Los jóvenes del mundo despertaron.

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En Francia, estudiantes protestan por las deficiencias de sus escuelas. En Albania, jóvenes se suman a movilizaciones contra la corrupción. En India, las denuncias sobre irregularidades electorales y los obstáculos para conseguir empleo han llevado a una nueva generación a las calles. No se trata de un movimiento mundial organizado ni de una protesta con una sola causa. Son expresiones distintas de inconformidad que coinciden en una exigencia: participar en las decisiones que determinarán su futuro.

Las movilizaciones juveniles de octubre de 2026 han vuelto a colocar sobre la mesa una contradicción. A los jóvenes se les exige preparación, experiencia, productividad y responsabilidad, mientras las instituciones no siempre garantizan condiciones para desarrollar esas capacidades. Cuando protestan, su inconformidad suele interpretarse como rebeldía o falta de madurez, incluso cuando sus demandas se relacionan con problemas documentados.

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El 18 de octubre, durante el Festival Internacional de Cine de Morelia, Guillermo del Toro lloró al reflexionar sobre las condiciones que las generaciones anteriores están dejando a las nuevas. «Se entrega a la generación que viene un mundo en ruinas, moral, social, espiritualmente desintegrado», expresó el cineasta.

Sus palabras no surgieron de una discusión exclusivamente cinematográfica. Del Toro también respaldó a ciudadanos que reclamaban acceso a agua limpia en Guadalajara. La relación entre ambos momentos resulta significativa: derechos que deberían estar garantizados continúan siendo motivo de protesta, mientras las nuevas generaciones reciben la responsabilidad de resolver problemas acumulados durante décadas.

El sentimiento de culpa expresado por el cineasta no puede trasladarse indiscriminadamente a todas las personas adultas. Las responsabilidades son diferentes entre quienes han tomado decisiones públicas, quienes concentran recursos económicos y quienes también han vivido bajo condiciones de desigualdad. Reconocer esas diferencias permite discutir responsabilidades concretas, en lugar de convertir el conflicto generacional en una acusación colectiva.

Un título académico no garantiza una contratación, y conseguir trabajo tampoco asegura ingresos suficientes para independizarse. Cuando la economía no ofrece empleos de calidad, la preparación deja de funcionar como una vía confiable de movilidad social. Esto no elimina la responsabilidad personal, pero impide utilizarla como explicación única del desempleo y la precariedad.

La desigualdad también determina quién puede esperar una oportunidad y quién necesita aceptar cualquier empleo disponible. Una persona joven con respaldo económico familiar dispone de mayores márgenes para continuar estudiando o buscar mejores condiciones. Quien debe contribuir al sostenimiento de su hogar enfrenta decisiones distintas. La situación se vuelve más compleja cuando intervienen la discriminación, las desigualdades territoriales o las barreras de acceso a la educación.

En medio de estas dificultades aparece otra disputa: la atención.

Las redes sociales permiten que jóvenes comprometidos con la ciencia, la educación, el arte y las causas comunitarias compartan su trabajo sin depender de los medios tradicionales. Al mismo tiempo, compiten con contenidos que recurren a la polémica, las confrontaciones fabricadas o la exposición de la vida privada para conseguir visualizaciones. La popularidad no necesariamente corresponde con la calidad de lo publicado.

Los creadores que investigan, documentan problemas sociales o producen contenidos educativos deben competir por atención en plataformas cuyo funcionamiento depende, en buena medida, de mantener conectados a sus usuarios. No existe evidencia suficiente para afirmar que todo contenido frívolo recibe mayor difusión que el educativo, pero sí motivos para cuestionar qué incentivos generan estos modelos comerciales y cómo afectan la circulación de información confiable.

Sería injusto reducir a los jóvenes a sus hábitos digitales. Las mismas redes que difunden tendencias pasajeras permiten denunciar abusos, organizar manifestaciones y conocer situaciones que reciben poca cobertura. En India, por ejemplo, medios independientes y usuarios de plataformas digitales han contribuido a dar visibilidad a las movilizaciones juveniles. La tecnología puede facilitar tanto la distracción como la participación política; su utilidad depende de las prácticas de quienes la utilizan y de las condiciones en que circula la información.

También sería un error idealizar todas las protestas por estar encabezadas por jóvenes. Cada demanda requiere examinar sus fundamentos, sus propuestas y sus métodos. El derecho a manifestarse pacíficamente debe protegerse sin justificar agresiones, al mismo tiempo que la actuación de las autoridades debe someterse a escrutinio. Escuchar a la juventud no significa renunciar al análisis crítico.

La participación juvenil necesita superar los discursos institucionales que presentan a los jóvenes como líderes del mañana, pero les reservan un lugar secundario en las decisiones del presente. Su incorporación a los espacios públicos debe traducirse en capacidad de propuesta, representación y acceso efectivo a recursos para desarrollar proyectos.

Las lágrimas de Guillermo del Toro pueden entenderse como una expresión de preocupación, pero ninguna disculpa generacional sustituye las garantías que corresponde construir desde las instituciones. La educación necesita conectarse con oportunidades laborales reales; la participación política debe tener consecuencias en las decisiones públicas y el acceso a condiciones dignas de vida no puede depender únicamente de la capacidad económica familiar.

Una generación no necesita que le repitan que el futuro le pertenece mientras permanece excluida de las decisiones que lo construyen.

Necesita escuelas con recursos, empleos con derechos y espacios donde sus propuestas tengan consecuencias. La responsabilidad de las generaciones anteriores comienza por dejar de llamar promesa a aquello que todavía no se garantiza.

ADN Angeles Gomez
Ángeles Gómez

Fundadora en 2014 de Ángeles Voluntarios Jrz A.C. dedicada al desarrollo de habilidades para la vida en la niñez y juventud del sur oriente de la ciudad. Impulsora del Movimiento Afromexicano, promoviendo la visibilización y sensibilización sobre la historia y los derechos de las personas afrodescendientes en Juárez.


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