Independencia

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Scorpions — Wind of Change (1990)

“The future’s in the air.”

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Los grandes cambios comienzan mucho antes de que alguien les ponga fecha. Primero son rumores, contradicciones, pequeñas grietas en instituciones que parecían eternas. Después llega alguien capaz de comprender que el viento cambió de dirección. Cuando los demás finalmente lo advierten, la historia ya está ocurriendo.

 

Durante décadas, la historia oficial ha contado el nacimiento de las naciones hispanoamericanas como una novela moral: un pueblo oprimido por una metrópoli despótica que, harto de impuestos, abusos y cadenas, decidió levantarse contra su amo, es una historia cómoda, tiene héroes, villanos, mártires y una fecha para celebrar. El problema es que las grandes transformaciones históricas rara vez son tan ordenadas.

Cuando se retira el romanticismo decimonónico del relato aparece algo mucho más interesante: la Independencia de México no comenzó realmente en 1810 ni nació exclusivamente en los campos de batalla. Su origen se encuentra en una crisis mucho más grande, provocada por la guerra europea, el derrumbe de la monarquía española, la disputa por la soberanía y el temor de las élites novohispanas a que un imperio en descomposición arrastrara consigo al reino más importante de América.

 

LA TRAMPA NAPOLEÓNICA

El primer acto ocurrió lejos de México. En 1807, España permitió mediante el Tratado de Fontainebleau el paso de tropas francesas por la Península para invadir Portugal. La operación, diseñada en colaboración con Napoleón, terminó convirtiéndose en otra cosa: una ocupación militar francesa de facto. Un año después llegaron las Abdicaciones de Bayona. Carlos IV y Fernando VII cedieron sus derechos y Napoleón colocó a su hermano José en el trono español.

Y entonces apareció la pregunta que cambiaría la historia americana: ¿quién gobernaba cuando el rey legítimo ya no podía hacerlo?

En Nueva España la respuesta no fue inmediatamente “independencia”. Fue mucho más complicada.

En 1808, el virrey José de Iturrigaray, junto con figuras como Francisco Primo de Verdad y Juan Francisco de Azcárate, promovió la posibilidad de establecer una junta que gobernara mientras Fernando VII permaneciera cautivo. La idea tenía una lógica jurídica dentro de la tradición política de la monarquía hispánica: si el soberano estaba ausente, las comunidades y corporaciones del reino podían asumir provisionalmente determinadas funciones de gobierno.

No era todavía una declaración de guerra contra España. Era, precisamente, un intento de preservar la legitimidad política en medio del caos.

…La respuesta fue un golpe.

En septiembre de 1808, Gabriel de Yermo y un grupo de peninsulares depusieron a Iturrigaray. El virrey terminó encarcelado y los principales promotores de la junta fueron perseguidos. La vía institucional había sido cerrada antes siquiera de comprobarse hasta dónde podía llegar.

Hay momentos en que la historia cambia no porque alguien gane una batalla, sino porque una puerta política se cierra… 1808 fue uno de ellos.

HIDALGO Y LA REVOLUCIÓN QUE SE DESBORDÓ

Dos años después llegó Hidalgo. El levantamiento de 1810 transformó aquella crisis de soberanía en una guerra social. La toma de la Alhóndiga de Granaditas y la violencia contra civiles provocaron miedo entre sectores que inicialmente podían simpatizar con la autonomía. La insurgencia había dejado de ser solamente una discusión sobre quién debía gobernar: ahora amenazaba con convertirse en una revolución cuyo desenlace nadie podía controlar.

Hidalgo fue capturado en Acatita de Baján en marzo de 1811 y ojo, no lo ejecutaron simplemente por haber pronunciado el Grito de Dolores, verá usted; lo juzgaron como dirigente de una insurrección armada contra la autoridad de la monarquía y, además, como sacerdote sometido a un proceso eclesiástico.

