Dejamos los abrazos y nos vamos a los “guamazos”

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Hay ciudades que se acostumbran al ruido. Ciudad Juárez parece haberse acostumbrado también a vivir a la defensiva.

Aquí no siempre hace falta una amenaza real para que aparezca la confrontación; basta una mirada que interpretamos como desafiante, un claxon, una fila que no avanza, un automóvil mal estacionado, la basura del vecino, el perro que ladra, el ruido de una fiesta o simplemente la sensación de que alguien está invadiendo nuestro espacio.

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Y entonces ocurre algo preocupante; dejamos de dialogar y comenzamos a reaccionar.

El problema no es que los juarenses seamos violentos por naturaleza. Sería una explicación cómoda, superficial y hasta injusta.

El problema es que hemos construido, durante décadas, una vida urbana marcada por el estrés, la incertidumbre, la desigualdad, la violencia, los largos desplazamientos, los servicios deficientes, la presión económica y una sensación permanente de estar en alerta.

En ese ambiente, la paciencia se desgasta, la tolerancia se vuelve escasa y cualquier pequeño conflicto puede convertirse en una batalla personal.

Los datos oficiales del INEGI muestran que esto no es solamente una percepción periodística. Durante el primer trimestre de 2026, 27.3 por ciento de los adultos de Ciudad Juárez reportó haber tenido algún conflicto o enfrentamiento directo con familiares, vecinos, compañeros de trabajo o escuela, establecimientos o autoridades.

Aunque la cifra disminuyó frente al 30.4 por ciento del trimestre anterior, representa que prácticamente tres de cada diez adultos tuvieron una experiencia de confrontación.

A nivel nacional, el indicador fue de 38.2 por ciento.

Y hay algo todavía más revelador; el conflicto cotidiano no necesariamente comienza con un delito.

INEGI encontró que, entre quienes tuvieron enfrentamientos por incivilidades, aparecen como detonantes situaciones tan ordinarias como la basura y el ruido. En el primer trimestre de 2026, 15.3 por ciento de las mujeres señaló conflictos por basura tirada o quemada por vecinos y 14.8 por ciento por ruido; entre los hombres, el ruido alcanzó 14.6 por ciento y la basura 13.7 por ciento.

Es decir, nuestra convivencia puede romperse no por grandes tragedias, sino por pequeñas fricciones acumuladas.

El dato más inquietante es que 72.2 por ciento de quienes reconocieron haber tenido conflictos señaló que estos ocurrieron con vecinos, mientras 35 por ciento los tuvo con desconocidos en la calle.
La primera frontera de la violencia social no siempre está en una esquina peligrosa; puede estar en la casa de al lado.

Y aquí aparece una paradoja juarense que deberíamos discutir seriamente.

Mientras los indicadores oficiales muestran una reducción importante de los homicidios, la percepción de inseguridad continúa siendo extraordinariamente elevada.

En marzo de 2026, 69.1 por ciento de los adultos de Ciudad Juárez consideró inseguro vivir en la ciudad, frente a 58 por ciento en marzo de 2025.

Es decir, en un año la percepción aumentó 11.1 puntos porcentuales.

Al mismo tiempo, Chihuahua cerró 2025 con 1,168 homicidios menos que en el periodo de referencia señalado por las autoridades estatales y Ciudad Juárez terminó ese año con 927 homicidios dolosos, 177 menos que en 2024.

Esto obliga a hacer una distinción fundamental; reducir el delito no significa automáticamente sanar la convivencia social.

Una ciudad puede mejorar sus indicadores criminales y, simultáneamente, conservar una población emocionalmente agotada, desconfiada y predispuesta a interpretar al otro como una amenaza.

Ese es el verdadero desafío que pocas veces aparece en las estadísticas de seguridad.

Porque vivir permanentemente en alerta tiene un costo.

La persona que durante años escucha noticias de violencia, presencia accidentes, observa patrullas, recibe mensajes de emergencia, teme por sus hijos, enfrenta problemas económicos, soporta horas de tráfico y además siente que las instituciones no resuelven los problemas cotidianos, termina desarrollando una relación distinta con su entorno.

El otro deja de ser vecino y comienza a ser obstáculo.
El conductor deja de ser ciudadano y se convierte en enemigo.
El funcionario deja de ser servidor público y se convierte en adversario.
El desconocido deja de ser simplemente desconocido; puede convertirse, en nuestra imaginación, en una amenaza.
Eso es lo que hace peligrosa a la normalización de la agresividad.
Porque la violencia no comienza necesariamente con un golpe.

Muchas veces comienza con la incapacidad de tolerar que el otro piense distinto, avance más lento, ocupe un espacio, cometa un error o simplemente exista de una manera que nos incomoda.

