Gritar “¡Viva México!” no nos hace libres
Como cada año, la noche del 15 de septiembre vuelvan las plazas llenas, las banderas, los fuegos artificiales, la música, el tequila y el grito colectivo de “¡Viva México!”.
Recordamos a Hidalgo, Morelos, Allende, Josefa Ortiz de Domínguez y a quienes rompieron, hace más de dos siglos, las cadenas de una nación sometida.
Pero entre la ceremonia y la realidad existe una pregunta incómoda que también deberíamos atrevernos a gritar; ¿qué tan independientes somos hoy los mexicanos?
Porque la independencia no puede reducirse a no tener un virrey ni a ondear una bandera propia.
Una sociedad es verdaderamente libre cuando puede vivir sin miedo, ganarse la vida con dignidad, exigir cuentas al poder y decidir su futuro sin depender de la corrupción, la violencia, la pobreza o el favor político.
La primera cadena contemporánea es el miedo. Según la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI, en junio de 2026 el 59.8% de la población adulta urbana consideró inseguro vivir en su ciudad.
En Ciudad Juárez, la proporción fue todavía mayor; 63.7%. Y no hablamos sólo de percepciones; durante el primer semestre de este año, el propio INEGI estimó que 31% de los hogares urbanos fue víctima de al menos un robo, extorsión o fraude.
Es difícil hablar de libertad cuando una familia modifica sus horarios, evita caminar de noche, impide que sus hijos salgan solos o convierte su vivienda en una fortaleza.
La inseguridad no solamente roba bienes; confisca libertades.
Pero existe una segunda cadena, quizá menos espectacular y mucho más profunda: la impunidad.
La ENVIPE 2025 estimó que durante 2024 ocurrieron 33.5 millones de delitos en México y que 93.2% no fue denunciado o no derivó en una carpeta de investigación.
En otras palabras, el verdadero tamaño de la delincuencia está muy por encima de aquello que aparece todos los días en las estadísticas de las fiscalías. Cuando nueve de cada diez delitos permanecen fuera del sistema efectivo de justicia, la independencia del ciudadano frente al delincuente es prácticamente una ficción; uno impone las reglas y el otro aprende a sobrevivirlas.
La tercera dependencia está en la calidad de nuestras instituciones.
El problema no pertenece exclusivamente a un partido, un presidente, un gobernador o un alcalde; es estructural y atraviesa administraciones, colores y niveles de gobierno. La ENCIG 2025 del INEGI revela que 84.1% de la población considera frecuentes los actos de corrupción y que 15.6% de quienes tuvieron contacto con autoridades durante el año experimentaron directamente algún acto de corrupción.
El costo estimado para los ciudadanos fue de 17 mil 707 millones de pesos.
En Chihuahua, la prevalencia llegó a 18 mil 420 víctimas de corrupción por cada 100 mil habitantes, por encima de la tasa nacional de 15 mil 642.
La corrupción no es solamente dinero entregado debajo de un escritorio; es una forma de sometimiento, porque transforma derechos en favores y servicios públicos en concesiones del poder.
También cargamos cadenas económicas.
México ha conseguido avances que sería irresponsable negar; la pobreza multidimensional disminuyó y pasó a 29.6% de la población en 2024, frente a 36.4% en 2022.
Sin embargo, ese porcentaje todavía significa 38.5 millones de mexicanos en pobreza, mientras otros 32.2% eran vulnerables por carencias sociales.
El mercado laboral exhibe otra contradicción; tenemos bajos niveles de desempleo, pero en el primer trimestre de 2026 54.8% de la población ocupada trabajaba en condiciones de informalidad.
Tener trabajo, por tanto, no siempre significa tener seguridad social, estabilidad, pensión ni verdadera autonomía económica.
Y nuestra economía, poderosa como plataforma exportadora, sigue extraordinariamente concentrada.
En 2025, 83.7% de las exportaciones mexicanas no petroleras tuvo como destino Estados Unidos.
Al mismo tiempo, de enero a julio de 2026 ingresaron al país 36 mil 349 millones de dólares en remesas.
Nada hay de negativo en comerciar con nuestro principal socio ni en el esfuerzo de millones de mexicanos que sostienen a sus familias desde el extranjero; por el contrario.
