Hay cosas que como sociedad seguimos sin querer aceptar, aunque nos las restrieguen en la cara una y otra vez. El racismo es una de ellas. Nos gusta pensar que ya lo superamos, que es cosa del pasado, que solo existe en otros países o en contextos extremos. Pero basta con rascar un poco para darnos cuenta de que sigue ahí, vivo, normalizado y, peor aún, justificado.
El reciente caso del futbolista Allan Saint‑Maximin lo dejó más que claro. No se trata de una mala racha deportiva ni de una incompatibilidad con el equipo. Se trata de algo mucho más grave: un entorno hostil que permitió ataques racistas dirigidos no solo hacia él, sino hacia sus hijos. Cuando un padre decide terminar un contrato profesional para proteger a su familia del odio, el problema ya no es deportivo, es social.
Saint‑Maximin llegó al fútbol mexicano con la ilusión de sumar, de competir y de aportar su talento. Nadie llega a un país distinto esperando ser violentado por su color de piel, y mucho menos esperando que esa violencia alcance a sus hijas e hijos. Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió. Y frente a esto, una parte de la sociedad reaccionó como suele hacerlo: minimizando, justificando y cuestionando a la víctima en lugar de señalar al agresor.
Escuchamos frases como “así es la afición”, “no fue con mala intención”, “es parte del show”. No lo es. El racismo no es folclor ni pasión deportiva. Es violencia. Es deshumanización. Es hacerle sentir a alguien que no pertenece, que estorba, que su sola existencia es motivo de burla o ataque.
El propio jugador lo expresó con una frase tan sencilla como contundente: el problema no es el color de la piel, sino el color de los pensamientos. Pensamientos que se reproducen en redes sociales, en conversaciones cotidianas y en silencios cómplices. Pensamientos que se heredan y se normalizan porque “siempre ha sido así”.
Pero este fenómeno no se limita al deporte. El racismo se manifiesta todos los días en distintos espacios, incluso en aquellos que se presentan como entretenimiento inofensivo. Un ejemplo reciente ocurrió en un reality show de televisión en Colombia, donde una participante fue expulsada tras realizar un comentario racista durante un posicionamiento frente a uno de sus compañeros. La producción tomó una decisión correcta, pero lo verdaderamente revelador vino después.
Las redes sociales se llenaron de personas defendiendo a la agresora, minimizando sus palabras y acusando a quienes señalaron el acto de ser exagerados, intolerantes o dramáticos. Ese patrón se repite una y otra vez. El problema nunca es el comentario racista, sino la reacción de quien se atreve a decir “esto está mal”.
Resulta cómodo opinar desde la distancia cuando nunca has sido juzgado por el color de tu piel, cuando nunca has sido señalado desde la infancia, cuando nunca te han hecho sentir que debes explicar o justificar tu existencia. Para quienes viven el racismo en carne propia, no se trata de susceptibilidad, se trata de supervivencia emocional.
El racismo no siempre grita. Muchas veces susurra. Vive en los chistes “sin mala intención”, en las bromas normalizadas, en las comparaciones, en los estereotipos, en la constante exigencia de aguantar. Vive también en la negación, en ese discurso que insiste en que “ya no pasa” mientras las evidencias se acumulan.
México se define como un país diverso, mestizo y hospitalario. Sin embargo, esa narrativa se tambalea cuando una familia decide irse porque no se siente segura, cuando un jugador prefiere proteger a sus hijos antes que continuar su carrera, cuando se llama exageración a la denuncia y se normaliza la agresión.
No basta con comunicados tibios ni con declaraciones políticamente correctas. Se necesita una postura clara y firme. Se necesita dejar de justificar al agresor y empezar a escuchar a la víctima. Se necesita entender que señalar el racismo no es dividir, es evidenciar una herida que nunca ha cerrado.
Apoyar a Allan Saint‑Maximin y a su familia no es tomar partido por un jugador, es tomar partido por la dignidad humana. Es reconocer que nadie debería ser violentado por su origen, su color o su historia. Mientras eso siga siendo tema de debate, el verdadero problema no son quienes alzan la voz, sino una sociedad que sigue eligiendo mirar hacia otro lado.
Porque el racismo no es una opinión. Es una realidad cotidiana que muchos prefieren ignorar hasta que el daño es irreversible.

Ángeles Gómez
Fundadora en 2014 de Ángeles Voluntarios Jrz A.C. dedicada al desarrollo de habilidades para la vida en la niñez y juventud del sur oriente de la ciudad. Impulsora del Movimiento Afromexicano, promoviendo la visibilización y sensibilización sobre la historia y los derechos de las personas afrodescendientes en Juárez.


