Educar para pensar, no para depender

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La propuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum de limitar el uso de teléfonos celulares y tabletas en las escuelas ha abierto un debate necesario. Algunos la interpretan como una restricción a la tecnología; sin embargo, considero que el verdadero propósito es proteger la salud física, emocional y mental de nuestras niñas, niños y adolescentes.

No se trata de estar en contra del avance tecnológico. Sería absurdo pretender regresar a una época sin internet, sin computadoras o sin inteligencia artificial. El reto consiste en educar para que la tecnología sea una herramienta extraordinaria al servicio del ser humano y no un instrumento que termine dominando su voluntad.

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Cada vez existen más estudios que relacionan el uso excesivo de pantallas con problemas de atención, ansiedad, alteraciones del sueño, aislamiento social y conductas adictivas. El cerebro infantil y adolescente aún se encuentra en pleno desarrollo, por lo que la exposición permanente a estímulos digitales puede afectar procesos esenciales para el aprendizaje y la convivencia.

La propia presidenta ha planteado este tema como un asunto de salud pública, y comparto esa preocupación. Así como hace décadas aprendimos los riesgos del tabaco para prevenir enfermedades, hoy debemos reconocer que el uso indiscriminado de dispositivos electrónicos también exige educación, límites y responsabilidad.

Pertenezco a una generación que aprendió a escribir con lápiz y cuaderno. Recuerdo aquellas largas planas de caligrafía que muchos considerábamos tediosas. Con el paso de los años comprendí que no solo nos enseñaban a escribir bonito; nos enseñaban disciplina, paciencia, coordinación y respeto por el lenguaje.

La escritura manuscrita fortalecía la memoria, mejoraba la ortografía y nos obligaba a pensar antes de plasmar una idea en el papel. Hoy muchos jóvenes escriben únicamente mediante teclados o pantallas táctiles. El resultado es evidente, pues cada vez se escribe menos a mano y, con frecuencia, también se escribe peor.

No propongo volver íntegramente al pasado. Sería tan equivocado rechazar la tecnología como depender totalmente de ella.

Lo que sí creo es que algunas prácticas educativas tradicionales merecen recuperarse. La caligrafía, los dictados, la lectura de libros impresos, la memorización razonada de conocimientos básicos, el cálculo mental y la redacción manuscrita siguen desarrollando capacidades intelectuales que ninguna aplicación puede sustituir.

Al mismo tiempo, debemos incorporar las nuevas tecnologías de manera inteligente. La inteligencia artificial, por ejemplo, representa una revolución comparable a la invención de la imprenta. Bien utilizada, puede convertirse en una extraordinaria aliada del aprendizaje, la investigación, la creatividad y la innovación.

Yo mismo utilizo la inteligencia artificial como una herramienta de consulta, análisis y apoyo para mi trabajo profesional y periodístico. Pero una herramienta nunca debe reemplazar el razonamiento humano. La inteligencia artificial puede ayudar a pensar mejor; nunca debe sustituir el esfuerzo de pensar.

La escuela del siglo XXI no necesita elegir entre el cuaderno y la computadora. Necesita enseñar cuándo utilizar cada uno.

Hay conocimientos que deben aprenderse con lápiz en la mano, porque fortalecen el cerebro y forman el carácter. Otros requieren la tecnología más avanzada para preparar a nuestros jóvenes para los desafíos del futuro.

El verdadero riesgo no está en los celulares ni en las tabletas. El riesgo aparece cuando dejamos que ellos eduquen a nuestros hijos en lugar de hacerlo la familia y la escuela.

Educar es mucho más que transmitir información. Es formar personas libres, críticas, responsables y capaces de convivir con los demás. Ninguna pantalla podrá sustituir jamás el ejemplo de un maestro comprometido, el cariño de unos padres presentes o el inmenso valor de un libro que despierta la imaginación.

La tecnología seguirá avanzando a una velocidad impresionante. Nuestro deber es procurar que el desarrollo humano avance al mismo ritmo. Solo así podremos formar generaciones capaces de utilizar la inteligencia artificial sin perder la inteligencia natural; de comunicarse con el mundo sin dejar de dialogar con quienes tienen a su lado; y de construir un futuro donde el progreso tecnológico siempre esté al servicio de la dignidad de la persona.

ADN Hector Molinar
Héctor Molinar Apodaca

Facilitador Privado #24
Abogado especialista en Gestión de Conflictos y Mediación.


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