Nos estamos acostumbrando a contestar antes de escuchar.
A insultar antes de preguntar.
A juzgar antes de conocer.
A grabar antes de ayudar.
A exhibir antes de comprender.
Y las redes sociales han convertido esa conducta en combustible.

Durante el primer trimestre de 2026, INEGI encontró que 61.7 por ciento de quienes se informaron sobre seguridad, narcotráfico o delincuencia lo hicieron mediante Facebook.

En una sociedad sometida a una exposición constante de noticias violentas, videos de confrontaciones y discursos de miedo, la percepción de peligro puede convertirse en un estado emocional permanente.

El resultado es una sociedad hipervigilante.
Una sociedad que sospecha.
Una sociedad que reacciona.
Una sociedad que poco a poco pierde la capacidad de convivir.

Y aquí está quizá la parte más dolorosa; podemos terminar deshumanizando a quienes tenemos enfrente.
Ya no vemos al conductor que se equivocó como un padre que quizá lleva prisa por recoger a sus hijos.
No vemos al vecino ruidoso como una persona con problemas que quizá también está lidiando con su propia historia.

No vemos al empleado detrás de una ventanilla como alguien que también tiene cansancio, preocupaciones y límites. No vemos al desconocido como una persona; lo convertimos en una categoría.
“Ese es un idiota”.
“Esa gente no entiende”.
“Todos son iguales”.
“Que se friegue”.
“Yo no me voy a dejar”.

Frases aparentemente insignificantes que, repetidas miles de veces, construyen una cultura de desprecio.

Y una ciudad donde todos sienten que tienen que defenderse termina convirtiendo la convivencia en una competencia de resistencia; gana quien grita más fuerte, quien amenaza más, quien tiene más poder o quien está dispuesto a cruzar primero la línea.

Por eso el desafío de Juárez no puede limitarse a policías, patrullas, cámaras y armas. Necesitamos seguridad, sí. Pero también necesitamos salud social.

Necesitamos recuperar espacios públicos, fortalecer la comunidad, atender la salud mental, generar mecanismos de mediación vecinal, reconstruir la confianza y enseñar desde las escuelas algo que parece elemental pero que estamos olvidando; resolver un conflicto no significa destruir al adversario.

La seguridad de una ciudad también se mide por la capacidad de sus habitantes para discutir sin golpearse.
Por la capacidad de esperar sin insultar.
Por la capacidad de conducir sin convertir cada semáforo en una guerra.
Por la capacidad de reclamar sin humillar.
Por la capacidad de escuchar al vecino.
Por la capacidad de reconocer que el otro también está cansado.
Porque detrás de cada “guamazo” hay, muchas veces, una cadena invisible de frustraciones acumuladas.
El tráfico.
El calor.
La pobreza.
El miedo.
El desempleo.
La incertidumbre.
La falta de servicios.
La violencia familiar.
La soledad.
La saturación informativa.
La desconfianza.
La sensación de que nadie escucha.
Nada de esto justifica la agresión. Pero sí ayuda a comprenderla.
Y comprender no significa justificar.

Significa identificar el problema para poder intervenir antes de que el conflicto termine en una ambulancia, una denuncia, una familia rota o una vida perdida.

Ciudad Juárez necesita dejar de pensar que la violencia solamente ocurre cuando alguien dispara.
También ocurre cuando dejamos de reconocer la humanidad del que tenemos enfrente.

La verdadera batalla de esta ciudad quizá no sea solamente contra los homicidios, el crimen organizado o la delincuencia común. También es contra esa corrosión silenciosa que nos está haciendo perder la paciencia, la empatía y la capacidad de confiar.

Porque una ciudad no se deshumaniza de golpe.
Se deshumaniza poco a poco.
Una mirada.
Un insulto.
Un claxon.
Una amenaza.
Un empujón.
Un golpe.
Y después, quizá demasiado tarde, preguntamos cómo llegamos hasta ahí.
Tal vez llegó el momento de reconocer que no basta con pedir seguridad para Juárez.
También necesitamos reconciliación social.
Necesitamos volver a mirarnos como personas.

Porque si cada vecino es un enemigo, cada conductor un adversario y cada desconocido una amenaza, podremos tener más policías, más cámaras y más patrullas, pero seguiremos viviendo en una ciudad emocionalmente sitiada.

Y una sociedad sitiada termina disparando, tarde o temprano, contra sí misma.

ADN Guadalupe Parada
Guadalupe Parada Gasson

Economista, experta en comercio exterior, periodista y docente con amplia trayectoria en sectores público y privado. Ha dirigido medios impresos y digitales, liderado proyectos de comunicación y formación, y se ha desempeñado en ventas, publicidad y relaciones públicas. Destaca por su perfil multidisciplinario, visión estratégica y compromiso con la gestión social y educativa. Recientemente presidenta de Rotary Club Juárez Real (2023–2024).


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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