México es un país maravilloso. Lo he confirmado una vez más al recorrer, acompañado de mi esposa Laura, algunos de los lugares más extraordinarios del estado de Chiapas. Cada pueblo, cada paisaje y cada encuentro con su gente nos dejó una experiencia inolvidable. Sin embargo, hubo un lugar que despertó en mí una profunda admiración por la inteligencia, la creatividad y la sabiduría de nuestros antepasados: la ciudad maya de Palenque.
Al encontrarme frente a sus majestuosas pirámides, rodeadas por la exuberante vegetación de la selva chiapaneca, surgió una pregunta inevitable: ¿cómo fue posible que una civilización, hace más de mil años, construyera semejantes monumentos sin disponer de la maquinaria y los adelantos tecnológicos de nuestro tiempo?
Lo primero que impresiona es su altura. El Templo de las Inscripciones alcanza casi 23 metros y constituye una de las expresiones arquitectónicas más admirables de aquella civilización. Nuestro guía nos explicó que los mayas levantaban sus templos hacia las alturas porque buscaban acercarse a sus dioses.
Aquella explicación me hizo reflexionar sobre la espiritualidad de un pueblo que concebía el universo como una relación entre el cielo, la tierra y el inframundo. Sus construcciones no eran solamente edificios de piedra; representaban su concepción de la vida, la muerte, la naturaleza y lo divino.
Pero algo más llamó poderosamente mi atención: ninguna construcción era exactamente igual a otra. Las dimensiones, las escalinatas, los espacios abiertos y las distancias entre los templos revelaban una extraordinaria planificación arquitectónica.
Nada parecía improvisado. Cada edificio tenía una función dentro de una sociedad organizada mediante jerarquías políticas, religiosas y sociales. Gobernantes, sacerdotes, nobles, artesanos, comerciantes y agricultores participaban, desde distintas posiciones, en el sostenimiento de aquella civilización.
Palenque alcanzó su mayor esplendor entre los siglos VI y VIII de nuestra era. Uno de sus gobernantes más importantes fue K’inich Janaab’ Pakal, conocido como Pakal el Grande, quien gobernó durante casi siete décadas.
Su tumba, descubierta en 1952 por el arqueólogo Alberto Ruz Lhuillier, dentro del Templo de las Inscripciones, constituye uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de México. La monumental cámara funeraria, el sarcófago y los objetos que acompañaban al gobernante revelaron la complejidad de sus creencias y ceremonias.
Los mayas desarrollaron conocimientos sobresalientes en matemáticas, astronomía, escritura y medición del tiempo. Observaron cuidadosamente los movimientos celestes y elaboraron sistemas calendáricos de notable precisión. Su arquitectura demuestra también conocimientos de ingeniería, aprovechamiento del terreno y conducción del agua.
Y aquí surge otra reflexión: mientras hoy dependemos de computadoras, instrumentos de precisión y grandes máquinas, aquellos pueblos fueron capaces de desarrollar soluciones extraordinarias mediante la observación, la experiencia y la transmisión del conocimiento entre generaciones.
Sin embargo, no debemos idealizar su organización social. Como otras civilizaciones antiguas, la sociedad maya también estuvo marcada por diferencias de poder, conflictos políticos y guerras. Su grandeza cultural no significa que haya estado exenta de contradicciones.
Lo verdaderamente admirable es que sus conocimientos, expresiones artísticas y construcciones hayan trascendido tantos siglos.
También me impresionó la creatividad de los artesanos chiapanecos. Sus textiles, bordados, figuras y trabajos manuales reflejan una sensibilidad artística que continúa enriqueciendo nuestra identidad. Cada pieza representa horas de dedicación y conocimientos transmitidos de una generación a otra.
Conviene recordar algo fundamental: los mayas no desaparecieron. Sus descendientes continúan presentes en México y Centroamérica, conservando lenguas, costumbres, tradiciones y conocimientos que forman parte de nuestro patrimonio cultural vivo.
En 1987, la UNESCO reconoció a Palenque como Patrimonio Mundial. Pero ninguna declaratoria será suficiente si los mexicanos no aprendemos a conocer, valorar y proteger semejante riqueza histórica.
Recorrer Palenque me permitió comprender que nuestra identidad nacional no comenzó con la llegada de los españoles. Mucho antes existían pueblos capaces de construir ciudades monumentales, desarrollar sistemas de escritura y organizar sociedades complejas.
México tiene profundas raíces indígenas que debemos reconocer con orgullo y respeto, sin olvidar las aportaciones históricas que posteriormente enriquecieron nuestra cultura.
Regresé de Chiapas convencido de que necesitamos conocer mejor nuestro país. Viajar por México no solamente significa disfrutar sus paisajes o su gastronomía; representa también una oportunidad para encontrarnos con nuestra historia y reconocer la grandeza de su gente.
Frente a aquellas pirámides comprendí que las piedras también hablan. Nos cuentan historias de gobernantes, creencias, conocimientos, esfuerzos colectivos y generaciones que dejaron una huella imborrable.
México no necesita inventarse una grandeza. Basta con conocer su historia, respetar sus raíces y preservar el extraordinario legado que hemos recibido.
Porque un pueblo que desconoce su pasado difícilmente podrá comprender plenamente su presente y construir responsablemente su futuro.

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