Pink Floyd / Us and Them (1973), álbum The Dark Side of the Moon.
La palabra soberanía alguna vez significó libertad, hoy, en labios de los tiranos, es reja, es excusa y es silencio.
El retrato crudo de una humanidad rota por bandosporque al final no son gobiernos ni doctrinas: son madres huyendo, niños hambrientos, pueblos muy, muy agotados.
Si la legalidad se usa para blindar al verdugo, ya no hay derecho, hay egoísmo, hay comodidad de que nadie esta por encima del tirano y eso causa abandono.
No se trata de quién actúa, sino de por qué nadie actuó antes, porque entre “nosotros” y “ellos”, siempre hubo alguien suplicando que solo lo dejaran.
Hay palabras que envejecen mal…: “Soberanía” es una de ellas, suena bonita en los discursos, como si protegiera algo noble, pero en ciertos contextos funciona más como cerrojo que como escudo.
En Venezuela, por ejemplo, la soberanía se ha usado para blindar la impunidad, para encerrar presos políticos y para expulsar millones de personas al exilio, es un biombo que ni discreto es, o sea, ni cómo ayudarlos.
Claro, hay que ir al origen: el horror de las guerras mundiales llevó al mundo a decir “nunca más”: nunca más campos de concentración, nunca más dictaduras que arrasan con su pueblo en nombre de una causa superior y así nació la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948, como un intentofallido, pero necesario de poner ciertos límites a lo tolerable, por primera vez se asumió que había crímenes que no podían justificarse con banderas ni con fronteras.
Pero el equilibrio duró poco, verá usted, pronto se instaló una paradoja que seguimos arrastrando: los Estados son responsables de proteger a su población, pero si fallan o directamente atacan a su gente nadie puede tocarlos sin que se grite “imperialismo”, “intervención” o “golpe disfrazado”. Resultado: la soberanía se convirtió en salvoconducto para la tiranía.
Y ahí entra Venezuela, no la Venezuela de los debates en foros internacionales, sino la real: la de los hospitales sin gasas, la de los maestros con salario de hambre, la de los apagones que duran días y la migración que no cesa, la de los informes de la ONU y Human Rights Watch que describen tortura sistemática, represión, desapariciones, elecciones sin garantías, esa, esa es Venezuela.
Durante años se ha manejado que cuando un país tiene broncas internas, no se debe juzgar desde fuera, que el bloqueo, que la narrativa, que la soberanía y mientras tanto, más de ocho millones de venezolanos cruzaban fronteras a piemuchos o la mayoría a los Estados Unidos y los demás a los países aledaños con la esperanza de regresar algún día o no estar tan lejos de su tierra y ¿sabe que?por hambre, por miedo, por falta de medicinas. ¿Eso no cuenta? ¿La geografía borra el dolor? Hoy el tema de la soberanía me provoca algo que no se explicar, porque he escuchado hablar a ciudadanos de Venezuela decir que el petróleo le importa mas a la comunidad internacional que a los mismos venezolanos cuando no tienen gas, hay cortes de luz y escasez.
Cuando esta semana se anunció la detención de Nicolás Maduro tras una operación quirúrgica de Estados Unidos, se encendieron todas las alarmas diplomáticas. ¡Nombre! Condenas, comunicados, llamados a respetar el derecho internacional. La misma diplomacia que durante años pidió “salidas pacíficas” sin proponer ninguna, la misma que vio cómo se llenaban las cárceles, cómo se manipulaban las urnas, cómo se masacraban protestas, pero claro: ahora sí reaccionan. Porque la puerta fue forzada.
La discusión de fondo es incómoda. ¿Puede una potencia entrar a otro país y detener a un jefe de Estado sin aval de Naciones Unidas? En términos estrictos, no. es ilegal, se los dice un jurista, pero ¿qué hacemos cuando ese Estado ya no garantiza lo mínimo, cuando no hay cortes independientes, ni prensa libre, ni vías internas para frenar el abuso? ¿Dejamos que el dictador muera en su cama rodeado de riquezas y miseria ajena?
La doctrina de la “Responsabilidad de Proteger”, nacida tras los genocidios de Ruanda y Bosnia, dice otra cosa: si un gobierno comete crímenes de lesa humanidad o permite su comisión y no hay voluntad ni capacidad interna de frenar ese horror, la comunidad internacional puede intervenir, no para imponer un modelo político, sino para detener el sufrimiento, para evitar que el infierno se convierta en rutina.
¿Se ha aplicado de manera justa? No. ¿Ha sido usada con cinismo? Sí. ¿Eso invalida su existencia? Tampoco, la alternativa no es la pureza, es mas silencioque nada y el silencio mata más lento, pero al final mata igual.
