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febrero 24, 2026 | 7:25

Tempestad.

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The Distance / Cake (1996)
“He’s going the distance / He’s going for speed…”

En política, muchos creen que la carrera es interna: ganar la facción, controlar el relato, resistir la filtración. Pero la pista real está afuera, donde el cronómetro no lo maneja el partido sino el contexto.

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Cake lo canta con ironía seca: alguien va “por la distancia”, convencido de que sigue en competencia… aunque el circuito ya cambió y el público ya no aplaude.

Gobernar no es correr más rápido dentro del movimiento. Es saber si todavía estás en la carrera correcta.

La fuerza, hoy, no está solo adentro (en el partido, en la corte de lealtades, en el viejo arte de la disciplina que se vende como “unidad”), me causa hilaridad como los políticos o pseudo políticos, piensan que el mundo es ese su pequeño y amargo mundo, siendo que lo relevante está afuera: frontera, mercados, Washington y cuando el margen se estrecha, la retórica deja de ser herramienta y se vuelve coartada.

En ese contexto, el debate de “hacer a un lado al obradorismo” no es un capricho estético del poder, ni un berrinche de salón, es, más bien, una operación de supervivencia, no porque exista una orden con membrete de Estados Unidos, la diplomacia real no funciona como oficio de ventanilla, sino porque existe una presión estructural que se siente como orden: seguridad, flujos, dinero, fentanilo, cooperación, costos.

El lenguaje del siglo XXI ya no dice “intervención”, dice “incentivo”: si no hay resultados, el castigo no llega en tanques, llega en expedientes, sanciones, reputación y economía y aquí conviene observar dos hechos aparentemente inconexos, como si fueran el mismo espejo, pero con distinta luz:

El primero: el libro de Julio Scherer Ibarra, “Ni venganza ni perdón”, memoria de pasillos, de operadores, de litigios, de lealtades que se juran con sonrisa y se cobran con, como en este caso; filtración. Este es un texto “desde adentro” que, le guste a quien le guste, funciona como síntoma: confirma lo obvio que fingimos olvidar y es que el poder no es una idea: es una red telarañezca.

El segundo: la caída del símbolo criminal más pesado de los últimos años, me refiero a Nemesio Oseguera, alias “El Mencho”, abatido en un operativo en Jalisco, con una secuela inmediata de violencia reactiva que recordó la regla no escrita del país: cuando cae un jefe, no cae un sistema; simplemente se reacomoda el mercado. Por cierto les dejo un dato: el hoy occiso, era considerado por el gobierno de Estados Unidos mas poderoso, pero por mucho que el mismo Pablo Escobar, esto por la diversificación de los productos que manejaba, desde los de consumo, hasta los operativos y todo lo que significaba en materia económica a nivel internacional, con una red que abarcaba mas de sesenta países, sustituirlo no sería sencillo, así como que llegue alguien a ocupar su lugar, no creo, lo peligroso de esto es que cuando alguien así cae, se segrega el grupo en varios y bueno, cada quien jala para su lado.

Regresando al orden de las ideas; el libro habla de redes políticas, el operativo revela redes criminales, ¿Y el punto de unión? Que cuando las redes se sienten amenazadas no argumentan: empujan, filtran, sabotean, se protegen.

La presidenta no heredó solo un proyecto; heredó mecanismos y si pretende gobernar con otras prioridades, otra métrica, otro control, otro tono, tiene que hacer lo que en México parece herejía: mover el centro de gravedad sin detonar el derrumbe. (Guiño)

Porque sí: el Estado mostró músculo con ese golpe, pero también mostró costo y el día después… caray, importa más que la foto del día uno: bloqueos, quema de vehículos, ataques, miedo, comercio temblando, turismo aguantando la respiración.

La violencia reactiva no es accidente: es mensaje. “Podemos incendiar la gobernabilidad” y ese mensaje no solo lo recibe el gobierno: lo leen inversionistas, lo oye Estados Unidos, lo registran agencias, lo explotan adversarios.

Aquí aparece lo central: si Sheinbaum necesita reescribir la continuidad, no es solo por presión externa, es porque la presión externa amplifica fisuras internas.

El obradorismo fue eficaz para ganar identidad y épica, “nosotros contra ellos”, disciplina como religión, y el líder como sistema operativo, pero gobernar exige otra cosa: instituciones que funcionen sin depender del ánimo de una persona, seguridad sin show, justicia sin selectividad, disciplina sin culto. La transición de movimiento a gobierno siempre cobra factura, aquí la pregunta es quién la paga: si el país… o el propio partido, y la historia siempre habla de que al final, los partidos no son eternos así duren setenta años.

Y ahí entra la idea incómoda (la que nadie quiere decir sin bajar la voz): la caída de Morena por Morena. No por un enemigo externo, no por una oposición revitalizada, sino por su combustión interna, cuando el poder se acostumbra a explicarlo todo con un “ellos”, se le olvida que el desgaste real ocurre dentro: facción contra facción, operador contra operador, expediente contra expediente, filtración como moneda, testimonio como misil.

Un libro no derriba un gobierno; pero puede acelerar la corrosión si sugiere y a veces no solo sugiere que el proyecto moral se convirtió en administración de lealtades y que de moral, no tiene nada.

La presidenta gobierna, entonces, en un pasillo estrecho: Si rompe con el obradorismo, arriesga fracturar su base. Si se somete, arriesga perder el mando real. Si responde a Washington con soberanía de micrófono, arriesga presión dura (y no siempre visible). Si coopera sin controlar el relato, arriesga ser acusada de entrega. Y si presume victorias de seguridad sin consolidar el día después… arriesga que la violencia le dicte la agenda.

Por eso, más que hablar de “hacer a un lado” al obradorismo, habría que hablar de algo más técnico y más brutal: sustituir el movimiento por el Estado, no como traición, sino como madurez, no como ruptura, sino como transición ya que el futuro del gobierno no depende de cómo se cuente el pasado, sino de si puede gobernar el presente con reglas que sobrevivan a la próxima crisis.

La ironía final es que, en México, la prueba de un gobierno no está en su épica fundacional, sino en su capacidad de soportar el desgaste sin incendiarse y hoy, entre los pasillos que se narran “desde adentro” y el operativo que confirmó el país real, la presidenta tiene una tarea simple de enunciar y difícil de ejecutar: Demostrar quién manda.

Lo que es esperanzador siempre es que después de la tempestad, irremediablemente viene la calma, eso si, no pensé que tantas cosas se vieran este año, desde lo geo político, hasta lo local, el mundo entero esta sufriendo un reacomodo que nuestra presidenta esta consciente y saben que, confío plenamente en que lo hará bien, solo espero que siga sacudiéndose lo que estorba.

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Alfonso Becerra Allen

Abogado corporativo y observador político, experto en estrategias legales y asesoría a liderazgos con visión de futuro. Defensor de la razón y la estrategia, impulsa la exigencia ciudadana como clave para el desarrollo y la transformación social.

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