Por un lado, tres adolescentes de entre 15 y 16 años desaparecieron el mismo día en Ciudad Juárez. Sus familias las buscan, las autoridades difunden sus fotografías y la sociedad vuelve a experimentar ese miedo que aquí conocemos demasiado bien.
Por el otro, en la ciudad de Chihuahua, unos vecinos escucharon el llanto de un recién nacido. Lo encontraron completamente desnudo, todavía con el cordón umbilical y abandonado en una tapia cercana al relleno sanitario. Los médicos calcularon que tenía apenas dos horas de nacido.
Unos se van. A otros los dejan.
No son casos equivalentes. Tampoco sabemos si las adolescentes abandonaron voluntariamente sus hogares, fueron persuadidas para hacerlo o son víctimas de algún delito. En el caso del recién nacido, la Fiscalía todavía busca a la madre y a otros familiares para esclarecer quién lo dejó y bajo qué circunstancias. La prudencia obliga a no dictar sentencias desde una columna periodística.
Pero la imagen resulta imposible de ignorar.
Mientras unos adolescentes desaparecen del hogar que los recibió, un niño fue abandonado antes de conocer el suyo. Unos quizá salieron buscando algo que creyeron no tener. Al otro lo dejaron sin darle oportunidad de saber qué habría tenido.
Ambas escenas muestran, desde extremos distintos, una fractura semejante: la familia que ya no retiene y la familia que ya no recibe.
Quien desea algo es porque carece de ello, o al menos cree carecer de ello. Si algunos adolescentes abandonan voluntariamente el seno familiar, habría que preguntar qué sienten que les falta dentro y qué esperan encontrar afuera. ¿Afecto, atención, libertad, reconocimiento, seguridad, placer, independencia, pertenencia o una vida distinta?
La carencia no siempre es material. Un adolescente puede tener casa, alimento, escuela y padres presentes, pero sentirse ignorado, incomprendido o sin un lugar propio. También puede poseer aquello que busca y no reconocerlo porque las redes sociales, una pareja, un grupo o un adulto manipulador le presentan su vida como insuficiente.
El deseo también puede ser inducido. Alguien puede ofrecer afecto, dinero, aventuras, aceptación o libertad y esconder detrás de la promesa la explotación, la violencia o el delito. Lo que parece una salida puede ser una puerta que solamente se abre desde fuera.
En sentido inverso, quien abandona a un recién nacido quizá desea librarse de algo que considera insoportable. No sabemos si detrás de ese acto hubo miedo, pobreza, violencia, abuso, trastorno mental, presión familiar o intervención de terceros. Nada de eso justificaría poner en peligro una vida indefensa, pero sí tendría que investigarse para comprender lo ocurrido y evitar que vuelva a suceder.
El problema es que seguimos acumulando casos sin construir explicaciones suficientes. Sabemos activar pesquisas, repartir fotografías, abrir carpetas, trasladar al hospital y entregar al DIF. Es indispensable hacerlo. Pero una sociedad no puede limitarse a administrar las consecuencias después de que la familia se rompe.
El quebranto familiar no termina en la puerta del hogar. Llega a la escuela, invade la calle, presiona a las instituciones y finalmente debilita a la sociedad entera. Cuando la familia deja de transmitir principios, límites, afectos y responsabilidad, alguien más ocupa ese espacio. Puede ser el Estado, una ideología, las redes sociales, una pandilla, una pareja manipuladora o el crimen organizado.
No se puede poner algo en la cabeza de los hijos cuando primero no ha estado en la cabeza de los padres.
Los “educadores” modernos creen que sí puede hacerse y reclaman que el Estado ocupe ese lugar. Pretenden que la escuela enseñe pertenencia, dominio propio, responsabilidad, respeto por la vida y sentido familiar, aunque esas convicciones no hayan sido afirmadas dentro del hogar.
El Estado puede informar, prevenir, proteger y auxiliar. También puede promover legalidad, tolerancia, inclusión, derechos, autocuidado y convivencia. Son valores seculares útiles, pero generalmente de corto alcance. Dependen de la legislación, del gobierno en turno y de la ideología dominante. Nos dicen qué conducta será permitida o castigada, pero difícilmente explican por qué debemos hacer el bien cuando nadie nos vigila.
Los principios de largo alcance responden preguntas más profundas: qué valor tiene la vida, por qué debemos responsabilizarnos de nuestros hijos, qué significa pertenecer a una familia, por qué la libertad necesita límites y qué deber tenemos hacia quien depende completamente de nosotros.
El Estado puede reconocer esos principios y protegerlos jurídicamente. Lo que no puede hacer es fabricarlos mediante campañas, protocolos o libros de texto. El Estado administra conductas; no produce convicciones. Puede castigar el abandono, activar una pesquisa, resguardar a un recién nacido y organizar una campaña preventiva. Pero no ha conseguido colocar responsabilidad en el corazón de quien decidió abandonar ni pertenencia en el corazón de quien decidió marcharse.
Familias, autoridades, escuelas, iglesias y organizaciones sociales realizan esfuerzos que deben reconocerse. Sin embargo, sería irresponsable afirmar que la solución ha sido encontrada. Los adolescentes continúan desapareciendo y un recién nacido puede terminar desnudo entre tapias dos horas después de llegar al mundo.
Una familia que no recibe produce abandonados. Una familia que no retiene produce ausencias. Y una sociedad que no fortalece a la familia termina creando instituciones dedicadas a recoger, buscar y proteger a quienes quedaron fuera de ella.
Unos se van buscando afuera lo que no encontraron dentro. A otros los dejan fuera antes de poder entrar. Entre ambos extremos aparece una sociedad que sabe activar protocolos después del abandono, pero ya no sabe cómo formar personas capaces de no abandonar. Ése es El Meollo del Asunto.

Daniel Valles
Periodista y comentarista de radio y televisión. "El Meollo del Asunto" y "La Familia es Primero" son sus principales herramientas periodísticas que se publican en medios impresos y digitales en diversas geografías de habla hispana.
Ha sido merecedor de diversos reconocimientos como conferencista y premios de periodismo, entre ellos, la prestigiosa Columna de Plata, que otorga la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez.
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