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febrero 6, 2026 | 15:15

Esclavos

Publicado el

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Land of Confusion / Disturbed (2005)

“This is the world we live in, and these are the hands we’re given.
Use them and let’s start trying to make it a place worth fighting for.”

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En un país donde un ministro da órdenes con el pie mientras habla de justicia social, la confusión ya no es símbolo: es sistema.
Esta frase nos grita lo que callamos: este mundo, el que heredamos, no se arregla con discursos sacados de ideas vacías, se cambia con actos o no se cambia y cuando el poder se disfraza de pueblo para humillar al pueblo… entonces es el pueblo el que debe recordar para qué tiene las manos.

Mientras algunos insisten en usar su origen étnico como credencial de virtud, conviene recordar que los mixtecos no fueron ajenos al sometimiento ni a la colonización, antes de la llegada de los españoles, ya vivían bajo la sombra del imperio mexica, que los obligaba a tributar con textiles, oro, cacao y cautivos, si, los obligaban y ya los tenían hasta la coronilla, por cierto. Su resistencia fue fragmentada, su autonomía relativa, estos eran un pueblo sofisticado, con códices, linajes nobles y ciudades poderosas, pero también fueron doblegados, divididos, empujados a pactar.

Cuando llegaron los españoles, no hubo alianza gloriosa, sino adaptación tardía. Los caciques se acomodaron al nuevo régimen, conservaron sus títulos, se hispanizaron sin ruido, otros fueron barridos por la evangelización, la viruela, el despojo, total en ninguno de los casos hubo “pureza” que resistiera intacta.

La identidad mixteca sobrevivió, sí, como muchas otras y gracias al mestizaje por cierto, pero nunca como bandera de poder, sobrevivió en el margen, en la lengua, en la costura, en el lodo, en la espalda cargada, en la cocina.

Por eso resulta tan ofensivo que hoy, un ministro presidente se arrogue esa raíz como si fuera una licencia para el abuso, una coartada estética para sus desplantes, una marca que le permite presentarse como encarnación del “México profundo” mientras se comporta con la arrogancia de los de siempre.

Una imagen lo resume todo: el ministro, con las manos en los bolsillos, recibiendo lustre de zapatos de dos asistentes, una de ellas mujer y el, encorvado, dando instrucciones con el pie (que eso es prepotencia pura), señalando, como hacían los capataces en el virreinato, dónde falta limpieza, lo mas repugnante es que o hubo ni un ademán para evitarlo o ya de perdida de cortesía, ni un “gracias”, ni una inclinación mínima de respeto y a mi eso me hace pensar que esta ya muy acostumbrado, bueno todos los involucrados; refleja ser la autoridad cómoda de quien cree merecerlo todo por el lugar desde donde dice venir.

La escena es brutal, porque no sólo revela clasismo (ese que dice combatir), no solo denota arrogancia (esa que la 4T dice detestar). Revela una forma muy mexicana de hipocresía: usar el discurso del pueblo para sostener los viejos privilegios.

Y no faltó la cereza en la nata, literal, cuando se le preguntó por la escena, el ministro respondió que el “problema” fue que se le cayó el café con nata. Lo dijo con esa falsa ligereza del político que quiere sonar campechano, cercano, popular, como diciendo, “soy humilde y muy mexicano”, así que hablemos de la nata jaja, verá usted, la nata no es mexicana, es europea, si caray, perdón pero causa hilaridad tanta torpeza por ignorancia, esta llega a estas tierras como sinónimo de elegancia, de distinción, de merienda burguesa, si esa que les castra a este personaje y sus compas. En Francia, café crème. En Austria, kaffee mit schlag, en Italia, caffè con panna y en México, durante el porfiriato, la nata era cosa de hacienda, de señorío rural, jamás de pueblo, de casona ¡de “clase acomodada” pues!

Y es que no hay nada auténticamente mexicano en los gestos del ministro, ni su bebida, ni su forma de mandar, ni su aire de suficiencia, porque un verdadero mexicano, ese que él dice representar, no da órdenes con el pie, no permite que una mujer, UNA MUJER, se agache a nada frente a él, menos le pula los zapatos mientras él mira al horizonte como quien espera aplausos.

Tampoco hay humildad en disfrazarse de pueblo para conservar el poder desde las cúpulas más opacas del Estado, ni hay dignidad en pronunciar discursos en lengua indígena el mismo día que se protagoniza una escena que bien pudo haber ocurrido en tiempos de la Nueva España.

No se trata de cómo te vistes, aunque sí, un ministro presidente que se asuma como símbolo de modernidad, bien podría usar traje y corbata con decoro, dar el ejemplo con su lenguaje corporal, su sobriedad, su disciplina, hasta hacer ejercicio, sí, leer más por el amor de Dios, escuchar más, menos dialecto ensayado, más ciudadanía en serio. En este caso el problema no es el café, el problema es la nata ideológica que cubre todo esto, esa capa espesa de discursos reciclados, de símbolos rentados, de poses populistas que intentan vender como revolucionarias las mismas prácticas elitistas de siempre.

La Cuarta Transformación, esa que prometía regenerar la vida pública, hoy parece esclava de sus propias palabras; dice representar al pueblo, pero aplaude a quienes actúan como virreyes, se dice diferente, pero perpetúa los peores rituales del poder; exalta la unidad, pero divide con cada apelación al origen, al apellido, al color de piel, al acento, al “nosotros contra ellos”.

Y aquí el punto final: el verdadero valor del México moderno no está en distinguir diferencias, sino en superarlas, no es el apellido lo que te hace digno, es tu conducta, no es la lengua que hablas, sino la forma en que tratas a los demás y no es la raíz étnica la que justifica un cargo: es la decencia con la que lo ejerces.

Mis lectores, de verdad deseo que coincidan conmigo, somos un país mestizo, una nación compleja, entreverada, contradictorio, pero también deberíamos ser, una unidad moral y ética en el correcto uso de la palabra, en el momento en que convertimos la identidad en arma, la pureza en privilegio, nos volvemos racistas, aunque creamos estar defendiendo lo justo.

Con esto les digo que la verdadera inclusión no se nota, esta se vive, se respira en los gestos, en los silencios y en el respeto, se expresa cuando un ministro, en vez de ordenar con el pie, se agacha, recoge su café y le dice “gracias” a quien le ayuda, si es que fue el café, fijese como le doy crédito a sus disculpas vacías, porque claro que no fue eso, claro que esa es una práctica diaria y vaya usted a saber que mas excentricidades no ha de pedir a los que el claramente considera “esclavos modernos”, cuando la 4t, y en especial este personaje, están siendo esclavos de sus propias palabras… y actitudes.

Así, con algo tan simple, empezaría la transformación que de verdad necesitamos.

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Alfonso Becerra Allen

Abogado corporativo y observador político, experto en estrategias legales y asesoría a liderazgos con visión de futuro. Defensor de la razón y la estrategia, impulsa la exigencia ciudadana como clave para el desarrollo y la transformación social.

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