El pasado 11 de junio, México volvió a ocupar un lugar excepcional en la historia del deporte mundial. Por tercera ocasión es anfitrión de una Copa del Mundo, un hecho sin precedentes. Ningún otro país había logrado albergar tres ediciones del torneo más importante del planeta. La ceremonia inaugural celebrada en la Ciudad de México no sólo abrió una competencia deportiva; también recordó la capacidad de ciertos acontecimientos para capturar la atención del mundo entero. Hay símbolos que trascienden generaciones. El Estadio Azteca (hoy denominado Estadio Ciudad de México por motivos comerciales durante el torneo) es uno de ellos. Ningún otro estadio ha inaugurado tres Copas del Mundo. En su césped se escribieron algunas de las páginas más importantes de la historia del fútbol. Allí Pelé levantó el trofeo en 1970 y allí Diego Armando Maradona alcanzó la gloria en 1986. No se trata únicamente de un inmueble deportivo; es un espacio cargado de memoria colectiva, un lugar donde el fútbol se convirtió en patrimonio cultural global.
La magnitud del Mundial ayuda a comprender su importancia política y simbólica. Desde hace décadas, la Copa del Mundo supera ampliamente a otros eventos deportivos en términos de audiencia internacional. Mientras el Super Bowl concentra principalmente la atención del mercado estadounidense, el Mundial moviliza espectadores en prácticamente todos los continentes. La final de Catar 2022 alcanzó una audiencia cercana a los mil quinientos millones de personas. Pocos fenómenos culturales contemporáneos poseen una capacidad semejante para concentrar miradas, emociones e identidades nacionales. No es casualidad que sólo diecinueve países hayan tenido la oportunidad de organizar la competencia desde Uruguay 1930. A ellos se suman Italia, Francia, Brasil, Suiza, Suecia, Chile, Inglaterra, México, Alemania, Argentina, España, Estados Unidos, Corea del Sur, Japón, Sudáfrica, Rusia, Catar y Canadá. Veintitrés ediciones del torneo han sido suficientes para convertir la sede mundialista en uno de los reconocimientos internacionales más codiciados por los gobiernos.
Precisamente por ello, los megaeventos deportivos rara vez son sólo deporte. A lo largo de la historia, gobiernos de distintas ideologías han comprendido el potencial político de estas vitrinas globales. Los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 fueron utilizados por el régimen nazi para proyectar una imagen de poder y modernidad. El Mundial de Argentina 1978 se desarrolló en medio de una dictadura militar que buscó mostrar normalidad ante la comunidad internacional. Más recientemente, Rusia 2018 y Catar 2022 estuvieron acompañados por debates sobre derechos humanos, libertades civiles y reputación internacional. En la literatura contemporánea, estos fenómenos suelen analizarse a través del concepto de soft power, desarrollado por Joseph Nye para explicar la capacidad de los Estados de influir mediante la atracción cultural y simbólica más que por la coerción, así como mediante la noción de sportswashing, término popularizado en el periodismo y la academia para describir el uso estratégico del deporte como mecanismo de mejora reputacional o de proyección internacional. Estas perspectivas permiten comprender que los grandes eventos deportivos funcionan también como escenarios de disputa política y construcción de imagen pública.
Sin embargo, la historia demuestra que la narrativa oficial nunca es la única que circula. Cada vez que un gobierno intenta convertir un evento global en una plataforma de prestigio, aparecen voces que buscan aprovechar la misma visibilidad para señalar problemas sociales, políticos o económicos. Brasil 2014 estuvo acompañado por protestas contra el gasto público. Durante México 1968, aunque se trató de unos Juegos Olímpicos y no de un Mundial, el movimiento estudiantil evidenció que la atención internacional también puede transformarse en una oportunidad para la crítica. La lógica es sencilla: si el mundo está mirando, cualquier actor político quiere ser escuchado.
Y aquí aparece la pregunta de fondo. ¿Qué deja realmente un Mundial? La respuesta fácil sería hablar de turismo, derrama económica o infraestructura. Sin duda existen beneficios tangibles, aunque los estudios económicos muestran que suelen ser más modestos de lo que prometen los discursos oficiales. Tampoco desaparecen los problemas estructurales de un país por albergar una competencia deportiva. La desigualdad, la inseguridad, la corrupción o la polarización política continúan existiendo una vez que termina la fiesta. Aun así, sería un error reducir el Mundial a una operación de propaganda o a una simple transacción económica. Lo mejor que deja un torneo de esta magnitud es algo más difícil de medir: la posibilidad de construir momentos compartidos. Durante unas semanas, millones de personas observan las mismas imágenes, conversan sobre los mismos acontecimientos y participan de una experiencia colectiva global. El deporte no resuelve los problemas de una nación, pero sí puede recordarle quién es, cuáles son sus aspiraciones y cómo desea presentarse ante el mundo.
Quizá esa sea la verdadera herencia del tercer Mundial mexicano. No los estadios remodelados ni las cifras de visitantes, sino la oportunidad de reflexionar sobre la distancia que existe entre la imagen que proyectamos y la realidad que vivimos. Porque junto a la celebración apareció una pregunta incómoda: ¿para quién fue realmente esta fiesta? Los boletos oficiales para el partido inaugural en la Ciudad de México tuvieron precios que fueron desde 370 dólares en la categoría más económica hasta 1,825 dólares en la más costosa durante las primeras etapas de venta, cifras que para millones de mexicanos representaban varios meses de ingresos disponibles. A ello se sumaron los incrementos derivados de los sistemas de precios dinámicos y un mercado de reventa que llegó a ofrecer entradas por decenas de miles de pesos e incluso montos extraordinarios para los encuentros más demandados. No se trata de cuestionar la pasión por el fútbol ni la importancia histórica de albergar un tercer Mundial, sino de preguntarnos si los mexicanos fuimos verdaderamente invitados a la celebración o si terminamos observándola desde la pantalla mientras el acceso al estadio quedaba reservado para quienes podían pagar precios cada vez más elevados. Cuando las luces se apagan, los reflectores se marchan y el último aficionado regresa a casa, permanece una interrogante más profunda que cualquier marcador: ¿qué país queremos ser y para quién construimos nuestros grandes acontecimientos cuando el mundo nos observa?
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Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.
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