Juárez arde, se inunda y se apaga

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La ciudad donde la emergencia ya es permanente

Hay ciudades que enfrentan desastres naturales. Ciudad Juárez, en cambio, parece haber normalizado vivir en uno.

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Basta observar lo ocurrido durante las últimas semanas para comprender que la frontera atraviesa una crisis que va mucho más allá de la coincidencia entre lluvias, incendios y temperaturas extremas.

Lo que hoy vemos es la manifestación de décadas de improvisación, crecimiento urbano sin planeación y una incapacidad institucional para construir una ciudad resiliente.

Juárez vive atrapada en una paradoja devastadora.

Cuando no falta el agua, sobra. Cuando no arde el desierto, las lluvias convierten las calles en ríos.

Cuando el calor rompe récords, la energía eléctrica colapsa y el suministro de agua comienza a fallar precisamente cuando más se necesita.

No se trata de fenómenos aislados.

Se trata de un sistema urbano que está mostrando señales evidentes de agotamiento.

Mientras Protección Civil instala puntos de hidratación para atender a la población ante temperaturas cercanas a los 40 grados centígrados, el Heroico Cuerpo de Bomberos combate incendios durante jornadas continuas de más de 48 horas, como ocurrió recientemente en la zona de Los Kilómetros y del tiradero de llantas.

Apenas entre el megaincendio registrado a finales de junio y las siguientes 48 horas, los bomberos atendieron otras 68 emergencias adicionales, reflejo de una presión operativa extraordinaria sobre una corporación cuyos propios mandos reconocen que dispone de alrededor de 200 elementos para atender una ciudad superior a 1.6 millones de habitantes.

La pregunta resulta inevitable:
¿Puede una ciudad del tamaño de Juárez seguir enfrentando emergencias del siglo XXI con infraestructura de hace décadas?

Las lluvias recientes volvieron a exhibir el mismo patrón de siempre.

Colonias del suroriente como Riveras del Bravo, Parajes del Sur, Senderos de San Isidro, Tierra Nueva, Valle del Sol, así como sectores del poniente históricamente afectados, registran inundaciones recurrentes por la insuficiencia del drenaje pluvial, la falta de vasos de captación, la urbanización sobre cauces naturales y la acumulación de basura que termina obstruyendo alcantarillas.

Cada tormenta repite la misma historia.

Vehículos arrastrados.

Viviendas inundadas.

Familias perdiendo su patrimonio.

Niños sin poder salir.

Trabajadores imposibilitados para llegar a sus empleos.

Y, sin embargo, año con año las autoridades reaccionan como si fuera un evento extraordinario.

No lo es.

Es una tragedia anunciada.

Juárez posee un clima desértico extremo, donde durante el verano es común superar los 40 grados centígrados y, al mismo tiempo, registrar lluvias torrenciales propias del Monzón de Norteamérica que descargan en pocas horas el equivalente a semanas de precipitación.

Esa combinación convierte a la ciudad en una de las más vulnerables del país frente a inundaciones repentinas.

Pero el problema no termina ahí.

Las altas temperaturas también disparan los incendios de hierbas, llantas, tiraderos clandestinos y zonas industriales.

Cada incendio libera toneladas de partículas contaminantes, carbono, compuestos tóxicos y humo que deterioran la calidad del aire en una ciudad que ya enfrenta importantes problemas ambientales.

Los efectos recaen principalmente sobre adultos mayores, personas con enfermedades respiratorias, niños y trabajadores expuestos al exterior.

Mientras tanto, el cambio climático intensifica la frecuencia y severidad de estos eventos extremos, convirtiendo incendios y olas de calor en problemas estructurales más que estacionales.

Como si ello fuera insuficiente, aparecen los apagones.

Colonias enteras permanecen durante horas sin suministro eléctrico.

Los equipos de aire acondicionado dejan de funcionar justamente cuando las temperaturas alcanzan niveles peligrosos.

Se interrumpen actividades comerciales.

Se afectan hospitales, pequeñas empresas, comercios y hogares.

El calor se vuelve insoportable para miles de familias.

A ello se suma la disminución en la presión del agua potable o la interrupción del servicio en distintos sectores de la ciudad, evidenciando otra infraestructura que hace tiempo dejó de crecer al mismo ritmo que la población.

La consecuencia es una cadena de vulnerabilidades.

Sin electricidad no funcionan bombas hidráulicas.

Sin agua aumenta el riesgo sanitario.

Sin drenaje llegan las inundaciones.

Sin prevención aparecen los incendios.

Sin planeación se multiplica el costo económico y humano.

Lo verdaderamente preocupante es que seguimos invirtiendo enormes cantidades de recursos públicos en obras políticamente rentables mientras las inversiones silenciosas, drenaje pluvial, redes hidráulicas, subestaciones eléctricas, estaciones de bomberos, equipamiento de Protección Civil, mantenimiento de diques, limpieza de arroyos y modernización urbana, permanecen rezagadas.

La resiliencia urbana nunca da votos.

Pero salva vidas.

Juárez necesita dejar de administrar emergencias para comenzar a prevenirlas.

Requiere un programa integral de infraestructura hidráulica.

Una actualización del atlas de riesgos verdaderamente vinculante.

Mayor capacidad operativa para Bomberos y Protección Civil.

Reforestación urbana que reduzca las islas de calor.

Sistemas modernos de captación pluvial.

Recuperación de cauces naturales.

Planeación territorial que deje de autorizar desarrollos donde históricamente el agua siempre reclama su espacio.

También necesita gobiernos capaces de coordinarse.

Porque el ciudadano no distingue competencias entre Municipio, Estado o Federación cuando el agua entra a su casa, cuando el humo invade su colonia o cuando la electricidad desaparece durante una ola de calor.

Lo único que percibe es abandono.

Y esa sensación se fortalece cada verano.

La verdadera tragedia de Juárez no son únicamente los incendios.

Ni las inundaciones.

Ni el calor extremo.

La tragedia consiste en que cada desastre confirma exactamente lo mismo; seguimos siendo una ciudad que reacciona cuando ya ocurrió la emergencia, pero que se resiste a construir el futuro antes de que llegue la siguiente.

Y ese futuro, lamentablemente, ya comenzó.

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