¿Qué le importa a la maquila en Juárez que un adolescente de 15 años no pueda resolver una operación matemática o identificar la idea principal de un texto?
Podríamos pensar que poco. PISA es una prueba educativa; la maquila produce, exporta y genera empleos. Sin embargo, cada vez se ven como elementos menos aislados entre sí. En una economía industrial que necesita avanzar hacia procesos más automatizados, digitales y sofisticados, lo que un joven aprende —o deja de aprender— a los 15 años termina formando parte de la capacidad productiva de una región.
Para quienes analizamos el ecosistema de desarrollo, los resultados de PISA 2025 deberían leerse bajo esa perspectiva. México obtuvo un promedio de 403 puntos en matemáticas, lectura y ciencias, su resultado más bajo en dos décadas. En matemáticas, 69.7% de los estudiantes está por debajo del nivel básico; en lectura, 49.5%; y en ciencias, 50.2%. Apenas 0.5%(un estudiante de cada 200) alcanzó los niveles más altos en al menos una de las tres áreas.
En el caso de Juárez, lo preocupante es que el problema no parece cuando el joven cumple 15 y se gradúa de Secundaria. El diagnóstico de talento de Chihuahua que hemos revisado en varias ocasiones encuentra que entre 50% y 70% de los estudiantes de educación Media Superior no alcanza niveles básicos de matemáticas. Además, los 10.3 años promedio de escolaridad del estado equivalen, cuando se ajustan por aprendizaje, a apenas 8.1 años de aprendizaje efectivo. El rezago, entonces, no desaparece al terminar Secundaria, sino que se traslada y eventualmente llega a la universidad.
Ahí comienza un problema para una ciudad como Juárez, porque sabemos que la industria ya no demanda únicamente trabajadores capaces de ejecutar tareas estandarizadas. Las matrices de habilidades desarrolladas para Chihuahua identifican como necesarias capacidades que combinan pensamiento matemático y científico, inglés operativo, comunicación, resolución de problemas, trabajo en equipo, mantenimiento de equipos, análisis de procesos y herramientas digitales.
Es decir, la industria está elevando el nivel de complejidad de sus procesos y, con ello, la vara de las capacidades que necesita.
Pero existe una paradoja relevante para las universidades:reciben la presión para producir ese talento al final de una cadena educativa que, según estamos viendo, no siempre logró construir bases firmes. Esto significa que su trabajo deja de ser únicamente formar ingenieros, técnicos o especialistas y se convierte también en compensar una serie de déficits acumulados en los niveles educativos anteriores. Eso tiene un costo, no sólo académico, sino económico que no parece reflejarse en cómo se asigna el presupuesto desde hace años.
Me explico: entre 2012 y 2022, la matrícula pública de educación superior creció 34.9%, mientras el presupuesto federal real por estudiante cayó 24.8%. Luego, tan sólo entre 2018 y 2025, a matrícula nacional de TSU/licenciatura pasó de 4.344 millones a 5.139 millones, un incremento de 18.3%. La matrícula pública pasó de 2.900 a 3.353 millones.
La universidad ha tenido que atender a más estudiantes y responder a demandas más complejas con menos recursos reales por alumno.
Mientras tanto, la industria sigue avanzando y la automatización no elimina la necesidad de talento: cambia su naturaleza. Una planta más sofisticada requiere personas capaces de interpretar datos, resolver problemas, mantener equipos, programar, coordinar procesos y aprender nuevas tecnologías. El propio diagnóstico de Chihuahua señala que 54% de los empleadores en Juárez identifica las habilidades socioemocionales como la carencia más costosa de cubrir.
Por eso PISA también podría ser una especie de indicador de competitividad industrial. No porque una prueba escolar determine el desempeño de una planta, sino porque ninguna región puede hacer industrial upgrading indefinidamente sin hacer también upgrading de sus capacidades humanas.
Juárez tiene una plataforma industrial extraordinaria. El reto ahora es que esa plataforma pueda avanzar hacia actividades de mayor valor, mayor conocimiento y mayor productividad. Para ello no basta atraer inversión, ampliar parques industriales o incorporar tecnología. Hay que formar a las personas capaces de aprovecharla.
Por eso la pregunta relevante no es qué tiene que ver PISA con la maquila, sino cuánto tiempo puede una industria avanzar tecnológicamente más rápido que las capacidades que necesita para sostener ese avance. Esa sí es una pregunta de competitividad.


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