En los grandes debates geopolíticos se habla de soberanía, de intervenciones, de amenazas y de discursos altisonantes entre presidentes. Pero en Ciudad Juárez, lejos de los salones del poder, la política internacional tiene otro rostro: el de hombres, mujeres y niños venezolanos que durmieron en la banqueta, cargan su vida en una mochila y esperan, con paciencia forzada, una oportunidad para seguir adelante.
Aquí, en esta frontera históricamente marcada por la migración, los venezolanos no llegaron por moda ni por cálculo político. Llegaron porque quedarse ya no era una opción.
Salieron de un país donde el salario dejó de alcanzar para comer, donde conseguir medicinas se volvió una odisea y donde la incertidumbre se volvió parte de la rutina diaria. Salieron empujados por una crisis que no se mide solo en cifras macroeconómicas, sino en platos vacíos, hospitales sin insumos y familias rotas por la necesidad.
Juárez los ha visto llegar después de atravesar selvas, desiertos, ríos y fronteras hostiles.
Muchos cruzaron el Tapón del Darién; otros caminaron semanas enteras. Cada paso fue una decisión extrema, tomada no por ambición, sino por supervivencia. Y al llegar aquí, el sueño americano se transforma con frecuencia en una espera larga, incierta y dolorosa.
Los albergues que estuvieron saturados, las noches a la intemperie, la ansiedad frente a una cita migratoria que no llega o una deportación que los regresa al punto de partida, forman parte del día a día de estos migrantes. No son números en una estadística: son padres que no saben cómo explicarles a sus hijos por qué hoy tampoco habrá cena completa; son jóvenes que dejaron estudios truncos; son adultos mayores que nunca imaginaron terminar su vida en tránsito.
Desde esta frontera entendemos algo que a veces se pierde en el ruido político: la migración venezolana es un éxodo forzado, no una elección libre. Nadie abandona su país, su acento, sus afectos y su historia si no está acorralado por la necesidad. Y cuando los vemos aquí, esperando cruzar a Estados Unidos, no buscan privilegios; buscan estabilidad, trabajo, un futuro posible.
La discusión internacional sobre Venezuela —intervención o soberanía, liberación o agresión— corre el riesgo de volverse estéril si no pone en el centro a las personas. Porque mientras los gobiernos se enfrentan con declaraciones y estrategias, el costo lo sigue pagando el pueblo venezolano, dentro y fuera de su territorio.
Ciudad Juárez, con todas sus propias heridas y desafíos, se ha convertido una vez más en espejo de una tragedia regional. Esta frontera nos recuerda que las crisis nacionales ya no se quedan dentro de las fronteras: caminan, migran, piden ayuda y se instalan en nuestras calles. Ignorarlas no las desaparece.
Como periodistas, como ciudadanos y como sociedad, la pregunta no es solo qué postura geopolítica es correcta, sino qué estamos dispuestos a hacer frente al sufrimiento humano que tenemos enfrente. Porque cuando la política falla, es la gente común la que carga con las consecuencias. Y hoy, en Juárez, ese rostro tiene acento venezolano.

Nora Sevilla
Comunicadora y periodista experimentada, actualmente Jefa de Comunicación en Cd. Juárez del Instituto Estatal Electoral y Tesorera en la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez. Experta en marketing político y estrategias de relaciones públicas, con sólida carrera en medios de comunicación.


