Cuando alguien pregunta ¿cuáles son los problemas de Ciudad Juárez? unos mencionan la inseguridad y otros, el desempleo. Pero parece que hay otra problemática que es invisible para los ojos de la mayoría: la ciudad tiene un grave problema de accesibilidad para las personas que usan diariamente la silla de ruedas.
Para la mayoría de las personas en la ciudad, salir a comer, acudir a una consulta médica o entrar a un restaurante no requiere de mucha planeación. Lo único que tienen que hacer es dirigirse al lugar y listo. Sin embargo, para una persona usuaria de silla de ruedas, cualquier actividad cotidiana puede comenzar con varias preguntas ¿habrá una rampa? ¿habrá elevador? ¿habrá una rampa cerca del lugar donde me estaciono? ¿podré usar el baño?
La falta de accesibilidad que existe parece ser invisible hasta que te toca acompañar a alguien que utiliza una silla de ruedas. Es ahí cuando te empiezas a dar cuenta que tan lejos ponen las rampas en los estacionamientos, te das cuenta de como no hacen baños adaptados para gente con silla de ruedas y notas la dificultad que enfrentan los usuarios de las sillas de ruedas al desplazarse con las banquetas y calles mal pavimentadas.
Usualmente, la accesibilidad se entiende como una consideración secundaria o un acto de buena voluntad. Como si brindar accesibilidad a la gente fuera un acto extraordinario, cuando debería ser lo mínimo que se debe brindar. Es como aplaudirle a un pez por nadar. En algunos establecimientos se instala una rampa; en otros, se espera que familiares, empleados o desconocidos levanten la silla para pasar un escalón.
Una rampa por si sola tampoco se convierte automáticamente un lugar en accesible. He visto rampas con una inclinación peligrosa o que conducen a puertas demasiado estrechas. También existen lugares con una entrada accesible, pero sin espacio suficiente para desplazarse o sin baños adaptados para ellos.
Ayudarlos a superar estas barreras es bueno, pero no resuelve el problema de fondo. Una ciudad incluyente no es aquella en la que siempre aparece alguien dispuesto a cargar una silla de ruedas, sino aquella en la que nadie necesita ser cargado para entrar a un restaurante, utilizar un servicio o avanzar en una banqueta.
Además, la falta de accesibilidad no es únicamente una incomodidad. Si una persona no puede entrar a una clínica, se limita su acceso a la salud. Si no puede usar el transporte, o desplazarse por la ciudad, se disminuyen sus oportunidades de trabajar, estudiar y tener una vida normal.
Lo que impide el acceso a las personas con silla de ruedas no es la silla; es el escalón alto colocado en la entrada del establecimiento o todo lo que hace casi imposible que ellos puedan desplazarse sin ayuda. Muchas veces, no es la silla de ruedas la que elimina la autonomía, sino un entorno que nunca fue diseñado pensando en ellos.
Como sociedad nos falta mucho para entender que la verdadera inclusividad está en construir instalaciones y una ciudad accesible para todos, uses una silla de ruedas o no. La accesibilidad no es un favor que nos debe la gente ni debería ser un privilegio. Es un derecho y también una responsabilidad compartida entre las autoridades, empresas y ciudadanos. Una ciudad verdaderamente incluyente no obliga a las personas con silla de ruedas a adaptarse a sus barreras; trabaja para eliminarlas.

Sofía Espinoza
Abogada con formación jurídica en México y Estados Unidos, especializada en derecho financiero y corporativo, litigio estratégico y derechos humanos. Ha colaborado con despachos, clínicas jurídicas y organismos internacionales, incluida la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Es Licenciada en Derecho por la Universidad Iberoamericana y cuenta con un LLM en Derecho Estadounidense por Santa Clara University. Además, participa como columnista y analista en temas jurídicos, políticos y de actualidad nacional e internacional.
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