En días pasados, miles de juarenses se dieron cita en una nueva edición de Juárez en la Juárez. La escena fue, en muchos sentidos, la que queremos ver más seguido: familias conviviendo, música llenando el ambiente, comida, risas y una ciudad que, por unas horas, se siente viva, cercana, comunitaria.
Ese Juárez existe. Y vale la pena celebrarlo.
Pero también existe el otro Juárez. El que aparece al día siguiente.
Calles cubiertas de basura, residuos acumulados en esquinas, botellas, empaques, restos de una noche que dejó huella… pero no precisamente la que queremos recordar. La cantidad de desechos sólidos urbanos generados fue, sin exagerar, obscena. Y ahí es donde la postal cambia: de comunidad a descuido, de convivencia a indiferencia. que nos obliga a mirarnos al espejo y preguntarnos: ¿qué estamos haciendo para mantener limpia la ciudad que tanto amamos?
Porque sí, podemos organizar eventos exitosos. Pero la verdadera prueba está en cómo dejamos la ciudad después de ellos.
Es justo reconocer que desde el gobierno municipal – encabezado por Cruz Pérez Cuellar –, se han impulsado acciones constantes para atender este problema. Dependencias varias, encabezadas por perfiles activos como el de Daniela González Lara, han emprendido jornadas de destilichadero, deshierbado y recuperación de espacios públicos en distintos puntos de la ciudad por medio de la limpieza activa. A esto se suma el apoyo del Ejército y, sobre todo, de ciudadanos que sí están dispuestos a involucrarse.
Incluso, en zonas como la Valle del Sol, ya se han dado pasos importantes con proyectos de separación de residuos, promoviendo una cultura distinta: una donde la basura deja de ser un problema invisible y comienza a gestionarse con responsabilidad.
El esfuerzo está. La pregunta es si como sociedad estamos a la altura.
Porque Juárez sigue siendo una ciudad sucia, no por falta de intentos institucionales, sino por una realidad más incómoda: la limpieza no depende solo del gobierno, depende de todos.
Hace unos días, en una conversación con un ciudadano comprometido, surgió una idea interesante. Más allá de su forma, el fondo es poderoso: ¿y si convertimos la limpieza en un reto colectivo por medio de un torneo de colonias limpias?
Imaginar colonias organizándose, compitiendo sanamente por ser las más limpias —no las más bonitas, sino las más responsables— no es descabellado. Un esquema donde se reconozca el esfuerzo comunitario, donde se premie a quienes mantienen sus frentes dignos, sus calles limpias y sus áreas verdes vivas.
Incentivos claros: mejoras urbanas, rehabilitación de parques, atención prioritaria a servicios. Pero también consecuencias para quienes, de manera reiterada, deciden no participar en el cuidado del entorno. No desde el castigo desmedido, sino desde la corresponsabilidad: quien no cuida, debe contribuir de alguna forma a reparar.
La lógica es simple: la ciudad que queremos no se construye sola.
Y aquí es donde entra el punto clave. Podemos tener más eventos, más programas, más campañas… pero si cada quien no asume su responsabilidad mínima —no tirar basura, cuidar su entorno inmediato, participar— todo esfuerzo será insuficiente.
Juárez no necesita solo más cuadrillas de limpieza. Necesita más ciudadanos comprometidos.
Porque una ciudad limpia no es la que más se barre, es la que menos se ensucia.
La próxima vez que vivamos una noche como Juárez en la Juárez, hagamos algo distinto: disfrutemos igual, pero recojamos más; convivamos igual, pero cuidemos mejor; celebremos igual, pero pensemos en el día siguiente.
Al final, la verdadera fiesta no está en lo que vivimos una noche… sino en la ciudad que decidimos construir todos los días. Porque cuando todos ponemos nuestro granito de arena, Juárez no solo se ve mejor: se siente mejor, se vive mejor y se hereda mejor.

César Calandrelly
Comunicólogo / Analista Político