El problema estratégico aparece cuando una nación depende excesivamente de un solo mercado, de decisiones tomadas al otro lado de la frontera o del dinero que sus ciudadanos tuvieron que salir del país a producir.
Integración económica no debe convertirse en vulnerabilidad económica.
Ahí aparece otra de nuestras contradicciones; conquistamos soberanía territorial, pero todavía no construimos suficiente soberanía ciudadana. Seguimos dependiendo con demasiada frecuencia del político para obtener lo que debería ser un derecho; del gestor para acelerar un trámite; del contacto para conseguir atención; de la dádiva pública para aliviar una necesidad; de la organización criminal para determinar qué horarios, caminos o negocios son posibles en ciertos territorios. Mientras el presupuesto público pueda utilizarse como instrumento de promoción personal, mientras la transparencia sea vista como molestia y mientras la coordinación entre gobiernos sea sustituida por disputas políticas, tendremos autoridades electas, pero una gobernanza incompleta.
En una ciudad fronteriza como Juárez la contradicción resulta especialmente visible.
Somos una potencia manufacturera y exportadora, producimos riqueza para cadenas globales y sostenemos una de las fronteras económicas más importantes del continente; sin embargo, podemos coexistir con colonias sin infraestructura suficiente, escuelas saturadas, transporte deficiente, problemas de seguridad y familias que no reciben servicios públicos a la velocidad con la que crece la ciudad.
La verdadera independencia también consiste en que el lugar donde nace un niño no determine la calidad de la escuela a la que podrá asistir, la calle que podrá transitar o las oportunidades económicas que tendrá.
Por eso tampoco basta con cambiar gobiernos.
La independencia moderna exige algo mucho más incómodo; ciudadanos independientes del poder. Personas que no vendan su voto por una despensa, que no acepten que un funcionario presente como regalo personal lo que fue pagado con impuestos, que exijan saber cuánto se recauda, cómo se gasta, quién contrata, quién gana las obras y qué resultados produce cada peso público.
La falta de gobernanza prospera precisamente cuando el ciudadano renuncia a vigilar al gobernante.
Una democracia puede celebrar elecciones periódicamente y, aun así, conservar relaciones profundamente dependientes entre sociedad y poder.
No sería justo afirmar que México no ha avanzado.
La pobreza ha disminuido; algunos indicadores de seguridad han mejorado, la percepción nacional de inseguridad urbana bajó de 63.2% en junio de 2025 a 59.8% en junio de 2026 y el país posee una capacidad industrial y exportadora que hubiera parecido inimaginable para generaciones anteriores. Precisamente por eso la crítica debe ser más exigente; tener avances no significa haber llegado.
Una nación madura no utiliza las mejoras para ocultar sus pendientes ni convierte las cifras adversas en ataques políticos; las emplea para corregir sus políticas públicas.
Hoy podemos gritar “¡Viva México!”, pero el grito debería significar algo más que una ceremonia anual.
Que viva México cuando una mujer pueda caminar de noche sin miedo.
Cuando denunciar un delito sirva.
Cuando trabajar alcance para vivir.
Cuando una familia no necesite una recomendación para acceder a un derecho.
Cuando el empresario pueda producir sin extorsiones. Cuando el ciudadano conozca en qué se gastó hasta el último peso de sus impuestos.
Cuando las instituciones sean más fuertes que los gobernantes y cuando el gobierno entienda que administrar recursos públicos no significa poseerlos.
La Independencia iniciada en 1810 nos liberó de una Corona. La independencia que nos corresponde conquistar en 2026 es más compleja: liberarnos del miedo, de la impunidad, de la corrupción, de la pobreza, del clientelismo y de la dependencia del poder.
Porque gritar “¡Viva México!” no nos hace independientes. Vivir con libertad, dignidad, justicia y gobiernos obligados a rendir cuentas, sí.

Guadalupe Parada Gasson
Economista, experta en comercio exterior, periodista y docente con amplia trayectoria en sectores público y privado. Ha dirigido medios impresos y digitales, liderado proyectos de comunicación y formación, y se ha desempeñado en ventas, publicidad y relaciones públicas. Destaca por su perfil multidisciplinario, visión estratégica y compromiso con la gestión social y educativa. Recientemente presidenta de Rotary Club Juárez Real (2023–2024).
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