En su declaración reconoció haber ordenado ejecuciones sin proceso en Valladolid y Guadalajara y bueno el juicio militar terminó por condenarlo y, después de ser degradado de su condición sacerdotal, fue fusilado el 30 de julio de 1811, lo decapitaron y su cabeza, junto con las de Allende, Aldama y Jiménez, fue colocada en jaulas de hierro y exhibida en la Alhóndiga de Granaditas como escarmiento para los insurgentes.

El mensaje era brutal: la Corona no solamente quería eliminar a los dirigentes de la rebelión; quería convertir sus cadáveres en propaganda, como se acostumbraba desde siglos atrás, por lo que la ejecución debía demostrar que desafiar al poder tenía un precio y que la autoridad todavía conservaba la capacidad de castigar públicamente.

Pero aquí aparece la ironía que suele perderse en los relatos patrióticos: matar al hombre no resolvió el problema que había puesto en movimiento. Hidalgo desapareció, pero la crisis de legitimidad permaneció y cuando un régimen necesita exhibir las cabezas de sus enemigos para demostrar que todavía controla el país, quizá el verdadero problema ya no sea quién ha ganado una batalla, sino cuánto tiempo puede seguir sosteniéndose ese poder.

CUANDO LAS IDEAS CRUZARON EL ATLÁNTICO

Mientras los imperios disputaban territorios, algo muy interesante comenzaba a cruzar el Atlántico: las ideas. Ilustración, constitucionalismo, soberanía, representación y ciudadanía comenzaron a transformar el lenguaje político del mundo hispánico. Libros, soldados, comerciantes, diputados y redes políticas llevaron esas ideas de un lado a otro. Hubo sociedades secretas y vínculos con la masonería, pero reducir la Independencia a una conspiración sería sustituir un mito por otro.

Llegó 1820 y con esto El pronunciamiento de Rafael del Riego obligó a Fernando VII a restaurar la Constitución de Cádiz. En Nueva España, el regreso del liberalismo español alteró las alianzas: sectores conservadores que habían combatido la insurgencia comenzaron a ver la independencia como una manera de proteger el orden político, económico y religioso que consideraban amenazado.

La paradoja era perfecta: el último impulso hacia la separación no llegó solamente desde los insurgentes, sino también desde la propia revolución liberal española.

Y en ese momento, un antiguo comandante realista entendió que había llegado su oportunidad.

Y ENTONCES APARECIÓ ITURBIDE

Aquí la historia se ha vuelto especialmente incómoda para muchos, pero al final es historia.

Agustín de Iturbide había combatido a los insurgentes, sin embargo, comprendió antes que muchos que diez años de guerra habían producido una economía devastada, una sociedad fracturada y un poder imperial cada vez más débil.

En 1821 proclamó el Plan de Iguala y consiguió algo que Hidalgo y Morelos no habían podido conseguir por las armas: reunir bajo una misma bandera intereses que durante años habían sido enemigos.

El Ejército Trigarante avanzó mientras el antiguo régimen se quedaba sin capacidad efectiva para impedirlo. La consumación de la Independencia fue, en buena medida, una negociación política entre fuerzas que comprendieron que continuar la guerra podía ser más costoso que construir un nuevo arreglo de poder.

La historia escolar convirtió después a Iturbide en una figura incómoda y es comprensible. Los relatos nacionales prefieren héroes puros. La realidad histórica produce hombres mucho más contradictorios.

Pero una cosa es juzgar posteriormente a Iturbide y otra negar su importancia en la consumación de la Independencia.

EL PROBLEMA DE LLAMAR “COLONIA” A NUEVA ESPAÑA

Hay otra simplificación que conviene revisar; Nueva España era un virreinato integrado en una monarquía compuesta, con instituciones, corporaciones, fueros, tribunales, universidades, autoridades locales y mecanismos propios de gobierno, llamarla simplemente “colonia” no explica suficientemente su naturaleza política.

