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febrero 19, 2026 | 10:10

“Therians”, cuando la identidad humana se diluye

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En redes sociales, foros juveniles y ciertos espacios físicos comienza a aparecer con más fuerza una tendencia que para muchos aún suena exótica, pero que dice mucho del momento cultural que vivimos: los ya conocidos “therians”. A grandes rasgos, se trata de personas —principalmente jóvenes— que afirman identificarse, parcial o totalmente, con un animal. No es cosplay, no es juego simbólico ni metáfora espiritual: para ellos, es identidad. Dicen sentirse animales en esencia, conducta o conciencia.

El fenómeno, que a simple vista podría parecer marginal, merece una reflexión seria. No por burla, no por persecución, sino porque es una expresión clara de la filosofía woke llevada a su extremo: la idea de que la identidad no solo es subjetiva, sino infinitamente maleable, desligada de cualquier anclaje biológico, cultural o racional compartido. El woke impulsa esto como “autenticidad”, pero ¿qué pasa con la culpa que sienten muchos “therians” al “despertar”? Es una huida de la madurez, donde el instinto animal suplanta el deber moral.

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Aquí es donde el debate deja de ser anecdótico y se vuelve cultural.

Durante siglos, la civilización se ha construido sobre una premisa básica: el reconocimiento de la humanidad como punto de partida común. La dignidad humana, los derechos, las responsabilidades, la ética y la cultura nacen de aceptar que somos personas, con razón, límites, deberes y sentido de trascendencia. Cuando ese punto de partida se relativiza, todo lo demás comienza a resquebrajarse.

El discurso wokista ha empujado con fuerza la noción de que sentir es suficiente para ser. Que cualquier cuestionamiento es violencia. Que toda frontera conceptual es opresión. En ese caldo cultural, los therians no son una rareza: son una consecuencia lógica. Si no hay verdad compartida, si no hay naturaleza humana reconocible, entonces todo es identidad y nada es realidad.

Desde el ángulo psicológico, el tema es aún más delicado. La adolescencia y juventud son etapas de búsqueda, confusión y construcción del yo. Según la APA (2024), esto puede ser coping para ansiedad (Gen Z reporta 45% más estrés que millennials), pero también un trastorno identitario agravado por redes que validan todo sin filtro. Y en lugar de ofrecer herramientas para integrar emociones, cuerpo y razón, se les propone huir de la complejidad humana adoptando identidades alternativas que prometen pertenencia inmediata y validación automática. No se trabaja el conflicto interno: se romantiza la fragmentación.

En lo cultural, el impacto es profundo. Cada vez que se normaliza la negación de lo humano, se debilitan valores fundamentales como la responsabilidad personal, la disciplina, el mérito y el compromiso social. No es casual que estas narrativas vayan de la mano con una visión donde todo límite es visto como agresión y toda exigencia como opresión.

En México, con 18% de Gen Z se encuentra explorando “identidades no humanas” (Encuesta Nacional Juventud 2025) y esto erosiona valores como la solidaridad comunitaria.

Y aquí viene el punto incómodo, pero necesario: estas ideas no se están difundiendo de manera espontánea. Tienen impulso mediático, respaldo académico en ciertos círculos y protección institucional bajo el paraguas de la “diversidad”. Cuestionarlas se castiga socialmente. Debatirlas se considera intolerancia. Ese cierre al diálogo es, paradójicamente, uno de los rasgos más autoritarios del progresismo contemporáneo.

Dar la batalla cultural no significa atacar personas. Significa defender principios. Defender la idea de que la identidad humana no es un disfraz intercambiable. Que sentir no reemplaza a pensar. Que acompañar no es validar todo. Y que cuidar a los jóvenes implica darles raíces, no solo alas.

Para combatir el woke y sus tentáculos, actuemos:

Primero, educación en valores: currículos escolares que enseñen racionalidad y resiliencia, con 20% del tiempo a debate ético, algo que se ha olvidado en las escuelas.

Segundo, apoyo psicológico: clínicas gratuitas para identidad, enfocadas en integración humana, no validación ciega.

Tercero, cultura contra desmitificación: campañas en medios que celebren lo humano (arte, historia), etc…

Cuarto, diálogo familiar: talleres comunitarios para padres e hijos, rompiendo el aislamiento woke. Si queremos que la escuela sea la segunda casa, la casa debe ser la primera escuela.

Quinto, límites en redes: regulaciones para algoritmos que no promuevan tendencias disociativas. Esto en varios países ya está teniendo un efecto positivo. No es censurar, es revisar lo que nuestros hijos consumen. ¡Seamos propositivos: eduquemos para amar lo humano, no para huir de él!

No se trata de negar el dolor, la confusión o la búsqueda legítima de sentido. Se trata de no responder a esa búsqueda con narrativas que diluyen la humanidad hasta volverla irreconocible. Porque cuando dejamos de saber qué es un ser humano, también dejamos de saber cómo cuidarlo, educarlo y exigirle.

Las modas pasan. Las ideologías también.

La pregunta es si, cuando esto ocurra, habremos defendido lo esencial o habremos guardado silencio mientras se desdibujaba lo que nos hace humanos.

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César Calandrelly

Comunicólogo / Analista Político

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