Otra vez una mujer en política tiene que aguantar el escrutinio, la burla, la descalificación y la violencia “crítica”. Y otra vez, curiosamente, muchos se hacen los sorprendidos… pero solo cuando les conviene.
Lo que pasó con la senadora Andrea Chávez no es un hecho lejano. No empezó ayer. No empezó esta semana. Quienes hemos seguido su trayectoria sabemos que la violencia en su contra ha sido constante: por su edad, por su carácter, por su protagonismo político… y ahora incluso por su embarazo. Como si ser mujer joven y estar esperando un hijo fuera argumento para minimizarla o atacarla.
El caso del funcionario apodado “El Tomatito”, separado del cargo por instrucción del alcalde Marco Bonilla, evidenció algo que muchas mujeres ya sabemos: la misoginia sigue instalada en la política local. Y aunque es correcto que se haya ordenado su separación, lo que preocupa es el silencio selectivo. La indignación a medias. La doble moral.
Porque cuando Daniela Álvarez habló de una denuncia contra el alcalde, ahí sí el tema fue “violencia”, “ataque”, “agravio”. Ahí sí hubo posicionamientos, discursos, defensas públicas. Pero cuando la violencia se ejerce de forma real y directa contra una mujer joven, visible e incómoda para ciertos grupos, entonces muchos prefieren voltear para otro lado.
Y eso es lo que cansa.
La violencia política contra las mujeres no depende del partido. No debería depender de simpatías. No debería activarse solo cuando conviene electoralmente. Pero la realidad es que sí pasa. Y pasa todos los días.
En la política mexicana a las mujeres se nos exige más y se nos perdona menos. Si somos firmes, somos “conflictivas”. Si levantamos la voz, somos “intensas”. Si crecemos rápido, es porque “alguien nos impulsa”. Si estamos embarazadas, entonces “ya no deberíamos estar ahí”. El cuerpo, la edad, la vida personal… todo se vuelve campo de ataque.
Y lo más grave es que muchas veces otros políticos, hombres y mujeres, guardan silencio hasta que el cálculo les favorece.
La violencia política de género no siempre es un golpe frontal. A veces es un comentario “en broma”. A veces es un apodo. A veces es un intento de ridiculizar. A veces es sembrar la idea de que una mujer no está preparada. Pero suma. Y cuando suma durante años, desgasta.
Apoyar a Andrea Chávez en este momento Significa reconocer que existe una línea clara entre la crítica legítima y la misoginia. La crítica es válida en democracia. La violencia no.
No se puede hablar de defensa de las mujeres solo cuando la mujer es de tu partido. No se puede levantar la bandera del feminismo como herramienta electoral y después callar cuando la agredida es la adversaria. Eso no es coherencia. Eso es estrategia.
Chihuahua necesita una política más madura y más congruente. Si vamos a hablar de violencia política, hablemos de todas. Si vamos a exigir respeto, que sea parejo. Si vamos a sancionar, que no dependa del color del partido.
Que hoy se haya separado del cargo al funcionario es un paso correcto. Pero el fondo del problema sigue ahí: la cultura política que normaliza la agresión contra mujeres jóvenes que ocupan espacios de poder.
Las mujeres que decidimos participar en política sabemos que no es terreno fácil. Sabemos que habrá resistencia. Lo que no debería ser normal es tener que defender nuestra dignidad cada semana.
La política necesita competencia de ideas, no ataques al cuerpo, a la maternidad o a la vida personal. Y mientras eso no se entienda, seguiremos señalando y respaldando a quien esté siendo violentada.
Porque si la violencia solo indigna cuando es útil, entonces no es defensa de las mujeres. Es oportunismo.

Ángeles Gómez
Fundadora en 2014 de Ángeles Voluntarios Jrz A.C. dedicada al desarrollo de habilidades para la vida en la niñez y juventud del sur oriente de la ciudad. Impulsora del Movimiento Afromexicano, promoviendo la visibilización y sensibilización sobre la historia y los derechos de las personas afrodescendientes en Juárez.


