No mames, Pancho…

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En memoria de mi broder Raúl Ruiz Gómez

Hay amistades que se explican con los años y otras que, aun después de tantos años, siguen siendo difíciles de explicar.

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La nuestra, en realidad, era muy simple.

Tú eras el que hablaba.
Yo era el que escuchaba.

Tú eras el que enseñaba.
Yo era el que aprendía.

Tú eras el de los chistes.
Yo era el de las carcajadas.

Tú eras el de las historias. El de las relaciones públicas, el que conocía gente, estrechaba manos y podía convertir cualquier encuentro en una conversación interminable.
Yo era el ratón de biblioteca. El de los números, la estrategia, las gráficas, los planes y las preguntas.

Éramos distintos.

Y precisamente por eso funcionábamos.

Éramos simbiontes.

Nos conocimos en algún momento entre 2003 y 2004. Desde 2016 compartimos también esta casa que es ADN | A Diario Network. Pero decir que colaboramos juntos sería reducir veintidós años de nuestras vidas a una relación profesional.

Compartimos risas, éxitos y fracasos. Compartimos lágrimas, historias, discusiones, comidas, vinos y conversaciones que casi inevitablemente terminaban convertidas en una nueva idea.

Hicimos muchas.

Imaginamos muchísimas más.

Y quedaron algunas esperando un tiempo que, ahora lo sé, nunca estuvo obligado a concedernos nada.

Eras originario de San Luis Potosí. Abogado de profesión. Litigaste, poco. Diste cátedra. Pero encontraste en las palabras un territorio mucho más grande que cualquier aula o tribunal.

Periodista por vocación.

Escritor porque no podías evitarlo.

Amante de las letras, del buen vino y, hay que decirlo, de la buena comida.

Tragón como pocos, ese cachetón.

Pero siempre con estilo.

Porque había principios que para ti parecían escritos en piedra:

“Un caballero nunca sale sin su sombrero.”

Y así eras.

Podías defender una palabra como si estuvieras alegando frente a un juez y, cinco minutos después, mandar toda solemnidad al carajo.

Eras mamón como pocos.

Y precisamente ahí vivía buena parte de tu genialidad.

En la ironía. En el sarcasmo fino. En esa habilidad para decir algo que en cualquier otra persona habría resultado insoportable y conseguir que, segundos después, todos acabáramos muertos de risa.

Para quien no te conocía, seguramente eras complicado, porque lo eras.

Para quienes tuvimos el privilegio de conocerte, simplemente eras Raúl.

Y si hay una palabra que atraviesa casi toda tu vida profesional, es Cartapacio.

Cartapacio nació en 1986, en televisión, allá en San Luis Potosí.

Después se fue contigo a la radio.

Luego a la prensa escrita.

Llegó a internet.

Y terminó habitando también las redes sociales.

Visto así, Cartapacio cuenta también la historia de cómo cambió el periodismo durante cuatro décadas.

Cambió el aparato desde el que te escuchaban. Cambió el papel. Cambió la pantalla. Cambió la velocidad con la que circulaban las noticias.

Tú no.

Ahí estabas.

Buscando la palabra precisa.

La metáfora.

El sentido figurado.

La vuelta inesperada que permitiera contar un hecho político sin limitarte a repetirlo.

Porque nunca te conformaste con informar.

Querías escribir.

Querías tomar esos hechos tantas veces ásperos, absurdos o vulgares de la política y arreglarlos con palabras.

Cartapacio fue eso.

Tu mirada.

Tu voz.

Tu manera de poner orden, o cuando menos literatura, en el desorden público.

Y como nunca fuiste particularmente respetuoso de los formatos, un día Cartapacio salió también a la calle.

Llegó Cartapacio Live.

No hacía falta estudio, escenografía ni demasiada producción.

Un teléfono celular en la mano, un político enfrente y tú haciendo preguntas.

Eso bastaba.

Hay algo profundamente tuyo en esa imagen: mientras otros discutían cómo adaptarse a las nuevas plataformas, tú simplemente agarrabas el celular y empezabas a entrevistar.

Después llegó Cartapacio DLX.

Ahí nos dimos el gusto de hacer otra cosa.

Conversaciones más cuidadas, entrevistas producidas, otro ritmo para escuchar a los personajes y, sobre todo, para escucharte a ti conducirlos por la conversación.

Porque también sabías preguntar.

Y sabías algo todavía más difícil: sabías cuándo dejar hablar.

Cartapacio tuvo incluso una pequeña crisis de identidad.

Durante un tiempo lo llamamos Escenarios.

Dos entregas por semana, lunes y viernes, exclusivas de A Diario Network que convivían con el Cartapacio de toda la vida.

No duró mucho.

