Hay temas que no admiten ambigüedades. La soberanía es uno de ellos. No es una palabra para discursos ni un recurso retórico que se activa según la coyuntura; es el principio que sostiene la integridad del Estado y la dignidad de sus instituciones. Cuando se pone en duda, no se discute un asunto técnico, se tensiona el pacto fundamental que da sentido a la vida pública.
En los últimos días, Chihuahua ha estado en el centro de un debate que trasciende lo local. La posibilidad de que fuerzas extranjeras operen —o hayan operado— en territorio nacional no es un hecho menor, ni un asunto que pueda despacharse con comunicados o silencios estratégicos. La Constitución es clara: la defensa de la soberanía implica control, claridad y responsabilidad. Cualquier intervención externa, sin la debida transparencia institucional, abre una grieta que no sólo afecta a un estado, sino a todo el país.
La historia de México está marcada por episodios donde la soberanía fue vulnerada. Por eso, cada generación tiene la responsabilidad de sostenerla con firmeza. No se trata de rechazar la cooperación internacional —que puede ser legítima y necesaria— sino de garantizar que ésta ocurra bajo reglas claras, con autorización, supervisión y rendición de cuentas. La diferencia entre cooperación y subordinación no es semántica, es política.
En este contexto, la rendición de cuentas adquiere un valor central. No basta con afirmar que se actúa en nombre del pueblo; es indispensable explicar, transparentar y someter las decisiones al escrutinio democrático. Las instituciones no son un obstáculo, son el cauce para que la voluntad popular se exprese con orden y legitimidad. Evadirlas o minimizar su papel debilita la confianza pública y erosiona el Estado de derecho.
Chihuahua merece certezas. México merece claridad. Porque cuando la soberanía se vuelve difusa, lo que se pierde no es sólo control territorial, sino confianza colectiva. Y sin confianza, ningún proyecto público se sostiene.
La pregunta no es menor ni retórica: ¿hasta dónde estamos dispuestos a permitir que la opacidad sustituya a la responsabilidad? Defender la soberanía no es un acto simbólico, es una obligación permanente. Y en momentos como este, es también una prueba de carácter para las instituciones y para quienes las integran.
Porque hay cosas que se pueden negociar. La soberanía no es una de ellas.

Brenda Ríos
Orgullosa Chihuahuense. Amo y respeto la naturaleza. Soy mamá de Alex Benjamin, Austria Camila y esposa de Alex LeBaron. Mi pasión siempre ha sido el servicio público/civil, me inspira luchar por grandes causas que cambien el mundo. Empresaria agrícola y consultora ambiental.
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