En Ciudad Juárez y en buena parte de México nos escandalizamos. Nos incomodan las letras explícitas, los ritmos que incitan al cuerpo más que a la razón, las narrativas que glorifican la violencia, el dinero fácil y la sexualización sin filtros.
Nos alarma ver a niños replicando bailes sugestivos o cantando versos que ni siquiera comprenden.
Pero la pregunta incómoda no es qué está pasando con la música.
La pregunta es; ¿qué está pasando con nosotros como sociedad para que esa música tenga tanto éxito?
Porque los datos son claros; la música no surge en el vacío. Es reflejo, amplificador y vehículo de una realidad social.
Investigaciones académicas en México han documentado que ciertos géneros musicales no solo entretienen, sino que reproducen discursos culturales existentes, incluyendo la normalización de la violencia y el narcotráfico.
Incluso estudios en ciencias sociales señalan que la música puede influir en conductas de riesgo o violentas al construir y reforzar imaginarios colectivos en determinados grupos.
Es decir; la música no inventa la violencia… la traduce.
Y eso cambia completamente el enfoque.
La falsa comodidad de culpar al sonido
Culpar a la música es cómodo.
Es más fácil prohibir canciones que transformar contextos.
Pero la evidencia desmonta esa simplificación. Estudios de la UNAM han encontrado que, aunque la música puede influir en estados emocionales o conductas, no es un detonante directo de conductas extremas por sí sola.
Entonces, no; no es el corrido, ni el reggaetón, ni el “bélico” lo que crea la violencia.
Es la violencia la que crea esa música.
Juárez: donde la realidad supera cualquier letra
Hablar de esto en Ciudad Juárez no es abstracto. Aquí la violencia no es un concepto; es experiencia cotidiana.
Durante años, la ciudad ha sido marcada por:
• Homicidios ligados al crimen organizado
• Feminicidios sistemáticos
• Tráfico de drogas
• Normalización de la agresión en el entorno social
En ese contexto, ¿de verdad sorprende que triunfe una música que habla exactamente de eso?
Lo que muchos llaman “música ofensiva” es, en realidad, una narrativa aspiracional en contextos de exclusión.
Donde el Estado falla, el crimen ofrece identidad, poder y reconocimiento.
Y la música lo convierte en historia… en ritmo… en deseo.
El verdadero mensaje: pertenecer, existir, escapar
El éxito de estos géneros no radica únicamente en su ritmo pegajoso.
Radica en que responden a tres necesidades humanas profundas:
- Pertenencia
Jóvenes que no encuentran identidad en instituciones, la encuentran en una estética musical. -
Reconocimiento
En entornos donde el esfuerzo no garantiza movilidad social, el éxito inmediato (aunque sea ilegal) se vuelve narrativamente atractivo. -
Escape
La música ofrece una fantasía de poder frente a una realidad de vulnerabilidad.
Esto no es teoría; es sociología básica aplicada a contextos de desigualdad.
El peligro no está en escuchar… sino en normalizar
El verdadero riesgo no es que un joven escuche música violenta.
El riesgo es que la sociedad ya haya normalizado las condiciones que esa música describe.
Cuando la violencia deja de escandalizar en la calle, deja de escandalizar en la canción.
Y ahí es donde se rompe algo más profundo; la sensibilidad colectiva.
La hipocresía social: moral selectiva
Resulta contradictorio indignarse por una canción sexualizada…
pero tolerar
• La explotación infantil
• La violencia intrafamiliar
• La desigualdad estructural
• La impunidad
Nos preocupa la “moral” de las letras, pero no la moral de la realidad. Si queremos otra música, necesitamos otra sociedad.
No se trata de censurar. Se trata de entender.
Porque mientras; haya violencia estructural; falta de oportunidades; ausencia de Estado y descomposición social, seguirá existiendo música que lo cante, lo celebre o lo denuncie.
La música no es el enemigo; es el espejo. Y quizá lo que más incomoda… es que nos estamos viendo reflejados.

Guadalupe Parada Gasson
Economista, experta en comercio exterior, periodista y docente con amplia trayectoria en sectores público y privado. Ha dirigido medios impresos y digitales, liderado proyectos de comunicación y formación, y se ha desempeñado en ventas, publicidad y relaciones públicas. Destaca por su perfil multidisciplinario, visión estratégica y compromiso con la gestión social y educativa. Recientemente presidenta de Rotary Club Juárez Real (2023–2024).
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