Recuerdo la primera vez que tuve que descargar una imagen de internet. Estaba en la preparatoria y aquello era muy distinto a lo que hoy damos por sentado. La imagen podía tardar cerca de diez minutos en aparecer y, mientras la computadora hacía su trabajo, uno podía levantarse, caminar un poco y regresar con la esperanza de que finalmente hubiera terminado. Los monitores tenían una resolución que hoy nos parecería absurda; algunos todavía eran monocromáticos y las computadoras tenían tan poca capacidad que incluso cargar el sistema operativo podía convertirse en parte del ritual de encenderlas. Había máquinas en las que cada vez que las encendíamos teníamos que introducir un disquete para cargar MS-DOS, el sistema operativo que permitía ponerlas en funcionamiento. Hoy parece increíble pensar que una computadora no pudiera simplemente conservar su sistema operativo de manera permanente, pero así era nuestra relación con la tecnología. La velocidad de aquellos cambios nos parecía extraordinaria: pasar de una pantalla negra a una de color, conseguir un disco duro más grande o lograr que una imagen descargara unos minutos más rápido era casi un acontecimiento.
Quizá por eso me cuesta no detenerme cuando aparecen noticias como la que acaba de anunciar Google. El próximo 1 de octubre de 2026 está previsto el lanzamiento de un prototipo de Project Suncatcher, un proyecto que busca probar si es posible llevar infraestructura de inteligencia artificial al espacio. No estamos hablando todavía de un gigantesco centro de datos orbitando la Tierra ni de una computadora como HAL 9000 flotando sobre nuestras cabezas. El primer experimento es mucho más modesto: un satélite desarrollado junto con Planet que llevará cuatro procesadores TPU de Google para comprobar cómo se comportan frente a las condiciones del espacio, entre ellas la radiación, las temperaturas extremas y las exigencias físicas del lanzamiento. Si las pruebas funcionan, Google imagina algo mucho más ambicioso: una red de satélites alimentados por energía solar y conectados mediante enlaces ópticos capaces de procesar cargas de trabajo de inteligencia artificial en órbita.
Y entonces recuerdo aquellas imágenes que aparecían en televisión cuando México comenzaba a mirar hacia el espacio. En 1985 fue puesto en órbita el Morelos I, el primer satélite mexicano de telecomunicaciones. Para quienes lo vimos entonces, aquello parecía enorme: México tenía un satélite allá arriba, girando alrededor de la Tierra. Era una de esas noticias que nos hacían pensar que el futuro estaba llegando. Lo que quizá no imaginábamos era la velocidad con la que ese futuro iba a cambiar. Pasamos de esperar diez minutos para descargar una fotografía a producir imágenes completamente nuevas mediante inteligencia artificial en cuestión de segundos. Pasamos de preguntarnos si México podía tener un satélite a discutir si las computadoras que producen buena parte de la información que consumimos podrían funcionar algún día desde el espacio.
Y mientras todo esto ocurre, inevitablemente vuelvo a mirar hacia México. No sería justo decir que nuestro país no está haciendo nada: existe un Programa Espacial Mexicano para 2026–2030, se proyecta un nuevo satélite de telecomunicaciones, una constelación de satélites pequeños, un Centro Nacional para explotar imágenes de observación de la Tierra y también se impulsa infraestructura relacionada con supercómputo e inteligencia artificial. El propio gobierno reconoce que históricamente México ha sido principalmente usuario de tecnología espacial y plantea la necesidad de convertirse en generador de tecnología propia. Y ahí está mi pregunta: ¿será suficiente? Porque mientras nosotros anunciamos proyectos que buscan recuperar terreno, las grandes empresas tecnológicas ya están experimentando con nuevas arquitecturas de cómputo fuera de la Tierra. No se trata de competir con Google en una carrera absurda por poner primero un satélite en el espacio; se trata de decidir si México quiere participar en la conversación tecnológica mundial como consumidor, como usuario de plataformas ajenas o como país capaz de imaginar, desarrollar y producir sus propias respuestas. Si no aceleramos nuestra capacidad científica, industrial y tecnológica, corremos el riesgo de que el futuro vuelva a sucedernos mientras nosotros apenas terminamos de conectarnos a él.
Pero aquí es donde la historia se vuelve todavía más extraña, porque mientras Google piensa en inteligencia artificial en el espacio, la inteligencia artificial ya está comenzando a modificar algo mucho más cercano y mucho más peligroso: la guerra.
