Aunque pareciera que mis historias en LETRAS Y PIEL, pudieran ser motivo de presunción, no lo son.
Tampoco son inventos, cuentos salidos de la imaginación.
Son vivencias.
Recuerdos que me parecen vitales de conservar.
Agradables experiencias que han ocurrido al azar, como aventuras. En las que me he visto involucrado con hermosas mujeres caídas del cielo como frutos divinos.
Contactos fortuitos.
Acercamientos que se dieron sin ánimo de entrar a la conquista, o hacer gala de seducción; contactos que se fueron dando sin forzar siquiera la atención entre uno y otra; sólo el choque de feromonas que se hacen garras por buscarse, frotarse, restregarse en la antesala donde habita la lascivia, y la líbido se enciende.
Donde participan, el roce de la mirada, la sonrisa, la palabra adecuada.
Nunca he pretendido parecer un Donjuan, un Casanova o uno de esos patanes que se solazan por el número de mujeres llevadas a la cama.
Quienes me conocen, y quienes me han conocido desde enantes, lo saben.
En mi caso, no hay contabilidad en el tálamo, y el intercambio de palabras, caricias y fluidos que por fortuna he compartido con las mujeres a las que hoy les dedico mis letras, y de las cuales guardo estos placenteros recuerdos, reitero, que han sido una consagración siempre entre dos.
Por eso, jamás tuve un enojo, desavenencia, o discordia con ninguna.
Discusiones sí, enfados, pero nada que no se pudiera solucionar con un buen vino, un exclusivo platillo cocinado por mí para ella, y una tarde plena de entrepiernur.
La aclaración, tiene varios propósitos.
Primero, que son recuerdos; que cobran vigencia, y que con el tiempo, tal vez, se volverán inmortales.
Segundo, que hago patente mi suerte por haber compartido con ellas lo compartible; y desde siempre, haber sido agradecido por su presencia, su convivencia y los placeres de la piel.
Y tercero, recordar los lugares donde ocurrieron las historias, es volver a vivirlas.
Y la vida hay que vivirla.
La tarde de hoy es lluviosa, con estruendosos relámpagos; las gotas de agua son gordas y copiosas. Rebotan en la ventana.
Como todos ustedes, yo recibo frecuentemente solicitudes de amistad en mis redes sociales.
En mi caso, ocho de cada diez, son mujeres.
Y de esas ocho, no sé porqué, cinco son jovencitas. Por alguna razón las atraigo.
Y yo, por mi avanzada edad, y la saturación de contactos que tengo, difícilmente acepto nuevas amistades.
Me conformo con cinco mil lectores que consumen mis materiales periodísticos y literarios. O los que ven semanalmente mis podcasts.
Hoy recibí la solicitud de una jovencita Coreana, de 32 años, soltera, experta en negocios y diseñadora de modas.
Radica en Los Ángeles y tiene su propia marca de ropa.
Su charla comenzó así:
“My hometown is Seoul, Korea, and I am currently doing business in Los Angeles, USA.
I am a fashion designer and also open my own clothing store here, in Los Angeles.”
Vosotros la conoceréis como Ha-Joon, que significa ‘Hermoso copo de nieve’.
Aunque ella tiene un nombre occidental, no lo revelaré, pues para los propósitos literarios, reduciría la fascinación que producen los misterios orientales.
Viene al caso, porque además de bella, e inteligente, Ha-Joon, tiene un enorme parecido con ANALYN.
Una filipina que conocí en Cancún, el verano del 77.
Nomamespancho, casi 50 años atrás.
En aquel entonces, yo era músico. Cantaba en bares y cafés-cantantes.
Y en el paraíso de La Riviera Maya… así se le conocía desde entonces a Cancún, abundaban como hoy turistas de todo el mundo, pero principalmente mujeres, que viajaban solas para conocer la belleza de nuestras playas y buscar los placeres de la piel, con algún mexicano disponible.
Los mexicanos siempre hemos tenido fama de saber tratar a las mujeres.
Hacerlas sentir bien, darles placer.
Analyn me abordó en la playa.
Yo observaba a los entonces famosos Beach Boys.
