Háblame del PRI

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“Háblame del PRI… ¿Cuántos años tienes y a qué te dedicas?”

Quizá para muchos esa pregunta pueda parecer simple, incluso sonar a anécdota. Pero, para quienes tuvimos una formación política dentro de las filas del Partido Revolucionario Institucional, hablar del PRI no es solamente hablar de un partido. Es hablar de una escuela política, de una forma de entender el servicio público, de una generación formada entre capacitaciones, recorridos, oficinas nacionales, debates internos, estructuras juveniles, pasillos del Senado y edificios públicos donde muchos jóvenes aprendimos que la política no se improvisa: se estudia, se camina y se construye.

Mi formación política fue dentro del PRI, ahí en Insurgentes, entre Héroes Ferrocarrileros y Luis Donaldo Colosio, en CDMX. Y digo formación porque eso fue exactamente. Ahí aprendimos disciplina, territorio, estructura, discurso, negociación, institucionalidad y, sobre todo, la importancia de hacer política con sentido de responsabilidad. No todo fue perfecto, por supuesto. Sería absurdo negar los errores, los excesos y las etapas que marcaron distancia entre el partido y una parte importante de la sociedad. Pero también sería injusto pretender explicar la política moderna de México sin reconocer el peso histórico del priismo.

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Por eso me gustaría empezar esta reflexión con una frase de Luis Donaldo Colosio, pronunciada en aquel discurso del Monumento a la Revolución, que para muchos priistas sigue teniendo una fuerza especial:

“Por supuesto que no hemos estado exentos de errores, pero difícilmente podríamos explicar el México contemporáneo sin la contribución de nuestro partido. Por eso, pese a nuestros detractores y a la crítica de nuestros opositores, somos orgullosamente priístas.”

Esa frase no era solamente una defensa partidista. Era una definición política. Colosio entendía algo que sigue siendo vigente: los partidos no pueden vivir solamente de su historia, pero tampoco pueden renunciar a ella. Y por la historia del PRI han pasado miles de perfiles relevantes para todas las corrientes políticas de México; digo, hasta el presidente Andrés Manuel López Obrador fue dirigente estatal de este partido. La historia no debe ser pretexto para la comodidad, pero sí puede ser punto de partida para la renovación.

Y eso es lo que hoy vuelve a ponerse sobre la mesa con lo ocurrido en Coahuila. El resultado electoral preliminar dejó una señal política muy clara: el PRI, acompañado por la UDC, volvió a demostrar que donde hay estructura, identidad, gobierno, operación territorial y militancia, todavía hay partido. No se trató solamente de ganar; se trató de ganar con una contundencia que pocos esperaban ver nuevamente en estos tiempos.

En los 16 distritos de mayoría relativa, la coalición encabezada por el PRI se perfiló con ventaja. Eso, en el lenguaje político mexicano, se traduce en una expresión que muchos creían archivada: carro completo. Pero, más allá de la frase, el mensaje de fondo es otro: la política territorial sigue viva. Las estructuras importan. La militancia importa. La marca importa, sí, pero no sustituye al trabajo de tierra.

Durante los últimos años se ha repetido mucho que el PRI ya no representaba una fuerza nacional determinante. Y puede ser cierto que el partido dejó de tener el peso que tuvo durante décadas. Pero Coahuila demuestra que un partido no desaparece mientras conserve algo más profundo que una dirigencia: cuadros, identidad, memoria, territorio y una militancia que todavía se reconoce a sí misma.

Ahí está una de las grandes diferencias entre un partido electoral y un instituto político de formación. El PRI, con todos sus claroscuros, fue durante décadas un espacio de construcción de cuadros. De ahí surgieron gobernadores, legisladores, alcaldes, operadores, técnicos, abogados, economistas, liderazgos juveniles, dirigentes seccionales y perfiles que entendían la administración pública desde abajo. El PRI no solamente postulaba candidatos; los formaba. No solamente buscaba votos; construía escuela. No solamente hacía campañas; generaba método.

Esa parte, que muchas veces se menosprecia, es precisamente lo que no han logrado replicar otros partidos. Muchos han tenido victorias electorales, coyunturas favorables, liderazgos carismáticos o marcas altamente competitivas. Pero una cosa es ganar elecciones y otra muy distinta es formar instituciones políticas capaces de sobrevivir a sus propios liderazgos.