Durante años vimos Terminator y pensamos que aquellos robots asesinos pertenecían exclusivamente a Hollywood. También vimos 2001: A Space Odyssey y conocimos a HAL 9000, aquella inteligencia artificial creada por Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke que controlaba una nave espacial y terminaba matando a uno de los astronautas. HAL era ficción, una extraordinaria pieza de imaginación cinematográfica que convirtió en pesadilla una pregunta que hoy resulta cada vez menos absurda: ¿qué ocurre cuando una máquina puede interpretar información, tomar decisiones y actuar sobre el mundo?.
Lo inquietante es que ahora ya no necesitamos imaginar robots en un campo de batalla. Ucrania ha incorporado sistemas terrestres no tripulados para transportar municiones, evacuar heridos, realizar tareas logísticas y operar en zonas donde enviar personas representa un riesgo extremo. En 2026, su Ministerio de Defensa informó que había contratado más de 22 mil vehículos terrestres no tripulados para sus fuerzas. Y recientemente el ministro ucraniano de Transformación Digital, Mykhailo Fedorov, anunció un proyecto orientado a desarrollar una fuerza de robots y drones y planteó como meta que un robot humanoide pudiera matar a un soldado enemigo en seis meses. Es importante decirlo con precisión: se trata de un objetivo anunciado, no de una capacidad que ya exista de manera comprobada. Pero que un gobierno plantee públicamente ese objetivo revela hasta qué punto la robótica y la inteligencia artificial han dejado de ser únicamente asuntos de laboratorio o de películas.
¿Pensábamos que Terminator era una historia de ciencia ficción? Tal vez todavía lo sea. Pero la distancia entre la ficción y la realidad se está haciendo más difícil de medir.
Y mientras unos desarrollan máquinas para combatir, otros llevan los límites de la física hacia territorios que también parecen sacados de una película. En el CERN, los experimentos ATLAS y CMS continúan buscando señales de hipotéticos agujeros negros microscópicos o cuánticos. No significa que estén fabricando agujeros negros capaces de destruir la Tierra; hasta ahora no existe evidencia de que se hayan producido y los experimentos precisamente buscan comprobar si determinadas teorías encuentran respaldo en los datos. En sus resultados recientes, ATLAS no encontró un exceso significativo compatible con ese fenómeno.
La velocidad es lo que me inquieta. Porque una generación puede alcanzar a recordar cuando descargar una fotografía tomaba diez minutos y, sin embargo, vivir suficientemente para ver cómo una máquina produce una imagen inexistente en segundos, cómo un automóvil comienza a tomar decisiones por sí mismo, cómo un robot puede entrar en un campo de batalla y cómo una empresa tecnológica plantea llevar procesadores de inteligencia artificial al espacio.
Eso no significa que HAL 9000 esté a punto de despertar. Tampoco que Skynet esté esperando una fecha para iniciar una guerra contra la humanidad. La realidad es bastante más compleja y, precisamente por eso, merece más atención que una película.
Lo que tenemos delante es una carrera tecnológica. Algunos de los propios líderes de las empresas que desarrollan inteligencia artificial han advertido sobre los riesgos de avanzar demasiado rápido y han planteado la necesidad de establecer mecanismos de seguridad. Al mismo tiempo, Donald Trump ha defendido que Estados Unidos no debe frenar su desarrollo de inteligencia artificial frente a China, mientras China mantiene sus propios objetivos estratégicos para convertirse en una potencia central en esta tecnología. El debate ya no es únicamente científico: es económico, geopolítico y militar.
Y México observa esta carrera desde una posición que debería preocuparnos, no para entrar en pánico, sino para reaccionar. Porque quizá la pregunta más importante no sea si Google conseguirá poner inteligencia artificial en el espacio. Tampoco si algún día tendremos robots capaces de combatir sin intervención humana. La pregunta es qué papel queremos desempeñar nosotros cuando esas tecnologías dejen de ser experimentales y comiencen a definir la economía, la seguridad, la comunicación y la cultura del mundo.
Yo vi aparecer aquella primera imagen de internet lentamente, línea por línea, sobre una pantalla de baja resolución. Vi después cómo la tecnología aceleró hasta que dejamos de esperar diez minutos y comenzamos a exigir respuestas inmediatas. Vi los primeros satélites mexicanos y escuché hablar del futuro como algo que estaba por llegar.
Hoy tengo la impresión de que el futuro ya llegó y quizá el verdadero problema sea que mientras nosotros seguimos tratando de entenderlo, otros ya están construyendo el siguiente.
La pregunta, entonces, no es si México puede alcanzar el futuro; la pregunta es si todavía queremos participar en su construcción.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.
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