Fortachones que hacían sus rutinas de gimnasio a la orilla del mar, y se rentaban con las turistas para darles un paseo en tabla con vela.
Windsurfing, se le conocía así.
- ¿Eres de ese equipo de surfeadores? Me preguntó.
Obviamente no. Nunca he sido fortachón. Siempre delgado.
Así que supe que la pregunta era sólo pretexto para la conversación.
Dejaré por un momento la escena de los Beach Boys, porque tengo otras historias que contar sobre Cancún y estos personajes de atracción turística internacional de los 70s, pero será en otra ocasión.
Me interesa recordar la convivencia por un fin de semana, con Analyn.
¿Por qué es tan importante?
Porque con ella conocí lo que usted jamás podría imaginar.
Me explicaré.
Si usted, amigo o amiga, han disfrutado lo que coloquialmente llamamos una encerrona, lo que viví con Analyn en dos días, seguramente lo supera con mucho.
Les platico.
Luego de conversar la mañana de un viernes en la playa, me preguntó qué tanto conocía sobre masajes.
Y como era entonces un neófito en la materia, sólo la escuché.
Nadie imaginaría que bajo ese pequeño cuerpo guardaba un atronador poder físico y mental.
Me contó de los beneficios que se obtienen con la práctica de los masajes y cómo fue obteniendo conocimiento de ello en la India, en Turquía, en Japón, Tailandia y otros lugares del orbe.
Sabía incluso el masaje mexicano de las piedras calientes en la espalda y piernas.
Pero sobre todo… El masaje tántrico.
Saber escuchar es un poder increíble de atracción.
De alguna manera fue llevando la conversación hasta llegar al tema del Tantra.
Me confesó que esta técnica se pasa de generación en generación y que esos tocamientos sólo se le proporcionan a la pareja con la que estás emocionalmente ligado.
Para potenciar el placer en cada entrega.
Caray…
Conforme escribo, voy recordando detalles que han permanecido inamovibles, íntegros, en mi subconsciente.
Para no desperdiciar espacio, y entrar en materia, les cuento:
Me citó al día siguiente en su habitación.
Dijo que tendría todo preparado para darme un ‘pequeño’ masaje, pues escucharla le había producido mucha confianza y quería mostrarme los caminos del éxtasis supremo.
Era sábado al medio día, y los bañistas en la alberca del hotel disfrutaban agua y sol mientras yo recorría el pasillo hasta el fondo.
Su habitación era una suite con vista al mar y era uno de esos días radiantes.
Sin embargo, el exterior contrastaba con la penumbra de la habitación ambientada con docenas de veladoras pequeñas, de colores, y aromáticos inciensos.
Ella vestía una bata de seda con vivos floreados. Olía a flores de jazmín.
Luego platicaré de Jazmín. Una novia de Ricardo. No me distraigan.
Me pidió que me despojara de mis prendas y las dobló dulcemente, para depositarlas en un cajón del chifonier.
Me proporcionó una bata de baño, hizo una caravana y fue a poner sonido ambiente a la ocasión.
Música de relajamiento.
Ya sabe usted, sonidos de la naturaleza, la lluvia, agua en cascada, el oleaje del mar, algunas aves canoras al fondo.
Flauta, un suave tamborileo, y ella con una leve sonrisa, como la de la Gioconda, me tomó de las manos.
Como buen mexicano, pensé que iba a entrar directo a la acción, pero ella manejaba los tiempos y la logística a la perfección.
Nos sentamos en unos cojinetes sobre la alfombra.
Disfruta el momento, me dijo.
Y me dio una tacita de té. Todo un protocolo el asunto del té.
Ya sabes. La porcelana, la tetera, las tacitas sin oreja.
Cierra los ojos, me dijo. Y respira profundo.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero yo me sentía muy relajado.
Tanto, que se me apagó la lujuria que traía.
- Ven, te limpiaré todas las impurezas externas, me dijo.
Y me sumergió en la tina de baño.
Con una jícara de porcelana, me puso agua en la cabeza y con algo como shampoo me masajeó el cráneo.
Las uñas y yemas de sus frágiles dedos, eran tranquilizadoras, casi soporíferas.
