Hay libros que llegan para entretener y otros que llegan para mover a la conciencia colectiva. Cartas a Oli, de la juarense Ana Chaparro, pertenece a estos últimos. A través de las cartas dirigidas a Oli, su perrita rescatada, la autora nos recuerda una verdad que con demasiada frecuencia olvidamos: la forma en que una sociedad trata a sus animales dice mucho de la calidad de su humanidad. Oli no representa únicamente una historia de adopción; representa a miles de perros y gatos que hoy siguen esperando que alguien los vea, los cuide o, simplemente, deje de ignorarlos.
La realidad de nuestra ciudad nos obliga a mirar un problema que durante años hemos tratado como secundario. Las calles están llenas de animales abandonados que alguna vez tuvieron dueño. No nacieron ahí. Llegaron como consecuencia de la irresponsabilidad humana, de la falta de cultura sobre la esterilización y de políticas públicas que, en muchos casos, aparecen solo durante campañas electorales para desaparecer cuando pasan las elecciones.
El abandono animal dejó de ser únicamente un tema de sensibilidad; hoy también es un asunto de salud pública, de seguridad y de medio ambiente. Las jaurías representan riesgos para peatones y automovilistas; la sobrepoblación genera contaminación por desechos, afecta parques y espacios públicos y propicia la propagación de enfermedades. Ignorar el problema termina siendo mucho más costoso que enfrentarlo.
Por ello, resulta indispensable dejar atrás las soluciones improvisadas y construir una política pública permanente. Las campañas gratuitas de esterilización no pueden depender de la buena voluntad de una administración; deben convertirse en programas continuos, con presupuesto suficiente y metas medibles. La educación para la tenencia responsable debe incorporarse desde las escuelas, mientras que las campañas de adopción necesitan dejar de ser eventos aislados para transformarse en una estrategia permanente que involucre gobiernos, empresas, universidades y organizaciones civiles.
También es momento de fortalecer los registros de mascotas, incentivar la identificación mediante microchips, como se hace ya en otras partes del mundo, sancionar con mayor firmeza el abandono de estos seres vivos y reconocer el extraordinario trabajo que realizan los rescatistas independientes y los refugios, quienes muchas veces hacen con recursos propios lo que debería formar parte de una política institucional.
Sin embargo, ninguna ley será suficiente si no cambiamos nuestra cultura. Debemos enseñar a las nuevas generaciones que un animal no es un regalo de temporada, ni un juguete para los niños, ni un accesorio para las redes sociales. Es un ser vivo capaz de sentir miedo, dolor, alegría y lealtad. Merece respeto durante toda su vida.
Las ciudades más desarrolladas del mundo entendieron hace tiempo que el bienestar animal no es un lujo, sino un indicador de civilización. Una comunidad que protege a quienes no pueden defenderse está construyendo ciudadanos más empáticos, más responsables y más comprometidos con su entorno.
Quizá por eso historias como la de Oli trascienden las páginas de un libro. Nos recuerdan que detrás de cada perro de la calle existe una decisión humana, pero también la posibilidad de una segunda oportunidad. La pregunta ya no es si podemos resolver este problema; la verdadera pregunta es cuándo decidiremos convertir la compasión en política pública.
Porque una ciudad verdaderamente moderna no se distingue únicamente por sus vialidades, sus edificios o sus inversiones. Se distingue por la manera en que cuida toda forma de vida que habita en ella. Y ese, sin duda, también debería ser un compromiso de quienes aspiran a gobernarla.
Por cierto, Oli fue adoptada por el amor, en la DABA – Dirección de atención y bienestar animal – que se encuentra ubicada en el Parque Público Federal El Chamizal, C.Tarzán S/N, ¿quién te pudiera asegurar que tu nuevo mejor amigo (a) te está esperando para conocerte ahí mismo?

César Calandrelly
Comunicólogo / Analista Político


