El arranque de la temporada de la Liga de Fútbol Americano Profesional ha devuelto a Chihuahua la energía de sus gradas. La afición responde y el entusiasmo crece alrededor de los Caudillos. Sin embargo, en medio de ese ambiente festivo, presencié una escena que obliga a una reflexión más profunda sobre cómo vivimos la Constitución fuera del papel.
Mientras un joven porrista participaba en el espectáculo desde la cancha, desde la tribuna surgieron gritos despectivos llamándolo “loca”. El episodio, más que aislado, revela una práctica normalizada: la violencia disfrazada de humor o pasión deportiva. Nos recuerda que el respeto constitucional no se limita a tribunales; es un pacto cotidiano que se pone a prueba, incluso, en un estadio.
El artículo primero constitucional prohíbe toda distinción que atente contra la dignidad humana. Sin embargo, en las gradas persiste la idea de que el talento puede ser invalidado por prejuicios. Suponer que alguien ocupa ese espacio por “cuota” y no por mérito es una forma de discriminación que empobrece al deporte y a la sociedad. ¿En qué momento dejamos de admirar el esfuerzo para juzgar la diferencia?
La respuesta del joven no fue confrontación, sino profesionalismo: continuó con su participación. Desde la tribuna, algunas personas decidimos apoyarlo. Fue un gesto mínimo, pero necesario. La dignidad no solo se defiende desde quien resiste, sino también desde quien decide no ser espectador del agravio. La omisión también construye entornos hostiles.
Los espacios deportivos no son ajenos a los derechos humanos. También ahí se forman valores. Vale reconocer a la organización de los Caudillos por abrir espacios al talento sin distinción. La inclusión real no se anuncia: se practica. Y cuando ocurre, eleva el estándar de toda la comunidad.
Como dijo Nelson Mandela: “El deporte tiene el poder de transformar el mundo”. Pero esa transformación no ocurre por sí sola. Se construye cuando entendemos que la Constitución no es un documento distante, sino una guía de comportamiento diario.
El verdadero triunfo no está solo en el marcador, sino en lograr que el respeto, la igualdad y la dignidad sean las únicas reglas que no se negocian en nuestras gradas.
Es justo reconocer el liderazgo de Omar Ginter y su equipo al frente de los Caudillos, no solo por lo deportivo, sino por el compromiso social y de derechos humanos que han demostrado. La afición ha crecido y se ha fortalecido junto con el equipo, y todo apunta a una temporada prometedora dentro y fuera del campo. Cuando una organización apuesta por el talento con responsabilidad social, también construye comunidad.

Georgina Bujanda
Licenciada en Derecho por la UACH y Maestra en Políticas Públicas, especialista en seguridad pública con experiencia en cargos legislativos y administrativos clave a nivel estatal y federal. Catedrática universitaria y experta en profesionalización policial.
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.


