Vicio

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Money / Pink Floyd (1973)
“Money, it’s a gas… grab that cash with both hands and make a stash.”

Los imperios rara vez caen por una derrota militar, caen por una factura.

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En la modernidad la moneda domina, el poder parece eterno, solo basta que la confianza se agriete para que el mármol revele que debajo solo había deuda.

El dinero mueve el mundo… hasta que deja de hacerlo para quien lo imprime.

Gran Bretaña aprendió esa lección cuando descubrió que su imperio ya no se sostenía con cañones, sino con la paciencia de su acreedor, aquí la pregunta incómoda es si alguien más está empezando a descubrir lo mismo.

 

Para entender cómo cayó Gran Bretaña, primero hay que entender cómo ascendió. En el siglo XIX era la dueña del comercio global. Tanto así que la libra era la moneda. Cuando los bancos centrales acumulaban reservas, acumulaban libras. Cuando se firmaban contratos internacionales, se firmaban en libras y todo eso le daba a Gran Bretaña un superpoder que no aparecía en los mapas, pero mandaba más que muchos ejércitos: podía endeudarse barato, financiar su aparato militar, sostener déficits y seguir respirando porque el mundo necesitaba su moneda.

¿Nos suena? Claro que sí, es exactamente el privilegio del que ha gozado Estados Unidos durante décadas, la diferencia es que, como suele pasarle a los imperios cuando empiezan a creerse eternos, debajo de esa fachada de mármol no había cimientos sólidos, en realidad, casi ni había cimientos y ya sabemos lo que pasa con cualquier construcción levantada sobre la soberbia: tarde o temprano no se derrumba, se desploma.

Para finales del siglo XIX, Estados Unidos ya había superado a Gran Bretaña como la economía más grande del mundo, sus fábricas producían más, su capacidad industrial era superior, su riqueza crecía con una fuerza difícil de igualar, pero la libra seguía mandando. ¿Por qué? Porque el mundo ya estaba acostumbrado a ella, porque los sistemas monetarios no se cambian con voluntad ni con discursos; se cambian con poder real, confianza acumulada y tiempo; cambiar la moneda de referencia del mundo no es mover un mueble: es, como bien se ha dicho, cambiar el motor de un vehículo en plena marcha.

Y ahí está una de las ironías más deliciosas, o más trágicas, de la historia económica: mientras el planeta seguía girando en torno a la libra, Gran Bretaña se iba debilitando por dentro, si bien el símbolo seguía fuerte; la estructura no.

Entonces llegó la Primera Guerra Mundial y con ella, la factura. Gran Bretaña pidió prestado a manos llenas para financiar la guerra y, al terminar, ya no era el gran acreedor del planeta sino una potencia profundamente endeudada frente a Estados Unidos, en otras palabras, seguía usando traje de dueño del casino, pero ya debía hasta las fichas.

Lo sensato habría sido asumir la nueva realidad, ajustar, reordenar prioridades, dejar de fingir que nada había cambiado, pero no, como suele ocurrir cuando el ego administra mejor que la razón, eligieron la negación y en 1925 cometieron uno de esos errores históricos que deberían enseñarse no en economía, sino en cursos intensivos sobre arrogancia: regresaron al patrón oro al tipo de cambio previo a la guerra, es decir, intentaron convencer al mundo de que la libra seguía siendo tan fuerte como antes, aunque el país que la respaldaba ya no lo era.

¡Fue un desastre! Para sostener esa ficción tuvieron que mantener tasas de interés elevadas, ¿Y qué hicieron esas tasas? Asfixiaron el crecimiento, golpearon el empleo, encarecieron las exportaciones y volvieron menos competitiva a la economía británica. Pero el discurso imperial seguía intacto, porque los imperios primero pierden la solvencia y después el sentido del ridículo. Gran Bretaña seguía gastando como si la fiesta continuara, manteniendo colonias, presencia militar y ambiciones globales que ya no podía costear sin respirador artificial.

Para 1931, la realidad pasó la cuenta, los mercados y los especuladores obligaron a la libra a abandonar el patrón oro, la moneda perdió cerca de un 30% de su valor. De la noche a la mañana y aun así, tercos como solo puede serlo una potencia en retirada, los británicos lograron mantenerla relevante un tiempo más, no porque siguiera siendo naturalmente fuerte, sino porque obligaron a su imperio a seguir usándola. India, Australia, Pakistán y otras piezas del engranaje no tenían mucho margen para decir “gracias, pero no”, era una fortaleza sostenida a punta de costumbre, coerción y nostalgia imperial, una mezcla tóxica, pero bastante común en la historia.

