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febrero 24, 2026 | 7:22

La Caída de “El Mencho”: Un pequeño paso para el hombre un gran paso para los mexicanos

Publicado el

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Hay momentos en los que México se parece al deber ser: que el Estado se imponga frente al crimen organizado. Esta semana ocurrió uno de esos momentos. De acuerdo con reportes de prensa, Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del CJNG, fue abatido por fuerzas federales en un operativo en Jalisco.

Y sí: más allá de lo que se piense de la política, esto pinta como un golpe mayor. No hablamos de “un generador de violencia” más. Hablamos del jefe de una organización que se hizo famosa por lo peor: capacidad de fuego, disciplina operativa, expansión territorial, control social por terror y una proyección internacional que ya no se parece a la vieja narcocultura de antaño, sino a una maquinaria empresarial-criminal con logística, finanzas, propaganda y “franquicias”.

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Pero ¿qué pedo con “El Mencho”? Durante años, “El Mencho” fue el símbolo de un cártel que creció a base de brutalidad y eficiencia. El CJNG no solo traficaba: diversificó en extorsión, cobro de piso, robo de combustible, control de rutas y captura de economías locales. Y lo peor: su negocio estrella se fue amarrando al veneno que hoy define la conversación global sobre seguridad: opioides sintéticos y mercados transnacionales.

Por eso, cuando se habla de su caída, no es un “trofeo mediático”. Es un mensaje: si el Estado quiere, puede. Y si puede con un objetivo así, puede —en teoría— con lo que sigue: estructuras regionales, brazos financieros, redes de protección, y la industria del lavado.

Aquí entra lo que muchos pasan por alto: esto también es política exterior.

Primero, porque el tema de cárteles ya es una conversación diaria en Washington. En los últimos años, la presión estadounidense por resultados en seguridad y tráfico de drogas se volvió un tema de Estado. Y en estas horas, el eco se sintió del otro lado de la frontera: en Texas, el gobernador Abbott anunció un “surge” de seguridad fronteriza tras la noticia.

Segundo, porque hay reportes de que el operativo tuvo componente de información compartida con Estados Unidos, y que esa cooperación fue reconocida públicamente en la narrativa. En geopolítica eso significa una cosa: México está diciendo “sí puedo” y “sí coopero”, pero en mis términos, con mis fuerzas y en mi territorio.

Tercero, porque esto pega directo a la confianza internacional. México está compitiendo por inversión, por cadenas de suministro, por nearshoring. Y no se puede vender estabilidad cuando una organización criminal puede paralizar carreteras, incendiar vehículos y condicionar regiones enteras. En las horas posteriores, se reportaron bloqueos en distintos puntos del país, y Harfuch habló de decenas de bloqueos.

Ahora, nadie serio puede celebrar la violencia. Lo que se puede (y se debe) reconocer es la capacidad operativa del Estado cuando decide actuar.

También hay un dato duro que no se puede esconder: hubo bajas de fuerzas federales; medios reportan que la Defensa lamentó fallecimientos de elementos en el operativo. Esto no es un videojuego. Esto es el Estado enfrentando a un enemigo real, armado, con inteligencia propia, con halcones, con recursos y con cultura de guerra.

Justamente por eso, el mensaje importante es otro: se acabó el mito de la intocabilidad.

Si el operativo se sostiene y se documenta bien, la señal política es clara: mano dura, pero con inteligencia, no con ocurrencias. No con show. No con discursos de plaza. Con trabajo de seguimiento, coordinación y ejecución.

En política, los hechos no solo pasan: se capitalizan.

Para Omar García Harfuch, esto lo coloca como el rostro de una estrategia que sí está buscando objetivos de alto impacto, y que además aguanta presión pública en horas de caos. Hay notas que recogen su confirmación de la muerte y su narrativa de “hito” en la lucha contra el narco.

Para Claudia Sheinbaum, el beneficio es incluso más amplio: la seguridad es el tema que más rápido define gobiernos. Si su administración logra que este golpe no se traduzca en una espiral de violencia interminable, sino en desarticulación real (finanzas, mandos regionales, armas, lavado), entonces puede presumir algo que México lleva años esperando: autoridad efectiva.

Y sí, hay un punto fino: la caída de un líder así puede abrir dos escenarios: fragmentación (y guerra interna), o debilitamiento (si el Estado aprovecha). Por eso, esto no se mide solo por la noticia del día; se mide por lo que pase en las siguientes semanas.

Muchos van a comparar esto con el ciclo “El Chapo”. Pero son fenómenos distintos.

El “Chapo” fue —en buena parte— el símbolo del narco como mito: túneles, escapes, culto mediático. El CJNG, en cambio, se vendió como operación: expansión agresiva, control territorial, violencia ejemplarizante. Y “El Mencho” fue la pieza central de ese diseño.

Por eso, la lectura correcta no es “se cayó un capo”. La lectura correcta es: se golpeó al comando de una estructura que había convertido la violencia en método de administración.

La parte incómoda —y la más importante— viene después.

Si esto se queda en “ya lo abatimos” y luego todo vuelve a la normalidad criminal, el golpe se diluye. Pero si la caída se convierte en operaciones espejo: congelamiento de cuentas, redes de lavado, control de aduanas críticas, puertos, rutas, gasolina robada, extorsión regional, y control territorial con presencia institucional, entonces sí: estaríamos ante un cambio serio.

Porque el verdadero éxito no es abatir a un líder. El verdadero éxito es que ya no nazca otro igual en el mismo ecosistema de impunidad.

Hoy, el Estado dio un golpe fuerte. Y por primera vez en mucho tiempo, se siente que alguien en el gobierno entiende lo básico: la paz no se mendiga; se garantiza.

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Alvin Álvarez Calderón

Político y abogado chihuahuense con experiencia legislativa y empresarial. Exsubdelegado de PROFECO, ex dirigente del PVEM en Ciudad Juárez y cofundador de Capital and Legal. Consejero en el sector industrial y financiero, promueve desarrollo sostenible e inclusión social.

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