En los próximos meses se cumplirá el 70 aniversario del inicio de la Revolución Cubana, y el décimo aniversario del régimen castrista sin su líder, emblema, voz y significante, el comandante Fidel Castro Ruz, pero también este año el pueblo cubano ha entrado en uno de los retos más importantes de su historia reciente. Este reto es sobrevivir ante dos amenazas inminentes que se le han presentado: por un lado, a través de la represión y violencia que su propio gobierno ha desplegado en su contra desde hace décadas, y que posiblemente se intensifique en estos meses en aras de mantener el orden establecido desde 1959, si las tenciones con el gobierno estadounidense se incrementan, y por otro lado el bloqueo económico y las amenazas, en tono de ultimátum, que tanto el presidente, como el secretario de Estado de los Estados Unidos de América, han emitido para supuestamente propiciar el cambio de régimen en la isla.
Desafortunadamente, es probable que al final del año los costos de ambas amenazas cobren vidas cubanas y, si un escenario catastrófico de incremento de violencia externa e interna se llega a materializar, aumentarían las posibilidades de que ocurra una crisis humanitaria que podría llegar a comprometer la estabilidad de la región del Caribe, supuesto en el que también nuestro país se podría ver afectado.
En este contexto, ese pueblo combativo, alegre, místico y solidario, hoy pareciera experimentar una suerte de “calma chicha”, en medio del huracán de realismo que parece expandirse en distintas partes del planeta. Una tranquilidad que asfixia por la falta de insumos básicos, y en la que no hay una amenaza militar directa, inminente y clara, pero que está directamente relacionada con el bloqueo económico reforzado desde inicios de este año.
El bloqueo no es nuevo, lleva tanto tiempo como el propio régimen castrista, pero no ha tenido el mismo impacto durante todos esos años. Durante la guerra fría la isla libraba algunos de sus efectos porque tenía el apoyo de la URSS y, junto a México, se constituyó como un actor importante en la interlocución indirecta entre las dos superpotencias, a través del espionaje o la diplomacia.
Posteriormente, en la década de 1990, con el bloque socialista económica, moral y políticamente derrotado, y antes del surgimiento de China como nuevo polo de poder global, la Cuba de Fidel Castro experimentó embates muy importantes, pero que no implicaron la posibilidad de una intervención militar. En ese entonces en el escenario mundial había una ola de paz y optimismo en la que la violencia militar no era una herramienta tan fácil de desplegar como hoy, sin que se tuvieran que enfrentar costos políticos internos y externos, siempre que no existiera un riesgo importante a la estabilidad económica de las potencias, o algún escenario de conflicto en alguna zona estratégica con riesgos de escalar a una crisis humanitaria.
Al iniciar el presente siglo nuevas tensiones volvieron a rondar a la isla con la llegada de la administración Bush, pero los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 reenfocaron las prioridades de la política exterior estadounidense a otras latitudes. Después con el gobierno de Barack Obama inició un proceso de distención que generó avances voluntarios por parte de la élite dirigente cubana, hacia reformas necesarias al interior de la isla. Esos cambios abrieron sendas importantes hacia la revisión del esquema de propiedad en Cuba, un auge de flujos de remesas, y la promesa de reapertura de rutas de cruceros desde EEUU. Sin embargo, la primera administración del presidente Trump congeló los avances que había propiciado su antecesor.
A partir de ese momento gradualmente se incrementó la precariedad en la ya de por sí debilitada economía de las familias cubanas, detonándose un alza en la migración hacia otros países, entre ellos México.
Durante la presente administración del presidente Trump el diálogo con la isla ha representado un proceso de regateos entre los dos gobiernos, caracterizado por endurecimiento del cerco económico a la isla, y el impulso a procesos políticos que reflejan una intención de apertura por parte del gobierno caribeño, mismos que se han reflejado en la liberación de centenares de presos políticos. Todo rodeado de expresiones implícitas y explicitas que remarcan la posibilidad de una operación militar contra el gobierno de la isla.
Voluntariamente o por la fuerza, todo parece indicar que el régimen castrista, ahora presidido por el Ing. Miguel Díaz-Canel Bermúdez, va en la dirección de liberalizar el sistema político y eventualmente el económico.
Por todo lo anterior, la dinámica descrita es de interés para México no sólo por la insistencia de ciertos actores políticos mexicanos, incluyendo a la presidenta de la República, en intervenir en el proceso de tensión y apertura que experimentan Cuba y los Estados Unidos de América, sino por los diversos escenarios que puedan generarse ante un futuro cambio de régimen en la isla.