Ahí también aparece una lección para Morena. Morena logró convertirse en la principal fuerza política del país con una rapidez impresionante. Nadie puede negar su capacidad de movilización, su conexión con amplios sectores sociales y su fuerza nacional. Pero el reto de Morena ya no es ganar únicamente por arrastre nacional; ahora su desafío es construir cuadros propios, liderazgos locales, estructuras reales y militancias escuchadas. Porque, cuando un partido crece demasiado rápido, corre el riesgo de sustituir la formación por la imposición, el debate por la línea y la militancia por el cálculo electoral, o a que se infiltren liderazgos que busquen el poder por el poder y no por convicción.

Eso fue, precisamente, uno de los errores que el PRI pagó durante muchos años. Cuando la militancia dejó de sentirse escuchada, cuando las candidaturas empezaron a verse como decisiones tomadas desde arriba, cuando el territorio se subordinó a los acuerdos de escritorio, el partido comenzó a perder una parte de su esencia. La gente no se aleja de un partido de un día para otro; se aleja cuando siente que ya no cuenta.

Por eso lo de Coahuila no debe leerse solamente como una victoria del PRI ni como una derrota de Morena. Debe leerse como una advertencia para todos los partidos: sin militancia no hay futuro; sin cuadros no hay gobierno; sin territorio no hay estructura; y sin identidad no hay proyecto político que resista el paso del tiempo.

También hay otra lectura importante: las alianzas no pueden ser solamente matemáticas. Cuando los partidos compiten separados, se revela su fuerza real. Y lo que ocurrió en Coahuila deja preguntas duras para varias fuerzas políticas que, fuera de una alianza, mostraron una debilidad preocupante. Eso obliga a revisar con seriedad cómo se están construyendo las coaliciones rumbo a las próximas elecciones. Porque una alianza puede sumar votos, pero también puede ocultar la falta de estructura propia. Y cuando llega el momento de competir solos, la realidad aparece sin maquillaje.

El PRI tiene mucho que aprender de su propia historia. No puede conformarse con celebrar una victoria local ni pensar que Coahuila, por sí solo, resuelve sus desafíos nacionales. Pero sí puede entender que ahí hay una ruta: volver a escuchar a la militancia, reconstruir formación política, abrir espacios a nuevos cuadros, recuperar identidad y dejar de actuar únicamente como un partido de coyuntura electoral.

La política no se trata solamente de ganar una elección. Se trata de formar generaciones. Se trata de preparar mujeres y hombres capaces de debatir, gobernar, administrar, legislar y representar. Se trata de entender que los partidos no son franquicias electorales, sino instituciones públicas con responsabilidad democrática.

Por eso, cuando alguien me pregunta por el PRI, no puedo responder únicamente desde la nostalgia. Respondo desde la experiencia. Ahí me formé. Ahí aprendí que la política exige oficio. Ahí entendí que un partido puede equivocarse, corregirse y volver a levantarse si mantiene viva su base más importante: su militancia.

Coahuila no significa que el PRI haya resuelto todos sus problemas. Pero sí significa que el PRI todavía tiene algo que muchos partidos quisieran tener: estructura, memoria, identidad y una escuela política que, con sus defectos y sus virtudes, marcó la vida pública de México.

Y quizá esa sea la gran lección de este momento. Los partidos que quieran sobrevivir no deben limitarse a ganar elecciones; deben formar cuadros. No deben imponer candidaturas; deben escuchar a su militancia. No deben depender de una sola figura; deben construir instituciones.

Porque, al final, la política mexicana puede cambiar de colores, de discursos y de generaciones. Pero hay verdades que permanecen: sin estructura no hay permanencia, sin militancia no hay partido y sin formación política no hay futuro.

ADN Alvin Alvarez
Alvin Álvarez Calderón

Político y abogado chihuahuense con experiencia legislativa y empresarial. Exsubdelegado de PROFECO, ex dirigente del PVEM en Ciudad Juárez y cofundador de Capital and Legal. Consejero en el sector industrial y financiero, promueve desarrollo sostenible e inclusión social.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

 

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