La reducción de la jornada laboral representa uno de los cambios más importantes que deberán enfrentar las empresas mexicanas en los próximos años. Sin embargo, más allá de las implicaciones normativas y operativas, la discusión plantea una pregunta de mayor profundidad: ¿seremos capaces de generar más valor o simplemente intentaremos hacer lo mismo en menos tiempo?
Esta fue una de las conversaciones recurrentes durante el Foro Laboral organizado esta semana por Competitividad Laboral en Ciudad Juárez. Entre conferencias y paneles, empresarios y especialistas abordaron cómo preparar a las organizaciones para un entorno en el que deberán producir durante menos horas, sin reducir proporcionalmente los salarios y enfrentando, además, mayores costos laborales y una creciente demanda de talento especializado.
El desafío es particularmente relevante para una ciudad cuya economía depende considerablemente de la actividad manufacturera. México se encuentra entre los países de la OCDE con jornadas laborales más extensas, pero esa intensidad no se traduce necesariamente en mayores niveles de productividad. En Ciudad Juárez, el panorama también presenta contrastes: aunque obtuvo el primer lugar en el indicador de Mercado de Trabajo del Índice de Competitividad Urbana 2026, todavía enfrenta importantes oportunidades para elevar el valor económico generado por cada hora trabajada.
A esto se suma una brecha entre las necesidades de la industria y las capacidades de formación de talento especializado. Las empresas demandan perfiles técnicos y profesionales cada vez más complejos, mientras que las instituciones educativas enfrentan el reto de ampliar su capacidad de respuesta y actualizar sus programas a la velocidad que exige la transformación productiva.
La inteligencia artificial y la automatización ofrecen oportunidades importantes para mejorar procesos, reducir tiempos y elevar la productividad. Pero incorporar tecnología no equivale automáticamente a transformar una organización. Durante uno de los paneles, Mauricio Robles, presidente del Clúster de Automatización de Chihuahua, planteó una advertencia que vale la pena recuperar: primero necesitamos ordenar la organización; de lo contrario, al implementar inteligencia artificial, lo único que tendremos será un desorden automatizado.
La observación apunta a un problema que suele quedar fuera de las discusiones sobre transformación digital: antes de invertir en herramientas, las empresas necesitan revisar sus procesos, sus estructuras y sus capacidades de gestión. La tecnología puede potenciar una buena organización, pero difícilmente resolverá por sí sola sus deficiencias.
En este contexto, José Ramón Fernández, gerente divisional de Coppel, propuso una idea especialmente pertinente: las empresas deben jugar a la ofensiva. Jugar a la defensiva significa comenzar por calcular cuánto costará la nueva realidad laboral y dónde habrá que reducir gastos para absorberla. Jugar a la ofensiva implica preguntarse qué nuevos negocios pueden desarrollar, qué valor adicional pueden generar y cómo pueden aprovechar el cambio para construir oportunidades de crecimiento.
Esto exige también una reflexión sobre el liderazgo empresarial. La productividad no depende exclusivamente de que los trabajadores tengan mejores herramientas o reciban más capacitación. Requiere que la alta dirección sea capaz de generar propósito, comunicar objetivos y construir organizaciones donde las personas comprendan hacia dónde se dirigen y cómo contribuyen a ese esfuerzo. No es razonable exigir una transformación del trabajo sin estar dispuestos a transformar también las formas de dirigir y organizar las empresas.
El reto es todavía mayor para las pequeñas y medianas empresas, que no cuentan necesariamente con los recursos financieros, tecnológicos y humanos de las grandes corporaciones. Su transición requiere acompañamiento. Instituciones públicas y privadas, universidades, organismos empresariales y empresas tractoras deben construir mecanismos de capacitación, financiamiento y transferencia tecnológica que permitan ampliar el acceso a nuevas capacidades productivas.
Todo esto ocurre, además, en una región que atraviesa una transformación industrial y geoeconómica de gran alcance: el crecimiento de la industria electrónica, la llegada de centros de datos al otro lado de la frontera, las limitaciones de infraestructura eléctrica de transmisión, la necesidad de construir alternativas para el transporte de carga ante la incertidumbre sobre la continuidad de BOTA y el proceso de revisión del T-MEC. Son transformaciones que también condicionarán las oportunidades y la competitividad de Juárez.
La pregunta, entonces, no es solamente cómo vamos a trabajar menos horas, sino qué tipo de economía queremos construir con ellas. Jugar a la ofensiva significa entender que la competitividad del futuro dependerá de nuestra capacidad para generar más valor, desarrollar talento y construir nuevas capacidades regionales.
Finalmente, vale la pena felicitar a Competitividad Laboral por su décimo aniversario. Espacios como el Foro Laboral son indispensables para anticipar los cambios, reunir distintas perspectivas y propiciar las conversaciones que nuestra región necesita para construir su futuro productivo.

Luis Enrique Villavicencio
Especialista en desarrollo económico y vinculación estratégica entre academia, industria y sector público. Enfocado en fortalecer MIPYMES y alinear la formación con el sector productivo, analiza el entorno económico con visión crítica y enfoque propositivo para impulsar la competitividad regional.
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