El caso venezolano ya no era un “debate ideológico”, era una emergencia humanitaria crónica, un Estado secuestrado por una élite que se atornilló al poder con ayuda de tribunales serviles, militares enriquecidos y petróleo maldito, un país que, a punta de represión y desinformación, se vació por dentro y aun así, muchos preferían seguir repitiendo el mantra: “que se arreglen entre ellos”, como si el éxodo no desbordara fronteras o como si la represión no fuera ya parte del paisaje.
Lo peor y que me saca más de onda es que ahora que se rompe el esquema, se activan los purismos: que si no hubo autorización del Consejo de Seguridad, que si es una amenaza al orden internacional, que si mañana puede pasarle a cualquiera. Si, si, si, todo eso es cierto, pero también lo es esto: durante años, nadie hizo nada más allá de sanciones simbólicas, se toleró lo intolerable porque no tocaba intereses directos y la verdad es que la diplomacia suele llegar tarde, como el médico que da el diagnóstico cuando el paciente ya murió.
¿Fue ideal lo que hizo Estados Unidos? No. ¿Fue legal? Discutible. ¿Fue necesario? Difícil negarlo. Porque el régimen ya no daba señales de apertura ni de transición. Porque los diálogos fueron usados para ganar tiempo, no para ceder poder. Porque, si algo estaba claro, es que el final no iba a venir desde dentro.
Y mientras tanto, desde México, la narrativa de la 4T habla de “golpe de Estado imperialista”, como si el sufrimiento del pueblo venezolano fuera secundario frente a la pureza retórica de sus causas, desde el otro, la oposición puritana se agarra del operativo como si fuera prueba de que todo lo que huele a izquierda debe ser extirpado por las buenas o por las malas.
Ambos se equivocan. Esta no es una batalla simbólica entre doctrinas, es un drama humano de décadas, no se trata de estar “con Washington” o “contra Caracas”, se trata de reconocer que cuando el sufrimiento se vuelve sistemático, cualquier pueblo puede estallar y que una sacudida hecha desde afuera, por imperfecta que sea, siempre será menos costosa que una explosión social gestada durante 30, 40 o 50 años de desesperanza acumulada; las guerras civiles no preguntan por nada, solo arrasan y se justifican históricamente con una narrativa romántica que solo existe en la mente de quien gana.
Y bueno me rete choca el uso del idioma a discreción, ojo aquí, no ayuda que hayamos dejado que el término “imperio” se vuelva un adjetivo automático, barato y desdibujado, lanzado por costumbre cada vez que Estados Unidos actúa.
Sí, hay intereses, sí, hay hipocresías, sí, hay antecedentes cuestionables, pero repetir “imperialismo” como si fuera un conjuro moral invalida el análisis, infantiliza el discurso y lo más grave, le entrega a los dictadores una coartada fácil: todo el que los critica “es parte del imperio”, como si asesinar opositores fuera un acto de dignidad nacional y además a que presidente no le gustaría que su país tuviera la fortuna de contar con la cultura económica y social de ese “imperio”
En este caso, ni la izquierda que aprovecha para dar discursos que dan pena ajena, ni la derecha que aplaude por reflejo está entendiendo el fondo, lo que importa no es quién da el golpe, sino por qué fue necesario, ese dictador izquierdoso y lo digo así porque el vivía como el mas prolijo derechista, lo que cuenta no es la etiqueta ideológica, sino el grito ahogado de un pueblo al que le cerraron todas las puertas, todas, es mas, hasta las puertas les quitaron y al que ahora, de pronto, alguien se atrevió a abrirle una, aunque haya sido rompiendo la cerradura.
Hay quienes insisten en que esto sienta un mal precedente, que ninguna potencia debería arrogarse el derecho de decidir cuándo un gobierno cae y sí, eso es un peligro pero más peligroso es instalar el mensaje inverso: que cualquier dictador, si aguanta lo suficiente, si aplasta con fuerza, si se rodea de justificaciones ideológicas y alianzas convenientes, será intocable por siempre.
El pueblo venezolano merece más que ser un daño colateral en un juego geopolítico, pero también merece algo más que comunicados bien intencionados y defensas abstractas de la soberanía.
Si la soberanía sirve solo para proteger al tirano, entonces lo que estamos defendiendo no es un principio: es un privilegio para el verdugo.
Y eso, nos guste o no, también es una forma de violencia.

Alfonso Becerra Allen
Abogado corporativo y observador político, experto en estrategias legales y asesoría a liderazgos con visión de futuro. Defensor de la razón y la estrategia, impulsa la exigencia ciudadana como clave para el desarrollo y la transformación social.