Eso tampoco significa convertir al virreinato en un paraíso ya que existían desigualdades profundas, privilegios jurídicos, explotación laboral, discriminación y una estructura social jerárquica. Pero reducir aquella sociedad a una fábrica colonial dedicada exclusivamente a extraer riqueza para España también resulta insuficiente.

La economía novohispana era mucho más compleja. La plata financiaba no solamente las necesidades de la Corona, sino también la administración, la defensa y enormes circuitos económicos dentro de la propia América, los llamados situados trasladaban recursos de Nueva España hacia otras posesiones españolas del Caribe y otras regiones imperiales. El dinero circulaba dentro de una estructura imperial que tenía a México como uno de sus principales centros financieros.

De ahí surgieron caminos, ciudades, universidades, hospitales, fortificaciones, obras hidráulicas, infraestructura minera y redes comerciales de enorme dimensión.

El Camino Real de Tierra Adentro conectó durante siglos el centro de Nueva España con los territorios del norte. El Galeón de Manila vinculó Acapulco con Asia, San Juan de Ulúa y el Fuerte de San Diego protegieron puntos estratégicos del comercio imperial. El Palacio de Minería y las instituciones científicas novohispanas muestran que aquella sociedad no era un simple enclave extractivo abandonado a su suerte.

La paradoja vuelve a aparecer: España no perdió una periferia insignificante. Perdió uno de los principales centros económicos y políticos de su imperio.

EL FIN DE UN GIGANTE

Por eso quizá convenga contar la Independencia de otra manera y no como el instante mágico en que un pueblo miserable descubrió que quería ser libre, sino como el resultado de una crisis imperial que comenzó en Europa, atravesó el Atlántico y terminó alterando el equilibrio de poder en América.

Napoleón abrió la grieta, la monarquía española la profundizó, el golpe contra Iturrigaray cerró una posible salida institucional, Hidalgo convirtió la crisis en guerra, las redes políticas transatlánticas ayudaron a transportar ideas, el liberalismo de 1820 modificó las alianzas y finalmente Iturbide encontró la fórmula política que permitió cerrar el conflicto.

La Independencia, entonces, no fue solamente una rebelión contra España.

Fue también la disputa por quién heredaría un imperio cuando ese imperio dejara de existir.

Y quizá ahí esté la verdadera ironía de nuestra historia: México no nació cuando alguien destruyó el edificio, nació cuando quedó claro que el edificio ya no tenía dueño y quizá la pregunta más incómoda no esté en cómo cayó aquel imperio, sino en qué tan diferentes son los imperios de hoy, ¿si o no? Las potencias también parecen eternas mientras acumulan riqueza, tecnología, ejércitos, mercados e influencia; hasta que una generación descubre que aquello que parecía inamovible ya estaba lleno de grietas. ¿Quiénes serán los Iturbide, los Miranda, los libres pensadores capaces de leer esas grietas antes que los demás? ¿Serán nuevos caudillos, tecnólogos, empresarios, intelectuales o movimientos que todavía ni siquiera tienen nombre? Nadie lo sabe.

Lo que sí sabemos es que los imperios rara vez anuncian su final y que las sociedades suelen advertirlo cuando ya es demasiado tarde. La historia no se repite, pero conserva una costumbre inquietante: mientras unos se aferran al orden que conocen y otros radicalizan sus certezas hasta convertirlas en dogmas, el mundo cambia de manos.

La verdadera duda no es si el orden mundial volverá a transformarse, sino si quienes hoy tienen el poder sabrán entender el cambio antes de que otros lo hagan por ellos, porque también existe otra posibilidad, quizá más sombría: que después de siglos de expansión intelectual y económica no estemos entrando en una nueva era, sino aprendiendo nuevamente a retroceder.

ADN Alfonso Becerra Allen
Alfonso Becerra Allen

Abogado corporativo y observador político, experto en estrategias legales y asesoría a liderazgos con visión de futuro. Defensor de la razón y la estrategia, impulsa la exigencia ciudadana como clave para el desarrollo y la transformación social.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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