¿Desarrollar un cerebro de una mosca e introducirlo a un cuerpo virtual es necesario? La pregunta parece absurda, incluso provocadora. ¿Para qué querríamos algo así? La respuesta rápida sería: no, no es necesario. No resuelve el hambre, no detiene la violencia, no mejora de inmediato la vida cotidiana. Pero esa respuesta es insuficiente. Porque lo que está en juego no es la utilidad inmediata, sino una ambición más profunda: volver legible la mente.
La historia no comienza con la mosca, sino con un organismo mucho más humilde: el Caenorhabditis elegans (gusano pequeño, relativamente simple y con una estructura precisa y aproximadamente 1mm de longitud). En los años setenta, científicos como Sydney Brenner se plantearon una pregunta radical: si un ser vivo tiene apenas 302 neuronas y aun así puede moverse, responder al entorno y “comportarse”, ¿por qué no podríamos entenderlo completamente? La apuesta era clara y, para su época, casi desmedida: mapear todas y cada una de sus neuronas, así como todas sus conexiones.
No se trataba solo de curiosidad científica. Había una inquietud más profunda: ¿es posible reducir la vida a un sistema de relaciones? ¿Puede el comportamiento explicarse sin recurrir a conceptos como mente, conciencia o experiencia? El proyecto del gusano no buscaba crear inteligencia artificial ni replicar cerebros humanos. Buscaba algo más inquietante: demostrar que lo vivo podía ser completamente explicado.
El razonamiento era casi ingenieril. Si el comportamiento surge del sistema nervioso, y el sistema nervioso es una red de conexiones, entonces conocer esa red en su totalidad permitiría explicar cualquier acción. Comer, moverse, reaccionar: todo podría ser deducido a partir de una arquitectura neuronal. Era, en el fondo, una forma de desmontar el misterio.
Décadas después, esa misma lógica escala hacia la Drosophila melanogaster (mosca de la fruta). El salto no es menor: de 302 neuronas a más de cien mil. Pero el principio se mantiene intacto. Equipos como los del Janelia Research Campus llevaron a cabo un proceso tan minucioso como obsesivo: cortar el cerebro en miles de secciones ultrafinas, fotografiar cada una con microscopía electrónica y reconstruir digitalmente cada neurona y cada sinapsis.
El resultado no es un cerebro que piense. No hay impulsos eléctricos, no hay percepción, no hay experiencia. Lo que existe es algo distinto: un mapa completo de conexiones. Una cartografía del pensamiento posible. Un modelo donde se puede observar quién se conecta con quién, pero no qué sucede en esa conexión. Es, en cierto sentido, un cerebro sin vida, pero con toda su estructura intacta.
Y, sin embargo, ahí aparece su primera utilidad concreta: la medicina. Comprender con precisión cómo se organizan las conexiones neuronales permite detectar dónde fallan. Enfermedades como el Alzheimer o el Parkinson dejan de ser únicamente diagnósticos clínicos para convertirse en problemas de red. Esto abre la puerta a tratamientos más específicos, a intervenciones dirigidas e incluso a interfaces cerebro-máquina que traduzcan actividad neuronal en acción. No es solo entender el cerebro: es intervenirlo con precisión.
Pero el alcance no se detiene ahí. Este tipo de modelos también dialoga con el desarrollo de la inteligencia artificial. Mientras empresas como OpenAI construyen sistemas a partir de modelos matemáticos que simulan conexiones, el conectoma parte del camino inverso: registra conexiones reales para eventualmente comprender su funcionamiento. La diferencia es sutil pero crucial. La IA actual calcula sin experimentar; el cerebro biológico experimenta sin calcular en términos matemáticos explícitos. Uno optimiza respuestas; el otro configura percepción.
En ese cruce aparece una pregunta inquietante: si ambos sistemas —biológicos y artificiales— pueden describirse como redes, ¿qué los separa realmente? Tal vez no la estructura, sino la experiencia. Pero si la experiencia también pudiera explicarse como una propiedad emergente de ciertas configuraciones, la distancia entre pensar y calcular comenzaría a desdibujarse.
Entonces la pregunta inicial regresa, pero transformada: ¿no era necesario… o simplemente aún no entendemos su verdadero alcance?
Ahora bien, llevemos esta discusión a nuestro contexto. ¿Podría México desarrollar un proyecto de esta magnitud? La respuesta, incómoda pero honesta, es sí. Existen universidades y centros de investigación con capacidad científica, talento humano y formación teórica suficiente. El problema no es la posibilidad, es la prioridad.
Porque desarrollar un conectoma no es solo una cuestión técnica, es una decisión política. Implica inversión sostenida, infraestructura, colaboración interdisciplinaria y, sobre todo, una visión de largo plazo. Y ahí es donde el sistema mexicano revela sus límites: investigación fragmentada, presupuestos inestables, burocracias que sofocan la innovación y una constante fuga de cerebros.
No es que no podamos. Es que no se construyen las condiciones para hacerlo.
Mientras en otros contextos se busca descifrar la arquitectura de la mente, aquí seguimos debatiendo la pertinencia de financiar la ciencia. La consecuencia no es solo tecnológica, es epistemológica: quedamos fuera de las preguntas que definirán el futuro. No participamos en la construcción de los modelos que explicarán qué es pensar, qué es percibir y, eventualmente, qué es ser humano.
Al final, desarrollar el cerebro de una mosca en un entorno virtual no es una necesidad práctica. Es un gesto teórico llevado al extremo. Un intento por demostrar que la vida puede ser trazada, descompuesta y reconstruida. Pero también es una advertencia.
Porque si logramos entender completamente la estructura de la mente, la pregunta ya no será si podemos replicarla, sino qué significa hacerlo. Y en ese escenario, el mayor riesgo no es que las máquinas piensen como nosotros, sino que nosotros terminemos entendiendo nuestro pensamiento como si fuéramos máquinas.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


