En los últimos años hemos sido testigos de un fenómeno preocupante: la proliferación de “seudopolíticos”. Figuras improvisadas que, aprovechando el desgaste de los partidos tradicionales y el descrédito de muchos políticos de carrera, han decidido ocupar espacios públicos sin la preparación, la ética ni la responsabilidad que implica ejercer poder.
Sí, es cierto: muchos políticos profesionales fallaron. Casos documentados de corrupción, simulación y desconexión social, como los señalados por organismos como Transparencia Internacional o el INEGI en materia de percepción de corrupción, han generado un vacío de confianza. Pero ese vacío no puede ni debe llenarse con improvisación.
Ser político no es tener seguidores, ni dar discursos encendidos, ni encabezar causas de moda. Ser político implica formación, criterio, conocimiento del Estado, de las leyes, de la administración pública y, sobre todo, una profunda vocación de servicio.
Hoy vemos cómo surgen asociaciones civiles que, en teoría, buscan el bien común, pero en la práctica funcionan como fachadas de proyectos partidistas. Lo mismo ocurre con algunas cámaras empresariales o agrupaciones gremiales que, lejos de representar intereses legítimos, operan como plataformas de posicionamiento político. No todas, por supuesto, pero sí las suficientes como para encender alertas.
Ejemplos sobran: organizaciones que aparecen en tiempos electorales, liderazgos que cambian de discurso según la conveniencia, o figuras que saltan de la iniciativa privada a la política sin entender la diferencia entre gestionar una empresa y gobernar una sociedad. El resultado es evidente: decisiones pobres, agendas superficiales y una política cada vez más reducida al espectáculo.
Y aquí es importante ser claros: no tiene absolutamente nada de malo aspirar a ser político. Al contrario, la política necesita nuevas voces, nuevas generaciones y nuevas ideas.
Pero aspirar no es sinónimo de improvisar.
Quien quiera incursionar en la política debe empezar por formarse. Existen escuelas de cuadros, programas de liderazgo, estudios en administración pública, derecho, economía y ciencias políticas que no son un lujo, sino una necesidad. La lectura obligada de autores clásicos y contemporáneos, el entendimiento de la historia política del país y el conocimiento de las instituciones son el punto de partida.
Pero más allá de la formación académica, hay algo aún más importante: la congruencia. No se puede hablar de justicia mientras se actúa con oportunismo. No se puede defender la democracia desde prácticas clientelares. No se puede exigir transparencia cuando se construyen proyectos desde la opacidad.
“Zapatero a sus zapatos”, dice el dicho popular. Y tiene razón. Cada espacio requiere preparación. Pero si alguien decide arrebatar esos espacios porque así ocurre en la política, que lo haga con conciencia, con responsabilidad y con conocimiento. No por moda, no por ambición inmediata, y mucho menos por lucrar con la falta de liderazgo que hoy tanto daño le hace a nuestra sociedad.
Hoy también es momento de asumir nuestra responsabilidad como ciudadanía. No basta con criticar en privado ni indignarse en redes sociales.
Debemos señalar, cuestionar y evidenciar a quienes pretenden ejercer poder sin preparación ni congruencia. Exponer no es atacar: es exigir.
Si quienes hoy ocupan o buscan ocupar espacios públicos no están dispuestos a formarse, a estudiar y a actuar con integridad, entonces tendrán a una ciudadanía informada y vigilante que los mantendrá siempre en la mira. Porque la política no puede seguir siendo refugio de improvisados.
O se preparan… o los ciudadanos los vamos a exhibir.
La exigencia ya no es opcional: es necesaria.

Mayra Machuca
Abogada, Activista, Columnista, Podcaster.
Especializada en análisis y asesoría jurídica, cuenta con experiencia administrativa y jurídica con habilidades destacadas en la resolución de problemas y coordinación de tareas. Experta toma de decisiones estratégicas. Activa en Toastmasters y Renace y Vive Mujer.


