Madame Colliard

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Atención pasajeros con destino a Ciudad Juárez, vuelo 656, se les comunica que hay una demora de cuarenta y cinco minutos. Gracias por su consideración.

El aeropuerto de la Ciudad de México, es un hervidero de personas que pululan sin cesar.

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Para matar el tiempo, tomé una mesa en el restaurante más cercano a la puerta de acceso a mi vuelo y pedí una cerveza.

Frente a mí, una mujer rubia, de interesante porte, me sonreía.

A mis años, es poco frecuente que esto ocurra.

El tiempo va carcomiendo la juventud y con ello el poder de atracción física y sexual de una persona.

Le llamábamos sex-appeal, allá por los fines del siglo veinte.

Así que el flirteo en estas circunstancias, le daba, a la espera, un interesante toque de guión cinematográfico.

Levanté mi tarro y ella su taza de té.

Vestía un cómodo mallón negro, un pullover gris y una gabardina color melón. Calzaba zapatos de goma.

Se puso de pie, tomó su equipaje y pensé que ya saldría su vuelo, pero se dirigió hacia mí y preguntó:

  • Je peux m’asseoir avec toi? Me preguntó si podía sentarse conmigo.
  • Bien sûr, asseyez-vous. Le respondí que sí, desde luego.
  • Sabía que eras tú, Raúl. Dijo en español. Tu voz es inconfundible. Y tu francés aún es aceptable. ¿No me reconoces? ¿Tan vieja me he puesto?
  • ¿Alin? Dije automáticamente.
  • Aline. Corrigió.

La mente voló treinta años atrás.

En una fracción de segundo, mi subconsciente, hizo un resumen de imágenes, escenas, aromas, sonidos. Acapulco 1994.

Aline en bikini a bordo de aquel yate que mi amigo Ricardo rentó para una travesía por la bahía, con la pesca del pez vela incluido en el paquete.

  • Yo te recuerdo siempre, Raúl. Tu voz, tu mirada, tus manos.
  • Intensos y bellos momentos aquellos, ¿verdad?
  • Disfrutabas mucho mis masajes, me decías. ¿Qué otros recuerdos tienes de mí?
  • Nuestras conversaciones. Contesté. Tu habilidad de pintar al pastel con los dedos.
  • ¿Aún conservas el cuadro del sombrero inglés que te pinté?
  • ¡Por supuesto! (Le mentí, se quedó por ahí quién sabe donde)… reposa en una de las paredes de mi estudio.
  • Tengo muy presente aquella vez que me llevaste de pesca. Íbamos tú, yo, Ricardo, tu gran amigo, y su novia, ¿como se llamaba?
  • Rosario, creo. La Güera, le decíamos, mujer apasionada. Lo adoraba.
  • Recuerdo que alguien de la tripulación se llevó a Ricardo a tirar de una enorme caña donde estaba atrapado aquel enorme pez.
  • Sí. Fue una lucha con el pez aguja de casi una hora y yo grababa la experiencia en una handycam.
  • Deliciosos momentos. Siempre amé Acapulco. Aún ahora. Procuro al menos cada dos o tres años estar ahí, con mis recuerdos.
  • Pensé que te quedarías a vivir ahí.
  • Me casé. Aún estoy casada, con un enologo. Vivimos en París, aunque él casi siempre está en los viñedos. Se llama Jean Colliard.
  • Pues felicidades, Madame Colliard.
  • ¿Y tú? Qué ha sido de ti. Vivías en un pequeño apartamento cerca del metro, Cuauhtémoc, aquí en la Ciudad de México, repleto de libros y papeles por todos lados. Ahí pasé muy gratos momentos contigo. Largas conversaciones sobre metafísica. Jajaja.
  • Lo recuerdo. Ahí pintaste el sombrero inglés.
  • ¿Y Ricardo?
  • Vive en San Luis. Se volvió anacoreta. Come solo hierbas, extractos de frutas y otras brujerías. Vive para la contemplación, el análisis de la geopolítica. Cosas así.
  • ¿Y tú?
  • Vivo ahora en Ciudad Juárez, sigo en lo mío. Periodismo, asesoría política, gestión de imagen pública, y claro, escribir.
  • Te ves muy bien, los años te han caído bien.
  • Para ser doble sobreviviente del covid y haber sufrido una trombosis estoy muy bien, gracias. Fui rescatado de la muerte por un ángel que me cuida hasta la fecha.
  • Hacía falta verte. Me voy con una agradable sensación de plenitud. No sé cuándo pueda regresar a Acapulco, pero lo intentaré.

Se despidió con el clásico triple beso en las mejillas al estilo parisino y se encaminó al abordaje de su avión.

Au revoir, Madame Colliard. Dije casi entre dientes.

Como si me escuchara, volteó y me lanzó un beso con la mano.

ADN Raul Ruiz
Raúl Ruiz

Abogado. Analista Político. Amante de las letras.

CARTAPACIO, su sello distintivo, es un concepto de comunicación que nace en 1986 en televisión hasta expanderse a formatos como revista, programa de radio y redes sociales.


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