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febrero 10, 2026 | 7:08

Benito

Publicado el

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LA PERLA (2008) CALLE 13

Un arcoíris con sabor a piragua, gente bonita rodeada por agua. Los difuntos pintados en la pared con aerosol y los que quedan, jugando basquetbol Un par de gringos que me dañan el paisaje vienen tirando fotos desde el aterrizaje; la policía, que se tira sin pena Rompiendo mi casa pa cobrar la quincena.  ¡Aquí nació mi mai y hasta mi bisabuela! ¡Este es mi barrio y yo soy libre como Mandela,  cuidado con la vieja escuela que no te coja que te va a meter con chancleta y palo de escoba, así que no te me pongas majadero, porque yo vengo con apetito de obrero a comerme a cualquiera que venga a robarme lo mío, yo soy el Napoleón del caserío Oye! Esto se lo dedico a los que trabajan con un sueldo bajito pa darle de comer a sus pollitos, yo quiero a mi barrio como Tito quiere a Caimito, yo no lucho por un terreno pavimentado, ni por metros cuadrados, ni por un sueño dorado, yo lucho por un paisaje bien perfumado y por un buen plato de bistec encebollado, por la sonrisa de mi madre que vale un millón; lucho por mi abuela meciéndose en su sillón

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Creo en barrios con madres que vivieron iguales de razones y al final se murieron sin tener vacaciones; como decía mi abuela: así fue la baraja en casa del pobre, hasta el que es feto trabaja, por ese barrio eterno también universal y el que se mete con mi barrio me cae mal…

¡Qué rico es ser latino!, dijo Benito en el show de medio tiempo del Super Bowl. Lo dijo sin escupirlo, sin disfrazarlo en el país donde “latino” aún rima con “sospechoso”, ese “qué rico” fue una bofetada educada y no, no fue una declaración de identidad, fue una operación de lenguaje, una táctica política, un mensaje de resistencia que no necesita señalar o gritar, con arte cimbró conciencias.

A diferencia de su intervención en los Grammy, esta vez Bad Bunny no mencionó a Trump ni a ICE y eso, lejos de ser cobardía, fue cálculo quirúrgico, no es lo mismo lanzar consignas desde un podio que infiltrar símbolos en el mayor espectáculo mediático del mundo, este tipo de resistencia es más peligrosa que cualquier otra,  es la que vuela debajo del radar, porque no hay sistema que la detecte a tiempo, ni algoritmo que la etiquete, además ni elementos de censura tuvo.

Desde hace años, este evento se caracteriza por la multiculturaliad, por asi decirlo del pueblo estadounidense, pero este show en específico no fue un desfile de clichés culturales, fue una curaduría de los oficios que sostienen, sin que nadie los aplauda, la economía real de Estados Unidos: los campos, la construcción, los puestos ambulantes, ¡fijese! cuando los bailarines vestidos de plantas invadieron el escenario, no estaban haciendo folklore: estaban recordando que sin los latinos, ese país no come, aparecieron puestos de tacos, de uñas, de jugos, una estética muy latina que la élite desprecia, pero que paga sus remodelaciones y consume a escondidas en las noches largas, entre ellos, surgió la figura del vendedor de piraguas, con sabores pintados de las banderas de Colombia España, Puerto Rico y México y que aquí se convierte en señal de identidad, de pertenencia, de sobrevivencia, simbolismo mas que sutil.

No es casualidad que saliera también un boxeador mexicano y uno puertorriqueño, deporte que genera millones para el mercadeo norteamericano, gracias al nivel y audacia latina de esos dos países principalmente.  Si algo ha logrado el latino en Estados Unidos es hacer del autoempleo, la informalidad, el rebusque, una forma de dignidad, Benito no mostró color local: mostró poder económico oculto tras el estigma.

Entonces aparece Lady Gaga, arropada con un vestido diseñado y cofeccionado por manos latinas y lo hizo para cantarle a un matrimonio entre un caucásico y una latina, una canción por demás hermosa. ¿Qué otra forma más bella de decir que el mestizaje ya no es un pronóstico sino un hecho? Bailar, amar, mezclar: eso también es desobediencia en estos momentos y hacerlo en prime time, en vivo, en la cara de los que añoran una América blanca, recta y en inglés, es un acto político.