Con una suave esponja, y jabón de olor, me talló la espalda, los brazos, el pecho, las piernas, y me masajeó los pies.
Yo casi a punto de caer dormido.
- Ven, me dijo al oído.
Me secó el pelo y el cuerpo, me frotó una crema con aroma de rosas. Y me arropó con la bata de baño.
Tomó mi mano y me llevó de nuevo a los cojinetes.
Comimos una sopa de fideos, mariscos y algas. Más té.
Después del ceremonial de bienvenida, que a pesar de ser largo, fue exquisitamente relajante, recogió “la mesa” y me pidió que me quitara la ropa para acostarme boca abajo sobre la cama.
Ella subió descalza a mi espalda y deslizó su bata hasta mi cintura.
Uno pensaría que sería muy pesada pero no.
Era como si flotara. La planta de sus pies oprimía los músculos de la espalda y cuello como si conociera exactamente donde había tensión muscular.
Dedos, planta y talón. En un concierto táctil increíble.
Luego me hizo voltear y continuó sobre mi pecho y hombros.
Su desnudez y el tacto de su piel me devolvió la líbido.
Pero ella me dijo en un susurro…
- Relájate, esto apenas empieza.
Y comenzó a explicarne:
- El placer de relajamiento que proporciona el masaje tántrico. Comienza así.
El tantra es una rama del yoga que se ocupa del aspecto sexual, ideal para los que se encuentran en una búsqueda espiritual.
Se trata de provocar el encuentro sexual como algo más allá de lo carnal, como una herramienta para el crecimiento individual y de pareja.
Por eso comenzamos así. Me dijo.
- Quiero que te lleves esta experiencia vivida conmigo, y se vuelva inolvidable.
Dentro de las muchas técnicas del sexo tántrico se encuentran los masajes, es una experiencia en extremo placentera que lleva a un nuevo nivel de disfrute.
Con el Tantra, se trata de relajarnos y tocarnos de tal modo, que nos permita despertar el apetito sexual poco a poco, y disfrutar del placer propio y junto a la pareja sin la necesidad de llegar inmediatamente a la penetración.
Narrar toda la experiencia, me llevaría mucho espacio.
Pero si diré que traía un kit de menjunjes, para la piel; lubricantes aromáticos, perfumes.
Me untó un aceite de almendras desde el pecho, el vientre, íngles, pene, testículos y piernas.
Manos maravillosamente lentas. Y fuertes.
Luego me pidió que hiciera lo propio con su cuerpo.
Ella me iba indicando el lugar apropiado; qué tanto presionar, qué tanto acariciar… donde.
Hasta llegar a su vulva.
Cómo tratarla. Cómo usar mis dedos.
Depositar unas gotas de sus aceites sobre el monte de venus, y dejarlas escurrir hacia dentro de sus palpitaciones.
Luego siguieron los besos… las succiones.
Los abrazos de nuestras piernas.
La mejor expresión que tengo para esto es… ENTREPIERNUR.
El placer in crescendo, hasta llegar a la unión de nuestros sexos.
Maravilloso.
Su última explicación, fue: “el masaje tántrico es la práctica del sexo consciente, como camino para potenciar la sensibilidad humana y focalizar toda la energía en una satisfacción mutua”.
Fueron muchas horas de placer, casi hasta el alba.
Y luego un sueño reparador hasta el mediodía.
Antes de partir, me obsequió una camiseta blanca de algodón, manga larga con botones al cuello.
La acompañé al aeropuerto y nos dijimos adiós con un abrazo cálido.
¿Y qué pasó con Ha-Joon?
Nada, nuestra conversación quedó trunca.
Creo que la diferencia de edades forma una brecha profunda.
Y aunque suscribo que para los placeres de la piel no hay edad, lo cierto es que no es lo mismo Dartagnan, que 47 años después.
La lluvia cesó, y yo retorné a mi realidad.
Cuántos recuerdos.

Raúl Ruiz
Abogado. Analista Político. Amante de las letras.
CARTAPACIO, su sello distintivo, es un concepto de comunicación que nace en 1986 en televisión hasta expanderse a formatos como revista, programa de radio y redes sociales.
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