Después la edición de los viernes migró a Cartapacio Plus, pensado como un contenido por suscripción para xpressnews.mx, versiones con información exclusiva.

Hasta que finalmente ocurrió lo inevitable: Escenarios y Cartapacio Plus volvieron a llamarse Cartapacio.

Hay nombres que uno puede intentar cambiar, pero que ya pertenecen a la persona.

Y entonces hicimos algo mejor: abrimos nuevamente su lectura y aquella columna que durante años había aparecido una vez por semana terminó publicándose tres veces.

Escenarios, sin embargo, no murió.

Sólo estaba esperando encontrar su verdadero lugar.

Terminó convertido en el nombre de tus ejercicios más ambiciosos de prospectiva: Escenarios 24, en sus dos entregas, y después Escenarios 27.

Ahí podías hacer una de las cosas que más disfrutabas.

Especular.

Pero especular en serio.

Tomar información, antecedentes, personajes, posibilidades y tratar de mirar detrás de la curva.

Eras un maestro de la prospectiva.

Aunque entre nosotros el título verdaderamente importante era otro:

presidente emérito de la Mesa de los “Especuleros”.

Porque había que escucharte.

Podías comenzar hablando de una declaración cualquiera y terminar, dos horas después, diseñando escenarios políticos que probablemente sólo existían en tu cabeza.

Muchas veces acertabas.

Otras…

“No mames, Pancho.”

Y venía la carcajada.

Se volvió una de tus anclas al aire. Una expresión de asombro tan tuya que todavía puedo escucharla perfectamente con tu voz.

Tu curiosidad tampoco se limitaba a la política.

Durante años estuvo Plataforma Financiera, aquellos pequeños apuntes cotidianos con los que tratabas de explicar la economía sin convertirla en un tratado.

Primero viajaban por correo electrónico.

Después llegaron a la radio.

Eran textos breves porque entendías algo que hoy parece obvio, pero entonces no lo era tanto: había gente que necesitaba saber qué estaba pasando y no tenía tiempo para leer veinte páginas para enterarse.

De esa misma intuición nació Xpress News.

Antes de ser un sitio web fue un boletín.

Pocas líneas.

Los temas esenciales.

Información pensada para gente ocupada e importante, como te gustaba decir.

Con los años, Xpress News fue cambiando hasta que en A Diario Network construimos para ti XpressNews.mx.

Ya no sólo como un boletín.

Lo hicimos para darte un loft dentro de la casa.

Un lugar donde pudiéramos reunir aquello que habías ido dejando disperso durante tantos años: tus columnas, entrevistas, audios, videos, textos y ocurrencias.

Tu obra.

Porque desde 2016 ADN fue tu casa editorial, aunque siguieras publicando también en otros medios digitales y periódicos impresos.

Nunca hubo conflicto en eso.

Eran acuerdos entre amigos.

Y las palabras, al final, están hechas para viajar.

También hubo un Raúl al que le encantaba burlarse del mundo.

De ahí salieron Noticias Perras.

He de ser justo. Noticias Perras nació en un momento de transición. Su primer temporada de unos cuantos capítulos se produjeron en otra casa. Pero lo recibí con agrado para producirlo para ti. La segunda temporada (2022), casi inexistente. La tercera cobró más fuerza pero quedó truncada con mi caída de salud en 2024.

No sé si algún día alguien podrá explicar ese producto con solemnidad.

Espero que no.

Era tu oportunidad de pitorrearte de las noticias, de sus protagonistas y a veces hasta de nosotros mismos.

Y quedaron los bloopers.

Muchos.

Qué manera de divertirnos.

Hay grabaciones que hoy valen por lo que dicen.

Y otras que valen simplemente porque ahí estás riéndote.

También existía otro Raúl.

Mucho menos público.

El que por momentos dejaba afuera la política, las encuestas, los escenarios y los personajes.

Ese quedó guardado en Letras y Piel.

Veinte textos.

Sólo veinte.

Probablemente los más íntimos de tu escritura.

Los publicamos en Xpress News y me gusta pensar que allí se quedó una parte de ti que Cartapacio no siempre permitía ver.

Después nos sentamos otra vez alrededor de una mesa.

Porque muchas de nuestras mejores historias terminaban empezando o acabando alrededor de una.

Y de ahí salió Consensum.

“La mesa donde convergen las ideas.”

Un podcast de ADN que publicamos en Xpress News.

El nombre era muy tuyo.

Conversar.

Escuchar.

Contradecir.

Pensar.

Volver a contradecir.

Y al final pedir algo de comer.

También compartimos Los Analistas.

Ahí ya no eras el invitado, ni la entrevista, ni la columna.

Eras mi compañero.

Mi co-conductor.