Luego llegó la Segunda Guerra Mundial y terminó de hacer lo que la primera había dejado a medio camino. Gran Bretaña volvió a endeudarse masivamente, quedó debiendo más de lo que toda su economía producía en un año; el imperio estaba, en términos prácticos, en bancarrota, sobrevivía gracias a préstamos estadounidenses y a la paciencia de Washington, que en ese momento podía darse el lujo de hacer de banquero benevolente.  Lo increíble no es solo que siguieran endeudándose; lo increíble es que siguieran comportándose como si nada esencial hubiese cambiado, como si la historia fuera una cuestión de protocolo, como si bastara conservar el tono para conservar el poder.

No ocurrió y entonces llegó 1956, el momento en que la máscara terminó de caer; el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser nacionalizó el canal de Suez, una vía estratégica para el comercio y por supuesto, para el acceso al petróleo. Gran Bretaña lo tomó como ofensa, amenaza y herejía geopolítica, así que, junto con Francia e Israel, invadió Egipto. Militarmente, la operación no iba mal, pero había un pequeño detalle, un detalle mínimo, diminuto, insignificante, chiquiitio… solo que decisivo: Gran Bretaña ya no era el banquero del mundo. Ahora dependía del nuevo dueño de la pelota, si, ese mero: Estados Unidos…

Eisenhower entendió que esa invasión olía a colonialismo rancio y para él lo más importante, empujaba a muchas naciones recién independizadas hacia la órbita soviética, así que hizo lo que hacen los verdaderos poderes cuando quieren recordar quién manda: amenazó con vender libras esterlinas en el mercado abierto y eso habría destrozado la moneda británica, no estamos hablando de una incomodidad diplomática ni de un regaño entre aliados, estamos hablando de dejar a Gran Bretaña sin capacidad de importar comida, petróleo ni casi nada imprescindible para funcionar.

Por si no bastara, Estados Unidos bloqueó el acceso británico a un préstamo de emergencia del Fondo Monetario Internacional, las reservas del Reino Unido se evaporaban en horas. Horas y ahí se vio el tamaño real del imperio: no cayó ante Egipto, cayó ante su acreedor.

La crisis de Suez duró once días, si, once días bastaron para confirmar lo que ya era cierto desde antes: Gran Bretaña ya no mandaba, solo actuaba como quien todavía no se ha enterado de su propio funeral y hay pocas escenas más patéticas que una potencia quebrada intentando comportarse como si aún pudiera repartir órdenes al planeta, bueno, sí hay una: una potencia quebrada haciéndolo a crédito.

Eso debería preocupar seriamente a Estados Unidos, que camina por una senda inquietantemente parecida, ojo, no idéntica en cada detalle, porque la historia nunca calca, pero sí en sus patrones profundos: Moneda de reserva, endeudamiento masivo, gasto militar planetario, guerras que se presentan como necesidad y a veces se parecen más a capricho, confianza desbordada en que la reputación puede reemplazar la realidad, y grandes acreedores observando desde la esquina, con paciencia de usurero y memoria de archivo.

Ayer fue Gran Bretaña con Estados Unidos, hoy es Estados Unidos con China ocupando un lugar central en esa ecuación. Cambian los nombres, cambian los trajes, cambian los discursos sobre libertad, seguridad y orden mundial. Lo que no cambia es la lógica del exceso: creer que, porque tu moneda domina, tu poder es eterno; creer que, porque el mundo te necesita hoy, te necesitará mañana; creer que la costumbre internacional puede derrotar indefinidamente a la aritmética.

La caída británica fue gradual, hasta que dejó de serlo, primero se acumularon señales, luego llegaron las excusas, después el autoengaño, y al final bastó un jalón para que todo el decorado se viniera abajo. La libra parecía fuerte… hasta que dejó de parecerlo. El imperio parecía vigente… hasta que once días bastaron para exhibir que ya no podía sostener ni su voluntad sin permiso ajeno.

La versión estadounidense tendrá sus propios tiempos, sus propias guerras, sus propios errores y su propia forma de negarse frente al espejo, pero la ruta ya es conocida: tasas altas, deuda creciente, aventuras imperiales cada vez más caras, acreedores cada vez más decisivos, y una fe casi religiosa en que “ser ellos” bastará para torcer la realidad y no la realidad no se impresiona con banderas.

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Alfonso Becerra Allen

Abogado corporativo y observador político, experto en estrategias legales y asesoría a liderazgos con visión de futuro. Defensor de la razón y la estrategia, impulsa la exigencia ciudadana como clave para el desarrollo y la transformación social.

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