La casa como escena del crimen

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En Ciudad Juárez nos hemos acostumbrado a mirar la violencia de nuestra puerta hacia afuera. A ubicarla en la calle, en el narco, en la nota roja que ocurre lejos de nuestra rutina. “Allá está el peligro”, nos decimos, como si la violencia siempre tuviera otra dirección, como si siempre viniera de fuera.

Pero hay casos que rompen esa brújula.

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El asesinato del niño Eitan Daniel, de solo 18 meses de edad, no solo es una tragedia. Es un golpe seco contra una de nuestras certezas más cómodas: que el hogar es un refugio.

Aquí no hay extraños. No hay una figura lejana del crimen. No hay un “otro” difícil de identificar. En este caso, la presunta responsable es su propia madre, en complicidad, por omisión, de su padre, abuelos y familiares.

Y cuando eso ocurre, ya no hay narrativa que nos proteja.

Porque entonces la violencia intrafamiliar deja de ser un concepto técnico, una estadística que se menciona en informes o un tema que se aborda en campañas institucionales. Se vuelve algo más inquietante: una posibilidad real, cercana, doméstica. La casa deja de ser símbolo y se convierte en escenario.

En escenario del crimen.

Lo más perturbador no es únicamente el acto final, sino todo lo que lo hizo posible. El silencio previo. Las señales que nadie quiso leer. La incomodidad social ante la idea de intervenir. Durante décadas hemos defendido la noción de la familia como un territorio intocable, casi sagrado, donde mirar de más es una falta y preguntar es un exceso.

Y en ese pacto de discreción, la violencia crece.

Crece en lo que se minimiza, en lo que se justifica, en lo que se calla. Crece en cada vez que alguien decide no involucrarse “porque no es asunto propio”. Crece en instituciones que llegan tarde o no llegan. Crece en una cultura que prefiere sostener la apariencia de normalidad antes que enfrentar la fractura.

En México, la violencia intrafamiliar no es un fenómeno marginal. Es constante, está documentada, es visible para quien quiera verla. Y, aun así, sigue ocupando un lugar secundario en la conversación pública, eclipsada por violencias más espectaculares, más mediáticas, más fáciles de señalar.

Tal vez porque esta no permite distancia.

Aceptar su magnitud implica reconocer que el peligro no siempre tiene el rostro del enemigo. A veces tiene nombre, tiene historia compartida, tiene vínculos afectivos. A veces se sienta a la mesa.

El caso de Eitan Daniel no solo interpela a quienes hoy están bajo investigación. Nos interpela como sociedad. Nos obliga a preguntarnos cuántas señales ignoramos, cuántas veces elegimos no ver, cuántas veces las instituciones fallan sin consecuencias. Nos obliga a reconocer que la violencia no irrumpe de la nada: se acumula, se normaliza, se tolera… hasta que estalla.

Y entonces fingimos sorpresa, horror.

Ese es, quizá, el mayor problema: seguimos tratando estos casos como excepciones, como anomalías que no dicen nada sobre nosotros. Cuando en realidad son síntomas. Expresiones extremas de una violencia más amplia, más silenciosa, más arraigada de lo que queremos admitir.

Hablar de violencia intrafamiliar incomoda. Rompe la idea romántica de la familia. Obliga a cuestionar lo que preferimos dar por sentado. Pero esa incomodidad no es un obstáculo, es el punto de partida.

Porque mientras sigamos defendiendo la idea de que todo lo que ocurre en casa debe quedarse en casa, la violencia seguirá encontrando refugio ahí mismo.

El asesinato de Eitan no puede convertirse en una noticia más que se consume y se olvida. Tendría que ser un parteaguas. Un momento que nos obligue a redefinir dónde está el peligro y cómo se construye.

No siempre está afuera.

A veces está en lo cotidiano. En lo íntimo. En lo que nadie quiere mirar y si lo hace, prefiere no involucrarse.

Y esa es la verdad más difícil de sostener: que la casa, ese lugar donde debería empezar la protección, puede ser también donde comienza la violencia.

Y mientras no nos atrevamos a entrar ahí y alzar la voz, el silencio va a seguir haciendo su trabajo. Sin ruido, sin prisa… pero con consecuencias.

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Raúl García Ruiz

Autor de los libros "Puentes Azules" "Arquitectura Azul" y “SynDike”
Especialista en resolución de conflictos y mediador en instancias gubernamentales. Relacionista Público tanto con iniciativa privada como con los diversos organismos públicos. Actualmente se desempeña como Recaudador de Rentas del Gobierno de Chihuahua en Ciudad Juárez.

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