Nos sentábamos frente a los micrófonos y volvíamos a hacer lo que habíamos hecho durante tantos años fuera del aire: conversar de política, especular, discutir, reírnos y tratar de entender lo que estaba pasando.

Sólo que ahora había cámaras enfrente.

Y público escuchándonos.

Seguramente para muchos éramos dos tipos hablando de política.

Yo sabía que era simplemente otra extensión de aquellas conversaciones que habíamos sostenido desde mucho antes de que existiera el programa.

Pero tu relación con las palabras tampoco terminaba en el periodismo.

Escribiste libros.

Diez para ser preciso.

Escribiste cuentos y obras de teatro infantiles.

Inventaste a Rugí Rugilón.

Porque debajo del analista político, del abogado, del profesor y del periodista existía también alguien que disfrutaba profundamente imaginar.

Y seguiste imaginando hasta el final.

Quizá eso sea lo que más me impresiona.

Cuando llegó la enfermedad, cuando el cuerpo comenzó a imponerte límites que tu cabeza se negaba a reconocer, encontraste todavía una manera de convertir aquello en una historia.

La llamaste Metalepsis.

Por supuesto que tenía que llamarse así.

Una palabra que durante años trataste de enseñarme y que yo nunca terminé de entender del todo.

Construiste personajes. Los esboce para tí.

Les diste poderes.

Inventaste conflictos.

Convertiste la enfermedad en adversarios a los que se podía combatir dentro de una ficción.

Querías hacer un cortometraje.

Y ese cortometraje sería la explicación narrativa de un videojuego.

Porque hasta entonces seguías planeando lo siguiente.

El guion quedó pendiente.

Y me duele decirlo porque ése pertenece ahora a esa lista de proyectos que tantas veces pensamos que después haríamos.

Siempre me gustó escribir.

Pero tú me enseñaste a mirar las palabras de otra manera.

Me enseñaste a ampliar el vocabulario, a perseguir metáforas, a entender los sentidos figurados, la abstracción de las ideas y, sí, las dichosas metalepsis.

Jamás las aprendí del todo, cabrón.

Pero cómo nos divertimos.

También me dejaste una de las primeras lecciones de periodismo que realmente recuerdo.

En mis primeros pininos, yo había escrito una nota y terminé metiéndome dentro de ella.

La leíste.

Me miraste.

Y dijiste:

“Cuando el periodista es parte de la nota, algo está mal.”

No hubo regaño.

No hacía falta.

Nunca lo olvidé.

Y ahora resulta inevitable la paradoja.

Porque hoy el “periodista” soy yo. Tú eres la noticia.

Y soy parte de esta historia compartida. Sin duda, algo está mal.

De todas las cosas que me dejaste hay una que todavía no sé cómo cargar.

Me nombraste heredero de tus ideas, de tus letras y de tus palabras.

No sé si estoy a la altura.

Probablemente nunca lo esté.

Pero lo atesoro en el corazón.

No lo entendí como una sucesión profesional.

Ni como un encargo editorial.

Lo entendí como una muestra inmensa de confianza. De gratitud.

Como el gesto de un amigo que decidió poner en manos de otro aquello que había construido durante una vida.

Y prometo cuidarlo.

Cartapacio.

Tus libros.

Tus personajes.

Tus textos.

Tus audios.

Tus videos.

Tus ideas.

Tus palabras.

Tus locuras.

Incluso aquellas que no alcanzamos a terminar.

Ahora, mirando hacia atrás, comprendo mejor nuestra relación.

Quizá pocos entiendan realmente su profundidad.

No importa.

Nosotros nunca necesitamos explicarla.

Éramos distintos.

Éramos complementarios.

Éramos simbiontes.

Y en algún momento dejamos de saber dónde terminaba el trabajo y empezaba la amistad.

Quizá porque nunca hubo realmente una frontera.

Desde 2004 fueron veintidós años de conversaciones, proyectos, éxitos, fracasos, lágrimas, comidas, vinos, planes y carcajadas.

Diez de ellos compartiendo además esta casa llamada ADN.

Mi buen amigo.

Mi Sensei.

Mi Brother del Alma.

Gracias por las palabras.

Gracias por las discusiones.

Gracias por las carcajadas.

Gracias por enseñarme incluso todo aquello que jamás logré aprender.

Gracias por confiarme una parte de ti.

Y gracias, sobre todo, por haber caminado tantos años a mi lado.

No mames, Pancho…
¿Ahora para dónde voy a caminar?

Te voy a extrañar, Brother.

Muchísimo.

 

ADN David Gamboa
David Gamboa

Mercadólogo por la UVM. Profesional del Marketing Digital y apasionado de las letras. Galardonado con la prestigiosa Columna de Plata de la APCJ por Columna en 2023. Es Editor General de ADN A Diario Network.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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