Las neuronas del futuro y la miopía tecnológica de México

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En RoboCop 2, estrenada en 1990, una corporación intenta desarrollar una nueva generación de máquinas utilizando el cerebro de un ser humano. Nueve años después, The Matrix imaginó una civilización en la que los cuerpos humanos quedaban subordinados a un sistema tecnológico que los utilizaba para sostener su propia existencia. Ambas películas pertenecen a la ciencia ficción, pero comparten una inquietud que hoy merece una nueva lectura: ¿qué sucede cuando la vida deja de ser solamente vida y se convierte en un recurso para el funcionamiento de las máquinas? Durante décadas, estas historias alimentaron nuestros temores sobre el futuro. Ahora, desde Singapur, la realidad comienza a plantear preguntas que ya no pertenecen exclusivamente al cine.

El 17 de agosto de 2026, la Universidad Nacional de Singapur anunció un prototipo de centro de datos biológico desarrollado en colaboración con la empresa australiana Cortical Labs y la operadora DayOne. El sistema integra veinte unidades de computación CL1 que utilizan neuronas humanas cultivadas a partir de células madre y conectadas a dispositivos de silicio para procesar información. No estamos ante un cerebro humano completo dentro de una computadora ni ante una máquina que haya demostrado tener conciencia. Se trata de una tecnología experimental que explora las posibilidades de utilizar redes neuronales vivas en nuevos sistemas de computación. Sin embargo, el acontecimiento es significativo: mientras buena parte del mundo discute cómo ampliar la capacidad de la inteligencia artificial, algunos investigadores ya exploran otras formas de procesar información, inspiradas directamente en la biología. La pregunta no es si las máquinas terminarán pareciéndose a los seres vivos, sino qué estamos dispuestos a hacer con la vida cuando descubrimos que también puede ofrecernos nuevas posibilidades tecnológicas.

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Singapur no llegó a este punto por casualidad. El proyecto reúne investigación universitaria, capital privado, conocimientos especializados e infraestructura para experimentar con una tecnología emergente. Tampoco es un logro exclusivamente singapurense: Cortical Labs nació en Australia y aporta una parte central del desarrollo. Precisamente ahí reside una de las lecciones más importantes del caso. La innovación contemporánea no depende únicamente de una idea brillante, sino de la capacidad de articular instituciones, empresas, inversión, talento e infraestructura para convertirla en una posibilidad real. Singapur entendió que participar en el futuro tecnológico exige algo más que comprar dispositivos o instalar servidores: requiere crear las condiciones para investigar, experimentar y colaborar con quienes desarrollan las tecnologías que todavía no se han generalizado.

La computación biológica también nos obliga a mirar hacia Taiwán, uno de los territorios estratégicos de la industria mundial de semiconductores. Empresas como TSMC fabrican chips avanzados diseñados por compañías de distintos países, incluidos los procesadores que hacen posibles numerosas aplicaciones de inteligencia artificial. La cadena tecnológica, sin embargo, se extiende mucho más allá: Estados Unidos concentra empresas fundamentales de diseño y plataformas digitales; Países Bajos aporta maquinaria indispensable para fabricar semiconductores de vanguardia; Japón participa en el suministro de materiales y equipos, y Corea del Sur tiene una posición relevante en memorias avanzadas. Ningún país domina por sí solo todos los eslabones. La diferencia está en el lugar que cada uno ocupa dentro de esa red y en su capacidad para controlar conocimientos, infraestructura, patentes y procesos estratégicos. La dependencia tecnológica no siempre consiste en carecer de computadoras; también puede consistir en necesitar tecnologías que no se diseñan, no se producen o no se controlan dentro del propio territorio.

Y es aquí donde la historia deja de ser una noticia sobre Singapur para convertirse en una pregunta incómoda para México. ¿Qué lugar queremos ocupar en la conversación internacional que define el futuro tecnológico? Nuestro país cuenta con universidades, centros de investigación, profesionales especializados y una industria manufacturera integrada a los mercados internacionales. Sería absurdo afirmar que aquí no existe talento o que no se desarrolla ciencia. El problema es otro: transformar esas capacidades en una estrategia sostenida que permita producir más conocimiento propio, desarrollar tecnologías, registrar patentes, crear empresas de base científica y participar en las decisiones que definen las próximas industrias. Según los datos del Banco Mundial basados en estadísticas de la UNESCO, México destinó en 2024 apenas el 0.25 por ciento de su producto interno bruto a investigación y desarrollo. La cifra no explica por sí sola todos nuestros problemas, pero sí revela la dimensión del desafío.

Existen iniciativas que buscan cambiar esa situación, como Kutsari, el proyecto mexicano anunciado en 2025 para impulsar capacidades nacionales de diseño de semiconductores. Su existencia debe reconocerse, aunque anunciar una estrategia no equivale a consolidar una industria. Entre diseñar un chip, desarrollar su propiedad intelectual, fabricarlo a escala y comercializarlo hay una distancia que exige financiamiento, continuidad institucional, formación especializada y colaboración industrial. La crítica, por tanto, no debe dirigirse contra los científicos mexicanos, sino contra la miopía tecnológica que aparece cuando confundimos participar en la manufactura con tener capacidad para decidir qué tecnologías desarrollaremos y qué valor económico y científico permanecerá en el país.

El problema no es que México tenga que fabricar todo por sí mismo. La producción tecnológica es una actividad internacional y la colaboración es indispensable. El problema es conformarnos con ocupar los lugares que otros definen sin construir capacidades suficientes para negociar mejores condiciones, aportar conocimiento propio y desarrollar soluciones a nuestros problemas. Si la computación biológica se convierte en una alternativa relevante para determinadas tareas, México tendrá que decidir si cuenta con instituciones capaces de investigarla y comprenderla o si volverá a llegar cuando otros ya hayan establecido las reglas, registrado las patentes y conquistado los mercados. No necesitamos anunciar que mañana tendremos nuestro propio centro de datos neuronal. Necesitamos construir las condiciones para que una posibilidad semejante pueda investigarse aquí, con rigor científico, inversión sostenida y una discusión ética que no llegue después de la tecnología.

Quizá RoboCop 2 y The Matrix no predijeron la computación biológica, pero sí nos dejaron una advertencia: una sociedad puede desarrollar tecnologías extraordinarias sin resolver las preguntas fundamentales sobre el poder, la responsabilidad y el valor de la vida. México enfrenta una cuestión semejante, aunque desde otra posición: no basta con preguntarnos qué harán las máquinas del futuro con las neuronas vivas; también debemos preguntarnos qué estamos haciendo hoy para que nuestro país participe en la creación de ese futuro. La miopía tecnológica no consiste en desconocer la última innovación, sino en carecer de una visión capaz de anticipar sus consecuencias y preparar las condiciones para intervenir en ellas. Porque mientras otros países imaginan, investigan y producen las tecnologías que vienen, México no puede conformarse con ensamblar el futuro que otros imaginaron. Tiene que comenzar a producirlo.

ADN Elias Ascencio
Elias Ascencio

Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


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