Pongamos este tema en perspectiva, además del histórico vínculo cultural, Cuba representa la séptima migración más numerosa a nuestro país, con más de 25 mil personas de origen cubano asentadas en México de acuerdo con fuentes periodísticas. Asimismo, según la Organización Mundial para las Migraciones, el país antillano se ha mantenido durante dos años consecutivos como la cuarta nación de origen de personas que solicitan Tarjetas de Residencia Temporal (TRT) en México, después de los nacionales de EEUU, Colombia y China[1].
De acuerdo con la Oficina Nacional de Estadística e Información Cuba tiene más de 11 millones 167 mil habitantes, con una fuerza laboral de más de 4 millones de personas, en la que anualmente más de 27 mil profesionistas y más de 14 mil técnicos[2] tienen la necesidad de insertarse en el mercado laboral. En este sentido pensemos en la gran oportunidad de negocios que se podrían abrir en Cuba, tan pronto como se abra el sistema, o en la gran cantidad de personas altamente capacitadas que podrían ingresar a los distintos mercados laborales del caribe y Norteamérica.
Por otra parte, en el ámbito de la seguridad, también debería ser de nuestra atención la posibilidad de que algunos cientos o miles de entre los más de 49 mil elementos que actualmente integran la Defensa Antiaérea y Fuerza Aérea Revolucionaria; Marina de Guerra Revolucionaria, o del Ejército (ejército regular, tropas especiales, ejército juvenil de trabajo y milicias de tropas territoriales), ante un escenario de colapso del régimen, pudieran pasar a engrosar las filas de profesionales de la guerra que se rentan a organizaciones delincuenciales en cualquier parte de Centroamérica, el Caribe o México.
Asimismo, en el hipotético caso en que se descubriera alguna ruta de drogas entre México o Sudamérica que pasara por Cuba rumbo a EEUU, podría afectarse el abasto de sustancias ilegales, los costos, las acciones de las autoridades y consecuentemente la violencia en una o varias zonas de la región del caribe.
Por todos estos motivos, pareciera que no es tan descabellada la decisión de buscar algún rol en la etapa de transición del régimen castrista, que amenaza con extinguirse desde hace años, hacia los distintos posibles escenarios que plantee el futuro inmediato de Cuba. Por supuesto habrá que valorarse si esta influencia mexicana se despliega directa, indirecta, orquestada con otras naciones de la región, con EEUU, o inclusive con el esquema de sociedad civil, en el cual parece aventurarse el gobierno de la república.
El curso que se elija, deberá asumir el costo de una respuesta airada del norte, y la necesidad de replantear las maniqueas posiciones en política exterior que tienden a satanizar la herramienta de la intervención, ignorando deliberadamente los muchos casos históricos en que nuestro desarrollo político y social se ha beneficiado de este recurso de la política internacional, como lo fue en el caso del apoyo extranjero a los republicanos mexicanos frente al imperio; el apoyo extranjero a los militares revolucionarios frente a la dictadura de Díaz y después contra Huerta, o la culturalmente muy redituable Alianza para el Progreso que benefició al régimen postrevolucionarios de distintos modos.
Esperemos que el jacobinismo discursivo que se ha llegado a tener, tanto desde el gobierno como desde la oposición, no obstaculice mucho la capacidad de despliegue de nuestra política exterior, para poder adelantarnos eficazmente ante cualquier eventualidad que desde Cuba pudiese impactar negativamente a nuestro país.
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Raen Sánchez Torres
[1][1] Véanse los boletines de estadísticas migratorias para México 2024 y 2024 de la OIM, disponibles en https://mexico.iom.int/sites/g/files/tmzbdl1686/files/documents/2026-04/boletin_anual.pdf y https://mexico.iom.int/sites/g/files/tmzbdl1686/files/documents/2025-07/boletin-de-estadisticas-migratorias-para-mexico-2024_0.pdf
[2] Véase https://www.onei.gob.cu/sites/default/files/publicaciones/2025-07/18-educacion_aec2024.pdf

Raen Sánchez Torres
Politólogo e internacionalista, cuenta con una maestría en Estudios Internacionales por el ITESM y un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales por la FCPyS de la UNAM, además de 16 diplomados, seminarios, cursos y talleres especializados en Seguridad Nacional, Seguridad Pública e Inteligencia, impartidos por instancias como la UNAM, ITAM, UDLAP, Policía Nacional Francesa, Real Policía Montada de Canadá, y el Departamento de Justicia de los EEUU.
Profesionalmente se ha desempeñado en el sector público como analista del fenómeno delictivo en el ámbito internacional, el desarrollo de instituciones de seguridad pública, y desde hace más de 10 años como asesor parlamentario tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Como académico, desde 2015 ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.


