Las ciudades tienen memoria.
No solamente la escriben sus monumentos o sus edificios.
También la escriben sus sonidos y, sobre todo, sus olores.
París huele a café. Oaxaca a chocolate y mole. Veracruz a mar.
Ciudad Juárez, en demasiados rincones, huele a excremento.
Suena duro.
Pero basta recorrer algunos sectores de la ciudad después del mediodía para comprobarlo.
El calor intensifica el olor de los drenajes colapsados, de los diques convertidos en depósitos de aguas negras, de la basura acumulada en lotes baldíos, de animales muertos que permanecen durante días y de residuos que el viento del desierto dispersa hasta convertirlos en parte del paisaje.
Ese olor existe.
Y lo más preocupante es que hemos aprendido a vivir con él.
No hablamos únicamente de un problema de infraestructura. Hablamos de una radiografía social.
El filósofo Henri Lefebvre sostenía que el espacio urbano es una producción social; las ciudades terminan pareciéndose a las relaciones de poder que las gobiernan.
Bajo esa lógica, un barrio que huele permanentemente a drenaje no revela únicamente una falla sanitaria; revela una decisión política sobre quién merece vivir con dignidad y quién puede esperar.
La socióloga Mary Douglas afirmaba que la suciedad nunca es solamente suciedad. Es el reflejo del orden social.
Lo que una sociedad deja pudrir dice tanto de ella como aquello que decide preservar.
En Ciudad Juárez no todas las colonias huelen igual.
Y esa diferencia también mide la desigualdad.
Mientras algunos sectores disfrutan parques limpios, banquetas arboladas y sistemas eficientes de recolección, otros conviven diariamente con canales abiertos, basura, polvo, calles sin pavimentar y drenajes rebosados.
La desigualdad también tiene olor.
La Organización Mundial de la Salud advierte que cerca del 40 por ciento de los habitantes urbanos del planeta carecen de servicios de saneamiento seguros y que el 91 por ciento de quienes viven en ciudades respiran aire contaminado.
La combinación entre residuos, drenaje deficiente, contaminación atmosférica y pobreza incrementa enfermedades infecciosas, respiratorias y problemas de salud mental.
Juárez comparte muchos de esos factores.
La ciudad convive con emisiones industriales, intenso tráfico de carga internacional, frecuentes tormentas de polvo, amplias superficies sin pavimentar y una expansión urbana que ha llevado servicios públicos insuficientes a miles de familias.
Las partículas capaces de penetrar hasta el torrente sanguíneo, representan uno de los contaminantes más peligrosos para la salud.
La propia OMS recomienda no superar una concentración anual promedio de 5 microgramos por metro cúbico debido a su relación con enfermedades cardiovasculares, respiratorias, accidentes cerebrovasculares y cáncer pulmonar.
Pero existe otro contaminante del que casi nunca hablamos.
El olor.
Los neurocientíficos saben que el olfato tiene una conexión directa con el sistema límbico, la región cerebral donde nacen las emociones y la memoria. Ningún otro sentido llega tan rápido a nuestros sentimientos.
Por eso una panadería puede hacernos sentir en casa.
Y por eso el olor constante a aguas negras produce estrés incluso cuando dejamos de percibirlo conscientemente.
La psicología ambiental describe un fenómeno conocido como adaptación hedónica; el cerebro deja de reaccionar ante estímulos permanentes para poder sobrevivir.
Nos acostumbramos.
Nos acostumbramos al ruido.
Nos acostumbramos a la violencia.
Y también terminamos acostumbrándonos al olor del abandono.
Eso quizá sea lo más peligroso.
Porque cuando una ciudad deja de percibir el hedor de su deterioro, también deja de indignarse por él.
Los especialistas en salud urbana han documentado que vivir en ambientes deteriorados incrementa ansiedad, irritabilidad, fatiga, depresión, aislamiento social y sensación de inseguridad.
La degradación ambiental afecta el bienestar tanto como la contaminación física, especialmente en comunidades con mayores niveles de pobreza.
No es casualidad que los sectores con mayores carencias también acumulen peores indicadores sociales.
Donde hay basura suele haber menos áreas verdes.
Donde hay drenajes abiertos suele haber menor inversión pública.
Donde falta pavimento suele faltar transporte, escuelas, centros de salud y oportunidades económicas.
El olor termina convirtiéndose en un indicador territorial de exclusión.
Paradójicamente, Ciudad Juárez cuenta desde hace años con infraestructura capaz de tratar la totalidad de sus aguas residuales.
Sin embargo, tratar el agua en plantas no significa que todos los ciudadanos vivan libres de fugas, drenajes colapsados o escurrimientos en sus colonias.
La diferencia entre la infraestructura mayor y las condiciones cotidianas revela que el reto ya no es únicamente técnico, sino de mantenimiento, inversión y gestión urbana.
Quizá por eso el verdadero problema no sea que Juárez huela mal.
El verdadero problema es lo que ese olor representa.
Huele a marginación.
Huele a desigualdad.
Huele a servicios públicos insuficientes.
Huele a planeación urbana rebasada.
Huele a una ciudad donde la dignidad depende, demasiadas veces, del código postal.
Porque el abandono también se respira.
Y una ciudad que obliga a sus habitantes a respirar diariamente el olor de la basura, del drenaje y del polvo no solamente deteriora su aire.
Deteriora su autoestima colectiva.
Las ciudades no cambian cuando se inauguran obras para la fotografía.
Cambian cuando el aire deja de recordarle a la gente que vive en el olvido.
Quizá el día en que Ciudad Juárez deje de oler a excremento en sus colonias más vulnerables no estaremos hablando únicamente de un logro sanitario.
Estaremos hablando, por fin, de justicia urbana.

Guadalupe Parada Gasson
Economista, experta en comercio exterior, periodista y docente con amplia trayectoria en sectores público y privado. Ha dirigido medios impresos y digitales, liderado proyectos de comunicación y formación, y se ha desempeñado en ventas, publicidad y relaciones públicas. Destaca por su perfil multidisciplinario, visión estratégica y compromiso con la gestión social y educativa. Recientemente presidenta de Rotary Club Juárez Real (2023–2024).
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.


