El anuncio del cierre temporal del Aeropuerto Internacional de El Paso por algunas horas fue, en apariencia, un hecho técnico y acotado. En la práctica, fue un recordatorio brutal de una verdad que muchos gobiernos siguen sin entender del todo: Juárez y El Paso no son ciudades vecinas, son una misma región partida por una línea política.
Cancelaciones de vuelos, pasajeros varados, retrasos en cadenas de traslado, suministro y un nerviosismo que se propagó rápido, como suele pasar en una región donde todo está interconectado. No fue solo un problema aeroportuario: fue un golpe simbólico al corazón de una zona binacional que funciona como un solo organismo.
Porque conviene decirlo claro: cuando El Paso se detiene, Ciudad Juárez lo resiente, y viceversa. Miles de personas cruzan diariamente para trabajar, estudiar, atenderse médicamente o hacer negocios. El aeropuerto no es un lujo ni una comodidad, es una infraestructura estratégica para una región que vive del movimiento constante. Su cierre, por breve que sea, expone lo frágil que puede ser la normalidad fronteriza cuando algo se sale del guion.
Las reacciones del lado estadounidense no tardaron. El alcalde de El Paso hizo un llamado a la calma, subrayando que la seguridad era la prioridad absoluta y que las medidas tomadas buscaban proteger a la población, aunque recrimino fuertemente la falta de comunicación e insensibilidad del gobienro federal para considerar este cierre. Congresistas federales también se pronunciaron, reconociendo la afectación económica y social del cierre, pero insistiendo en que no se podía minimizar ningún riesgo. Mensajes correctos, institucionales, necesarios… pero insuficientes para disipar la inquietud de una comunidad acostumbrada a vivir en la frontera del todo y la nada.
Desde el ángulo político y diplomático, el episodio deja varias lecturas incómodas. Primero, que las decisiones de seguridad en Estados Unidos tienen repercusiones inmediatas en México, aunque México no participe en la toma de decisiones. Segundo, que los canales de comunicación binacional siguen siendo reactivos, no preventivos. Y tercero, que seguimos sin una estrategia conjunta real para manejar crisis que afectan a una región compartida, no a dos ciudades aisladas.
En lo económico, el impacto fue directo. 7 llegadas y 7 salidas canceladas, pérdidas en turismo y logística estimadas en 5-10 millones de dólares por hora (según Greater El Paso Chamber of Commerce). Empresas con ejecutivos varados, proveedores retrasados y operaciones alteradas.
Para una región que presume integración productiva y logística, bastaron unas horas para demostrar que esa integración también implica riesgos compartidos. Leeser advirtió: “Esto daña nuestra economía compartida”. Un caos temporal que podría costar millones en oportunidades perdidas.
Pero quizá la repercusión más profunda fue social. El cierre encendió un sentimiento de ansiedad colectiva, especialmente entre quienes viven con un pie en cada país. Familias separadas momentáneamente, trabajadores que no llegaron a tiempo, estudiantes atrapados entre agendas y fronteras y eso que los cruces internacionales no se vieron del todo afectados. Todo eso refuerza una realidad que a veces se olvida en los discursos oficiales: la frontera no es una abstracción geopolítica, es vida cotidiana.
Este episodio también obliga a reflexionar sobre la narrativa de la seguridad. Cada cierre, cada blindaje, cada alerta refuerza la idea de una frontera en permanente estado de sospecha. Y aunque la seguridad es indispensable, no puede construirse ignorando el tejido social y económico que mantiene viva a esta región. Cuando se actúa sin sensibilidad binacional, se genera desconfianza y desgaste comunitario.
Al final, lo ocurrido con el aeropuerto de El Paso no debería verse como un incidente menor ni como una anécdota pasajera. Fue una alerta temprana. Un recordatorio de que Juárez y El Paso están unidas por mucho más que puentes y tratados: comparten riesgos, oportunidades y consecuencias. Y mientras no se asuma esa interdependencia con seriedad política y diplomática, cualquier cierre —por horas o por días— seguirá sacudiendo a una comunidad que, pese a todo, insiste en vivir y convivir como una sola.
Porque aquí, cuando se cierra una puerta en El Paso, el eco se escucha fuerte en Juárez. Y eso debería importarle a ambos países.

César Calandrelly
Comunicólogo / Analista Político


