capitalino. Entre flores y colores, aquella enorme figura recordó el ingenio de nuestros artesanos y la capacidad que tenemos los mexicanos de convertir hasta la muerte en una expresión artística.
Lo curioso fue que su presencia resultó alarmante para algunos sectores conservadores. En ciertas publicaciones religiosas incluso la calificaron como idolatría. Pareciera que para algunos la Catrina apareció de pronto, como si no llevara más de un siglo formando parte de nuestra historia cultural.
Tal vez convendría recordarles que su origen está en la obra de José Guadalupe Posada, quien creó la famosa Calavera Garbancera como una crítica a quienes renegaban de sus raíces y pretendían aparentar una posición social distinta. Después, Diego Rivera le dio la elegancia y la apariencia con las que hoy la conocemos.
Y qué ironía tan mexicana: una calavera que nació para burlarse de las apariencias todavía consigue incomodar a quienes la miran sin conocer su historia.
No todos tienen que compartir nuestras creencias ni celebrar de la misma manera. Pero una cosa es no participar y otra muy distinta es condenar una expresión cultural sin comprender su origen.
A mí me gusta esa capacidad que tenemos de reírnos de la muerte sin dejar de respetarla. De pintarnos la cara de calavera, vestirnos de catrinas y caminar entre música y flores mientras guardamos en el corazón a quienes ya no están.
Porque detrás de los desfiles, las fotografías y los altares hay algo profundamente humano: el deseo de volver a encontrarnos, aunque sea por un instante, con quienes amamos.
Que sigan las catrinas gigantes, las comparsas y los desfiles. Que nuestras tradiciones crucen fronteras y encuentren nuevas formas de expresarse.
Pero que nunca olvidemos que el Día de Muertos comienza en algo mucho más sencillo: una fotografía sobre la mesa, una veladora encendida y alguien que, entre sonrisas y nostalgia, vuelve a pronunciar el nombre de quien tanto extraña.
Porque mientras exista alguien que nos recuerde, siempre habrá un lugar para volver a casa.

Ángeles Gómez
Fundadora en 2014 de Ángeles Voluntarios Jrz A.C. dedicada al desarrollo de habilidades para la vida en la niñez y juventud del sur oriente de la ciudad. Impulsora del Movimiento Afromexicano, promoviendo la visibilización y sensibilización sobre la historia y los derechos de las personas afrodescendientes en Juárez.
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