Vivimos tiempos donde exigir se ha vuelto casi un reflejo automático. Exigimos resultados inmediatos, respuestas perfectas, decisiones impecables. Exigimos transparencia, austeridad, eficiencia, sensibilidad. Exigimos ética.
Pero pocas veces nos detenemos a formular la pregunta más incómoda de todas:
¿Somos coherentes con aquello que exigimos?
La coherencia no es un eslogan ni una postura para redes sociales. No es un discurso bien estructurado ni una frase contundente en tribuna. La coherencia es una práctica diaria, silenciosa y constante. Y justamente por eso incomoda. Porque no admite atajos.
En la vida pública, la crítica es necesaria. Es sana. Es parte del equilibrio democrático. Señalar errores, cuestionar decisiones y exigir rendición de cuentas fortalece a cualquier sociedad. El problema no está en exigir. El problema surge cuando la exigencia se convierte en herramienta selectiva; cuando el estándar cambia dependiendo de quién esté del otro lado.
Es fácil condenar la promoción personal cuando la realiza el adversario, pero justificarla cuando la hacemos nosotros. Es sencillo criticar el uso de recursos públicos mientras se guarda silencio frente a prácticas similares dentro del propio círculo. Es cómodo pedir soluciones inmediatas para problemáticas que durante años fueron ignoradas por quienes hoy levantan la voz con vehemencia.
Ahí es donde la coherencia deja de ser un concepto abstracto y se convierte en un espejo incómodo.
La ciudadanía ya no solo escucha discursos; observa trayectorias. Analiza antecedentes. Compara posturas. La era de la información ha reducido el margen para la contradicción impune. Y cuando la incongruencia se vuelve evidente, la confianza se erosiona.
En política —y también en la vida personal— la credibilidad no se construye con indignación selectiva. Se construye con consistencia. Con la capacidad de sostener el mismo criterio cuando conviene y cuando no conviene. Con la firmeza de actuar conforme a los principios incluso cuando eso implica costos.
Porque la coherencia muchas veces no genera aplausos inmediatos. Genera respeto a largo plazo.
Hoy vemos debates que parecen más competencias de volumen que de argumentos. Gana quien grita más fuerte, quien lanza la acusación más viral, quien domina la narrativa del momento. Pero el ruido no sustituye a la congruencia. La espectacularidad no reemplaza la ética.
Cuando la crítica se convierte en oportunismo, pierde fuerza moral. Cuando la exigencia carece de ejemplo, pierde legitimidad. Y cuando el discurso cambia según la conveniencia política, la ciudadanía lo percibe.
La coherencia implica algo más profundo: asumir responsabilidad. Reconocer que ningún proyecto, ningún partido, ningún liderazgo es perfecto. Implica aceptar errores con la misma claridad con la que se señalan los ajenos. Implica actuar con el mismo rigor interno que se exige externamente.
Eso es lo que verdaderamente fortalece a una democracia: no la ausencia de críticas, sino la presencia de congruencia.
También como ciudadanos tenemos esa tarea. No podemos exigir participación si no participamos. No podemos reclamar transparencia si normalizamos prácticas opacas en lo cotidiano. No podemos pedir ética pública mientras toleramos pequeñas faltas privadas. La coherencia no es exclusiva de quienes ocupan un cargo; es una responsabilidad compartida.
Y sí, la coherencia incomoda. Incomoda porque obliga a alinear palabra y acción. Porque elimina la posibilidad de adaptarnos según el público o la coyuntura. Porque exige una postura firme, incluso cuando eso significa ir contra la corriente.
Pero también es el valor que sostiene la confianza. Es el cimiento invisible sobre el cual se construyen liderazgos sólidos. Es lo que diferencia una estrategia temporal de una convicción auténtica.
Tal vez el verdadero debate que necesitamos no es quién critica mejor, sino quién vive con mayor congruencia. No es quién señala más errores, sino quién actúa con mayor coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace.
En tiempos de polarización y desconfianza, la coherencia es una necesidad.
No siempre es popular.
No siempre es cómoda.
Pero siempre es poderosa.

Karina Villegas
Activista social, licenciada en Administración de Empresas por el ITCJ y emprendedora con enfoque humano. Cree firmemente en que la participación ciudadana transforma realidades. Desde cada espacio que ocupa, impulsa causas que fortalecen la voz colectiva y la construcción de comunidad con visión solidaria y acción constante.


