La tragedia del Tren Interoceánico no solo descarriló una obra: descarriló el discurso entero de la llamada transformación. El país vio, sin filtros ni propaganda, lo que ocurre cuando un gobierno se obsesiona con construir monumentos para la historia mientras deja de lado lo más básico: que no se caigan, que no maten, que funcionen. El expresidente prometió progreso; lo que entregó fue una colección de ruinas prematuras y la presidenta, en lugar de romper con ese legado, decidió heredarlo como si fuera una reliquia sagrada.
El expresidente convirtió el Tren Interoceánico en su altar personal, lo anunció como si fuera la obra que demostraría que él tenía razón y todos los demás estaban equivocados. Lo defendió con la misma vehemencia con la que descalificó a quienes advirtieron fallas y en medio de ese culto a sí mismo, soltó la frase que debería haber encendido todas las alarmas: uno de sus hijos participó como “asesor honorario”. En un país serio, eso sería un escándalo aquí lo presentaron como si fuera un acto de transparencia. El país se acostumbró a lo inaceptable, y hoy paga el precio.
La presidenta con A reaccionó a la tragedia con la misma tibieza que ha marcado su arranque. No solo repitió las condolencias de catálogo y las promesas de investigación que ya nacen muertas: presumió, como si fuera un logro, que el gobierno entregaría 30 mil pesos a los afectados, una cifra que presentaron como apoyo cuando en realidad es una dádiva más, el único recurso que parecen conocer para intentar tapar el desastre. Treinta mil pesos, como si una vida, una familia rota o un futuro truncado tuvieran precio, como si el país debiera agradecer limosnas en lugar de exigir responsabilidad. No hubo liderazgo, no hubo ruptura, no hubo un solo gesto que mostrara independencia, solo la misma continuidad disfrazada de sensibilidad social.
El Tren Interoceánico no es un accidente: es un síntoma. Un síntoma de un modelo de gobierno que desprecia la técnica, que ridiculiza a los expertos, que convierte cualquier advertencia en un ataque político. Un modelo que prefiere inaugurar obras a medias antes que garantizar que no se desplomen queconfunde prisa con eficiencia, propaganda con resultados, lealtad con capacidad. Y cuando se gobierna así, la realidad termina cobrando vidas.
El expresidente dejó un país lleno de obras que funcionan solo en los discursos. Un aeropuerto que opera a medias, una refinería que no refina, un tren que se cae antes de arrancar y la presidenta con A, en lugar de corregir, decidió continuar el ritual: proteger el legado, repetir el discurso, sostener la narrativa aunque la evidencia la contradiga con cadáveres. El país no necesitaba una sucesora; necesitaba un freno de emergencia; pero lo que obtuvo fue una administradora del mismo desastre.
La tragedia del Tren Interoceánico debería ser un punto de quiebre. Pero no lo será no mientras el poder siga atrapado en la necesidad de defender un legado que se desmorona a pedazos, mientras ella siga actuando como guardiana del proyecto del expresidente en lugar de asumir el suyo. No mientras la vida humana siga siendo un daño colateral de la propaganda.
México no necesita más megaobras hechas al vapor ni más discursos de autocelebración. Necesita un gobierno que entienda que la seguridad no se improvisa, que la técnica no es enemiga, que la crítica no es traición pero mientras el poder siga obsesionado con proteger la narrativa del pasado, las tragedias seguirán ocurriendo y cada una será un recordatorio de que la llamada transformación no fue un proyecto de país, sino un proyecto de ego.

Aldonza González Amador
Criminóloga y Empresaria Juarense
Actualmente Presidenta del Organismo Nacional de Mujeres Priistas en el Estado de Chihuahua (ONMPRI) y Estudiante de Administración de Empresas en la Universidad de la Rioja España.
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