ENTRE ALIANZAS Y RUPTURAS, EL DESCONTENTO CIUDADANO SE CONVIERTE EN UNA OPORTUNIDAD PARA QUIENES BUSCAN GOBERNAR.
En mi opinión, el segundo peor mal político es la extrema derecha; el primero es la extrema izquierda. En realidad, cualquier extremismo es perjudicial. Aunque sus discursos parezcan opuestos, pienso que ambos terminan coincidiendo en la intolerancia y la ambición de gobernar, colocando sus intereses y su permanencia en el poder por encima de las personas.
Me queda claro que no tienen las mismas ideas ni el mismo origen. Lo que cuestiono es su manera de ejercer el poder, su intolerancia frente a quienes piensan distinto y su pretensión de que solamente ellos pueden resolver los problemas de un país. Cuando una ideología sirve para justificar cualquier abuso, sus promesas dejan de importar.
La semejanza se vuelve evidente cuando sus dirigentes defienden la libertad de expresión mientras están en la oposición, pero la consideran una amenaza cuando llegan al gobierno. Exigen instituciones independientes cuando necesitan protección y buscan subordinarlas cuando sus decisiones les incomodan. Para mí, una de las coincidencias más marcadas entre ambos extremos está en aceptar la democracia mientras les favorece y tratar de quitarle sus contrapesos cuando limita su poder.
La extrema izquierda, cuando concentra el gobierno en una sola persona, se convierte en una monarquía disfrazada de socialismo. Habla de igualdad y del poder del pueblo, pero las decisiones quedan en manos de un dirigente y su círculo más cercano. Incluso puede preparar la sucesión para un familiar o un colaborador, como si gobernar fuera un derecho que se hereda. La semejanza que encuentro es con la monarquía absoluta, donde la voluntad de quien manda pesa más que cualquier otra, no tiene límites su autoridad.
En cambio, en la extrema derecha veo la representación del capitalismo salvaje, ese que gobierna sin el mínimo de empatía o responsabilidad moral frente a las consecuencias de sus decisiones. Defender la propiedad privada, la inversión y la libertad económica es legítimo y necesario. Utilizarlas para justificar que las personas queden desprotegidas es otra cosa. El bienestar de una sociedad no puede medirse únicamente por las ganancias de quienes tienen más.
Las reacciones en redes sociales ante las elecciones en Brasil reflejan esa polarización. Muchos celebran la victoria de una figura con una larga trayectoria en el poder como si su permanencia ofreciera, por sí sola, una nueva solución a los problemas que siguen pendientes pese a los años que ha gobernado. No comparto ese entusiasmo. Al mismo tiempo, me da gusto que no haya ganado su adversario, a quien considero una opción todavía peor. Rechazar una candidatura no obliga a respaldar a la otra ni a dejar de exigir resultados a quien ganó.
El hartazgo ciudadano explica el vaivén entre los extremos. La corrupción, la inseguridad y la falta de oportunidades pueden llevar a una sociedad a respaldar a quien prometa acabar con todo lo anterior. Pero el rechazo a un mal gobierno no convierte automáticamente a su adversario en una buena alternativa. Cambiar de extremo puede mantener los mismos problemas bajo otro discurso y dejar nuevamente pendientes los proyectos que un país necesita sostener más allá de un periodo de gobierno.
México tampoco necesita más populismo, ni de izquierda ni de derecha. Necesita reconciliación y unidad nacional, sin que eso signifique renunciar a la crítica, olvidar los abusos o dejar de exigir responsabilidades. Podemos tener diferencias sin convertir al que piensa distinto en un enemigo.
Por eso no me convence el empresario que se subió al cuadrilátero de la política desde el populismo de las redes sociales. En lo personal, me parece muy bueno para los negocios, pero no para la política. Dirigir empresas y gobernar un país requieren capacidades y responsabilidades distintas. Antes apoyó al presidente del sexenio pasado y después se convirtió en uno de sus mayores adversarios. No considero creíble que ahora exponga aquel respaldo como un error cometido por desconocimiento.
Pienso que ambos sabían con quién estaban tratando y que su relación respondía a intereses propios. Interpreto su ruptura como consecuencia de expectativas frustradas, compromisos no declarados abiertamente que se habrían incumplido o intereses que dejaron de coincidir, más que como un repentino descubrimiento sobre la manera de actuar del otro.
Ese comportamiento representa una práctica que tanto se critica de los políticos, la de cambiar de bando cuando dejan de conseguir lo que quieren. Las alianzas que ayer justificaban se vuelven inaceptables cuando dejan de beneficiarles, y las conductas que condenaban terminan siendo defendibles cuando son propias. Además, aprovechar la animadversión hacia el partido gobernante para ascender políticamente sigue la misma ruta que antes utilizó el presidente al que cuestionamos. El descontento puede abrir el camino al poder, pero no demuestra capacidad para gobernar.
La narrativa de “liberar” los mercados recuerda la utilizada en Argentina. Esa experiencia merece examinarse por sus resultados y por sus consecuencias en la vida cotidiana. Una promesa económica debe responder también por el empleo, el ingreso de las familias y sus condiciones de vida.
Rechazar los extremos también nos obliga a decidir qué tipo de gobierno queremos. Uno que proteja la libertad económica y atienda la desigualdad; que garantice igualdad ante la ley y oportunidades de educación, salud y trabajo. Para conseguirlo hace falta una ciudadanía que debata las propuestas, exija resultados y cuestione a sus propios representantes con la misma firmeza con la que cuestiona a sus adversarios. La reconciliación nacional demanda ese compromiso.
Lo que realmente necesita México, desde mi perspectiva, es una persona letrada constitucionalista con capacidad política para impulsar una revisión profunda de la Constitución Federal. Considero que las reformas acumuladas durante las últimas cuatro décadas han roto parte del espíritu con el que fue creada. Revisarlas requiere identificar cuáles han fortalecido los derechos y cuáles han servido para acomodar el poder a intereses ajenos al pueblo mexicano.
Esa tarea exige conocimiento, acuerdos y respeto a los procedimientos constitucionales. Sería contradictorio rechazar los extremismos para después confiar la solución a la voluntad de una sola persona. México necesita a alguien capaz de conducir esa reconstrucción y de aceptar los límites que la propia Constitución impone al poder.
MÉXICO NECESITA RESPETO A LA SEPARACIÓN DE PODERES, INSTITUCIONES FIRMES, UNA CIUDADANÍA EXIGENTE Y UN PROYECTO QUE TRASCIENDA LOS INTERESES DE UNOS POCOS.

Aly Corany Abdallah
Analista, socialdemócrata y librepensador.
Licenciado en Derecho, Licenciado en Gestión y Desarrollo Empresarial, y TSU en Comercialización Inmobiliaria. Actualmente, cursa la Maestría en Derecho Digital y Juicios en Línea. Su enfoque multidisciplinario le permite analizar la realidad política y geopolítica desde una perspectiva integral.
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