Acapulco tiene muchos atractivos turísticos.
Sus playas, restaurantes, renta de yates, centros nocturnos, tiendas de ropa y souvenirs, etc.
Pero tiene también magníficos lugares para disfrutar en familia, como el CICI, o el hermoso parque Papagayo.
Aunque después del ciclón, quedó devastado.
Y para los enamorados, un regio mirador que día con día, regala el mágico espectáculo del atardecer.
SINFONÍA DEL MAR, se llama.
Un espacio con gradas de concreto frente al mar.
Las acapulqueñas se han inventado una leyenda.
Lo toman como un San Antonio costeño.
Porque si le pides al mar y al sol en el ocaso, el milagro de tener un novio, o marido, ¡te lo conceden!
Y ahí, ante el maravilloso espectáculo del sol que se sumerge en el mar, conocí a Zulena.
Ella en shorts, y una camiseta muy holgada, con el pelo agarrado en chongo. Calzado de goma.
Yo absorto con la belleza natural del momento, y de su figura sensual, pese a su outfit tan… casual.
- ¿Tú que le pides al mar? Me dijo. Y me sacó de la contemplación.
- No sé, aún no me decido. Contesté. ¿Y tú?
- Yo vine a pedirle un compañero. Que me quiera, que me respete, me dé mi lugar. Expresó, con los ojos entrecerrados, y luego dejó escapar un suspiro.
- Mucha suerte con eso. Le reviré. No abundan muchos especímenes así, hay demasiada trivialidad. Tú buscas un marido para toda la vida.
- Pensé que tú buscabas una novia amorosa que te pueda consentir en todo.
- De hecho no me caería nada mal una chica así, pero definitivamente no encuadro en el esquema de tus aspiraciones. Yo vine a ver la caída del sol. Le dije.
- Hablas raro, no eres de Acapulco, ¿Verdad?
Mientras el sol era devorado por el mar, una lancha rápida remolcaba a un esquiador; y luego… Zulena tomada de la mano conmigo, por semanas.
A la vuelta de los años, consigo entender la semejanza entre dos diferentes culturas costeñas.
La cubana y la acapulqueña.
El punto de enlace son… sus mujeres.
Similares formas de pensar, de amar, de moverse, musicalmente hablando.
Hasta el hablar.
Zulena, fue para mí un remanso de paz, un espacio en mi vida donde encontré la tranquilidad y la calma que en aquel momento estaba necesitando.
Un reposo emocional que absorbió la vorágine existencial acumulada por años de calavera.
Pero solo eso.
Un lapso que me ayudó a recargar pilas para seguir en la fiesta.
Yo no era el tipo que ella buscaba. No pude cumplir con sus expectativas.
Sólo le di mucho placer… y un regalo a su abuela.
Un aparato electrónico para su sordera.
Zulena tenía una extraña atrofia.
El seno izquierdo era enorme, talla D. Y el derecho, casi infantil.
Me confió que cuando niña, cayó sobre el manubrio de su bicicleta y nunca se le desarrolló de manera natural, como el otro.
Eso no le quitó sensación ninguna y disfrutaba de igual forma las caricias en cualquiera de los dos.
Doy testimonio de ello.
- Mucho tiempo viví con una eterna frustración, acomplejada, me dijo. No tenía ánimo para entregarme a la sexualidad. Tenía miedo al rechazo.
Y contigo me descubrí plena.
Zulena era maravillosa. Alegre, amorosa, llena de vida.
Nos despedimos un día frente al parque Papagayo.
Un par de años después supe que se casó y vive muy feliz con su esposo. Que por cierto es alemán.
Ambos van seguido a SINFONÍA DEL MAR.
Ella a agradecerle a la naturaleza por el milagro de encontrar a Hans (o como se llame), y él a disfrutar con ella el espectáculo del ocaso acapulqueño.

Raúl Ruiz
Abogado. Analista Político. Amante de las letras.
CARTAPACIO, su sello distintivo, es un concepto de comunicación que nace en 1986 en televisión hasta expanderse a formatos como revista, programa de radio y redes sociales.
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