Y en uno de los momentos más poderosos del espectáculo, apareció un niño: el mismo Benito, de pequeño, recibiendo el premio que su yo adulto ya había ganado. Una escena que, más allá del gesto tierno, tiene capas. Ahí estaba el hijo de madre soltera, el que cantaba raro, el que no encajaba, recibiendo un reconocimiento que solo parecía reservado para otros y lo hacía con el apellido Ocasio brillando en su espalda, que por cierto no fue un detalle estético: fue una decisión de memoria. En América Latina, llevamos el apellido del padre y de la madre; verá usted; en Estados Unidos el sistema suele borrar al materno como si estorbara así que Benito eligió ese apellido para poner a su madre en el centro, para honrarla como muchas veces lo ha hecho en silencio: sin espectáculo, sin bandera, solo con fidelidad y ese acto, el del niño que se celebra a sí mismo desde su origen, no fue un gesto de marketing; fue una lectura precisa del símbolo, una intervención que puede parecer sentimental pero tiene más espesor filosófico que mil discursos progresistas, si lo veo como cabalismo honestamente ya que hay un orden profundo, una arquitectura espiritual detrás de cada imagen. Quienes han estado cerca de estos procesos, o entre columnas como esta, saben que hay asesores que han leído a Benjamin, a Spinoza, a quienes entienden que la representación también puede ser redención y que serlo todo, viniendo desde abajo, no es solo una promesa pop: es una reparación histórica cuando se hace con esa claridad.

El cierre fue un “God bless America”, pero con ese acento caribe que convierte la bendición en un llamado a todos los países del continente, tomando en cuenta que “America”, no está hablando solo de una porción de tierra, está hablando de lo que va desde Canadá hasta la Patagonia y eso, créanme, se sintió en la piel a pesar de que hay quienes dicen que fue marketing que detrás está la disquera, el patrocinador, la agenda de marca, claro por supuesto, pero lo que olvidan es que el mercado también es la otra parte de la moneda, del poder de ese país en un mundo donde la política está rota, el poder simbólico pasa por otros canales y si el algoritmo le da más visibilidad a un show que a un discurso, entonces el escenario es más efectivo que el estrado.

Hoy por hoy, Estados Unidos recibe una arrastrada económica, social y política producto de sus propias políticas de odio y el latino, ese al que siempre se le asignó el papel de sombra, hoy sale al centro del escenario, no como decorado, sino como protagonista que no necesita traducirse.

En fin, aquí para quien pregunta por qué no hubo más “México” en el show, les diré algo que les va a doler: es porque ya no hace falta, el mexicano no necesita aparecer como emblema porque está implícito en todo, no fue un gesto de omisión, fue una declaración de madurez y no necesita estar en primer plano para estar presente, porque está en el maíz, en el muro, en el miedo, en la música, en la ley migratoria y en el recuerdo de una frontera que no existe en los cuerpos y mientras el gringo promedio no entiende por qué su hijo se casa con una salvadoreña, en el Super Bowl se celebran las bodas mixtas con Gaga como madrina.

Benito, sin decir una sola vez “Trump”, ha dicho más que toda la oposición, ha hecho más por el imaginario latino que muchos activistas, porque hay algo que el poder no sabe censurar: el ritmo y si la revolución va a entrar a Estados Unidos, no será en forma de panfleto, hoy es en forma de arte, digan lo que digan con el genero musical o el estilo vocal.

Hoy por hoy, Bad Bunny es más peligroso para la ultraderecha que cualquier político latino, porque no depende de votos, no pide permiso, no se disculpa y en un país que aún define su identidad por el color de la piel y el acento, lo más disruptivo que se puede hacer es cantar en español frente a 100 millones de personas y no traducirlo.

¿Política? Claro. ¿Mercado? También, pero hay algo más, hay poder, hay visión y hay símbolo, muy estimados, Benito dará sorpresas que ni imaginamos.

Hoy con gusto cierro: ¡Larga vida a la sangre latina!

Y eso, mis lectores, no lo puedes votar eso ¡lo tienes que bailar!

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Alfonso Becerra Allen

Abogado corporativo y observador político, experto en estrategias legales y asesoría a liderazgos con visión de futuro. Defensor de la razón y la estrategia, impulsa la exigencia ciudadana como clave para el desarrollo y la transformación social.

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