Hay una enseñanza silenciosa que durante generaciones se ha transmitido de madres a hijas: “no hagas escándalo”, “no exageres”, “seguro fue un accidente”. No nace del desamor, sino del miedo. El miedo a incomodar, a señalar, a enfrentar una realidad que duele más cuando se nombra.
Sin embargo, hoy más que nunca, debemos entender que el silencio no protege: el silencio expone.
Enseñar a nuestras hijas a no quedarse calladas ante ninguna forma de violencia no es un acto de rebeldía, es un acto de amor. Es prepararlas para sobrevivir en un mundo donde, a pesar de los avances, aún existen tabúes que impiden hablar abiertamente de la violencia, incluso dentro de los propios hogares. Muchas veces creemos que el peligro está lejos, en la calle, en los desconocidos, pero la realidad nos obliga a aceptar que también puede estar cerca, disfrazado de confianza.
De acuerdo con organismos como UNICEF y ONU Mujeres, una de las principales barreras para prevenir la violencia es precisamente el silencio y la normalización. Cuando una niña no sabe nombrar lo que le ocurre, cuando siente vergüenza o culpa, cuando cree que decir la verdad traerá consecuencias peores que el propio daño, se vuelve vulnerable.
Vivimos además en una cultura que, de forma sutil pero constante, enseña a las niñas a justificar la violencia.
Lo vemos en caricaturas donde la mujer es la débil que necesita ser rescatada. Lo escuchamos en series aparentemente inofensivas donde frases como “me caí”, “me golpeé con un mueble” o “me lo merecía” se presentan como explicaciones normales. Lo más grave no es la frase en sí, sino el mensaje que deja: que mentir para proteger a otros es más importante que decir la verdad para protegerse a sí mismas.
Por eso, nuestra responsabilidad como madres no es solo cuidar su presente, sino fortalecer su voz para el futuro. Enseñarles que su palabra tiene valor.
Que nadie tiene derecho a hacerlas sentir menos. Que nunca serán culpables de la violencia que otros ejercen. Que decir la verdad no es traicionar a nadie, es salvarse a sí mismas.
Una niña que aprende a hablar con libertad se convierte en una mujer que no tolera el abuso. Una niña que sabe que será escuchada, no callará por miedo. Una niña que crece entendiendo su dignidad, no permitirá que nadie la destruya.
La verdad es una herramienta de protección. La verdad incomoda, pero también libera. La verdad rompe ciclos que durante años se han repetido.
No podemos controlar todo lo que nuestras hijas enfrentarán, pero sí podemos darles algo más poderoso que cualquier escudo: la certeza de que nunca deben callar. Que su voz es su fuerza. Que su verdad importa.
Enseñarlas a ser valientes no significa enseñarles a no tener miedo, significa enseñarles a no dejar que el miedo decida por ellas.
Porque una hija que aprende a hablar, es una hija que aprende a defender su vida.

Mayra Machuca
Abogada, Activista, Columnista, Podcaster.
Especializada en análisis y asesoría jurídica, cuenta con experiencia administrativa y jurídica con habilidades destacadas en la resolución de problemas y coordinación de tareas. Experta toma de decisiones estratégicas. Activa en Toastmasters y Renace y Vive Mujer.


